HOMENAJE A GUSTAVO WILCHES-CHAUX: II
Sábado 17 de enero, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

El 11 de diciembre pasado la Asociación de Exalumnos de la Universidad del Cauca otorgó su premio "a la vida y obra de un exalumno, versión 2003" a Gustavo Wilches-Chaux. Podemos ofrecerles ahora, los textos de los discursos pronunciados en la mencionada sesión solemne por parte del Vicerrector Académico de la Universidad del Cauca Gerardo I. Naundorf Sanz y el homenajeado Gustavo Wilches-Chaux.

Como gran parte de nuestros lectores no reciben más de 100 kilobytes por email, en el presente incluimos el texto del discurso de GustavoWilches-Chaux. El anterior email presentó el del Vicerrector de la Universidad del Cauca.

Renovamos nuestras efusivas felicitaciones a Gustavo por este muy merecido reconocimiento a sus actividades y don de gentes.

Cordialmente,


Asociación de Exalumnos de la Universidad del Cauca
DISCURSO PARA AGRADECER EL PREMIO A
“LA VIDA EN OBRA” DE UN ALUMNO
GUSTAVO WILCHES-CHAUX

Popayán, Diciembre 11 del 2003

Hace algunos minutos, estábamos reunidos en la Iglesia de Santo Domingo despidiendo a nuestro amigo y maestro Carlos González. Mientras yo oía las proposiciones de duelo y las palabras de muchas de las personas que, al igual que nosotros, tuvieron la oportunidad de disfrutar su amistad, pensaba que qué rico morirse como Carlos González, dejando el camino lleno de recuerdos gratos. Nunca he oido que alguien tenga un resentimiento contra Carlos y, por el contrario, todo el mundo recuerda de él una frase agradable, un buen chiste, un comentario popayanejo y oportuno. Al terminar la misa varias personas hablaron y dijeron cosas muy lindas de Carlos. El tipo de cosas que se le dicen a la gente cuando se muere; sólo que en este caso todo era cierto, sincero, nacido del corazón. Cuando alguien se muere, recibe los elogios en posición horizontal. Pero cuando uno oye en posición vertical, palabras igualmente generosas, tan cargadas de afecto como las que acaba de pronunciar mi amigo Gerardo Naundorf, no sabe qué cara poner. Solamente puedo sentir un enorme agradecimiento por ser parte de esta ciudad, de esta Universidad, de nuestra Universidad del Cauca; y por tener amigos como Gerardo. Hélder Cámara, el obispo de Recife, hablaba alguna vez de “los seres a través de los cuales Dios me ha amado”. En mi caso, muchos de los seres a través de los cuales Dios me ha amado, están presentes en este Paraninfo. Gracias a todos y a todas por estar aquí. Gracias por su amor. Gracias por su amistad. Ahora: oír cuando uno todavía está vivo, discursos como el que acaba de pronunciar Gerardo Naundorf en nombre de la Universidad, también tiene sus ventajas: uno puede ejercer el derecho de defensa. Las siguientes palabras que yo tenía preparadas para esta ocasión, constituyen mi derecho de defensa.


Doctor Danilo Reynaldo Vivas Ramos, Rector de la Universidad
Doctor Gerardo Naundorf, Vicerrector de la Universidad
Doctora María Lilia Díaz Betancourt, Presidenta honoraria de la Asociación de Exalumnos
Doctor Ángel Ceballos, Presidente de la Asociación de Exalumnos, periodo
Doctora Ana Lucía Pérez de Salinas
Doctor Tiberio Zúñiga
Doctores Guillermo Alberto González y Rafael Eduardo Vivas, Exrectores de la Universidad del Cauca
Amigos y amigas


¿Qué puede haber más decidor para responder a un regalo de afecto, que un abrazo?

Ante un buen abrazo, sobran los discursos, a pesar de lo cual no voy a resistir a la tentación de las palabras para expresar lo que para mí significa este premio, que hoy tan generosamente me otorga la Asociación de Exalumnos de la Universidad del Cauca. No sin antes aclarar que, más que un reconocimiento “a la vida y obra de un exalumno”, quisiera interpretarlo como un empujoncito de estímulo a la vida en obra de un alumno, activo y permanente, que todos los días sigue aprendiendo las lecciones (algunas de ”efecto diferido”) de esa universidad de la vida y para la vida, que es el Cauca: la Universidad del Cauca.

Nos cuenta el diccionario que la preposición “de”, denota propiedad, posesión y pertenencia; y así, cuando me preguntan de dónde soy, yo contesto que “del Cauca”, con todo lo que implica esa acepción de la palabra.

