LA PROCESIÓN VA POR DENTRO
Miércoles 12 de marzo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Solicitamos a Gustavo Wilches-Chaux que nos facilitara el texto de su artículo
que se publicó en el catálogo de la exposición realizada en Bogotá, de donde se
tomó el nombre de la misma, "La procesión va por dentro", y hoy lo podemos
compartir con ustedes. Originalmente el artículo fue escrito a un solo párrafo,
como lo publicamos hoy, debido a que Gustavo deseaba, "a quien lo lee sienta
el cansancio de quienes salen a cargar, a alumbrar o simplemente a ver la
procesión."

Nuestros agradecimientos a Gustavo por hacernos conocer este histórico escrito.

Cordial saludo,

***

PROCESIONES NOCTURNAS DE SEMANA SANTA EN POPAYÁN:
“LA PROCESIÓN VA POR DENTRO”

Por: Gustavo Wilches-Chaux

“Ya que muchos se han propuesto componer la narración de los sucesos realizados entre nosotros, según nos transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todas las cosas desde el principio, escribirte una exposición ordenada (...) para que aprecies mejor la solidez de la enseñanza que has recibido.”
Evangelio Según San Lucas
Prólogo

Siguiendo una costumbre que rige en Popayán desde el siglo XVII, desde la semana anterior las fachadas de las casas han sido “blanqueadas” y la ciudad se ha puesto sus mejores galas. La gente comienza a reunirse en las calles desde muy temprano. En esos días, por el corazón del Centro Histórico, no circulan los carros. Y si es Jueves o Viernes Santo, se vuelve difícil incluso ingresar a las calles por donde la procesión debe desfilar en horas de la noche: tan apretada es la aglomeración en las bocacalles. Algunos cogen “buen puesto” en los andenes desde por la tarde. Llevan asientos de las casas para que se instalen cómodamente los ancianos. Hasta el terremoto de 1983, casi todas las casas ubicadas sobre el recorrido