Porque sí: yo soy del Cauca. Yo pertenezco a esta tierra, y esa relación de pertenencia se extiende mucho más allá de sus fronteras, pues no en vano, alguna vez ,escribí que en estos 30 mil kilómetros cuadrados que conforman el territorio caucano, y en su millón de habitantes, cabe un resumen del mundo.

Parafraseándome a mí mismo, debo decir que nuestros límites son, por debajo, con el magma incandescente que subyace bajo la corteza de la Tierra; por encima, con el infinito territorio de las estrellas, que alcanzan a rozar el Nevado Huila, el Puracé, el Pan de Azúcar y Munchique; y por el norte, por el sur, por el occidente y por el este, con el resto de este planeta que de alguna manera nos resulta familiar a quienes hemos tenido la fortuna de tener como guardería y como maestra a la tensa e intensa biodiversidad del Cauca.

Biodiversidad que se expresa en sus ecosistemas, en sus climas, en sus culturas, en sus étnias, en sus conflictos y en sus procesos de vida y de esperanza, algunas veces explosivos y otras silenciosos, pero siempre incandescentes y activos... como el magma.

Más allá de los formalismos legales y administrativos, creo que es en nombre de esa biodiversidad, de esa intensidad y esas tensiones, que nuestra Alma Mater expide sus diplomas. Con inocultable orgullo ostento dos de esos diplomas: el que me otorga el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales y me faculta para ejercer la profesión de Abogado, y el que declara “Laureada” mi tesis. Ambos son testimonios de la etapa “presencial” de mi vinculo con la Universidad del Cauca.
El testimonio de mi vínculo “no presencial” pero igualmente real, es mi vida misma, esa vida en obra que, por voluntad de la Asociación de Exalumnos, hoy arriba a este rito de “confirmación” y afecto.

Mi relación de identidad y pertenencia con la Universidad del Cauca (tanto en el sentido institucional como en el sentido geográfico de las palabras) está impresa en todas y cada una de mis células y marca todas mis acciones, incluido lo que escribo y lo que digo, lo cual no es poco en alguien que, como yo, ha elegido vivir de la carreta, ese medio de locomoción que nos lleva tan lejos.

Cuando estaba preparando este discurso, pensé elaborar una lista de las muchas personas que tuve la fortuna de tener como maestros y como compañeros y compañeras, no solamente en la Facultad de Derecho, sino también durante mi paso fugaz por Electrónica y, antes, en bachillerato. Pero me di cuenta de que esa lista no solamente sería inmensa, sino que corría el riesgo de que involuntariamente se me quedaran por fuera muchos nombres, y las omisiones siempre resultan más visibles y se cobran más caras que los señalamientos expresos, pues a nadie le gusta sentirse incluido en las etcéteras. .
Por eso preferí, más bien, atreverme a modificar un poco el lema de nuestra Alma Mater, para afirmar que no solamente “la luz de los que mueren alumbra la posteridad”, sino la luz de todos aquellos que en algún momento comparten o compartieron con nosotros el planeta. Y claro, la de quienes abrieron el camino.

La bioluminiscencia, esa propiedad en virtud de la cual los seres vivos producen luz, se suele reconocer solamente en algunos insectos nocturnos, como las luciérnagas, y en los peces abisales. Sin embargo, en una u otra forma, todos los seres -incluidos los humanos- somos bioluminiscentes, como lo expresa de manera incomparable el maestro Eduardo Galeano en “El Libro de los Abrazos”.
Tomo prestadas sus palabras:
Un hombre del pueblo de Neguá, en la Costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chiquitos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
A todos los “fueguitos” que ardieron conmigo durante mi paso presencial por la Universidad del Cauca, y a los que hoy siguen ardiendo tanto en el territorio de la vida como en mi memoria, muchas gracias.
Muchas gracias a la Asociación de Exalumnos por este regalo de afecto, y muy especialmente a su Presidenta, la doctora María Lilia Díaz; al doctor Danilo Vivas, Rector de la Universidad, y al doctor Tiberio Zúñiga, quienes, por encargo de la Asociación de Exalumnos, me seleccionaron para recibir este premio.

Y, por supuesto, quiero agradecerles a mis condiscípulos Ana Lucía Pérez de Salinas y Eduardo Gómez Cerón, quienes propusieron mi nombre. (Y gracias, nuevamente, Gerardo, por ese discurso. Por ese enorme regalo de afecto y de amistad.)

En Ana Lucía aprecio de manera muy especial ese gesto, pues a ella le consta de manera directa, que a veces las características de mi “fueguito” se acercaban más a las de un sacaniguas que a las de una veladora.

No más palabras.

A todos y todas, un abrazo. De esos con hartas ganas.

De esos que encienden.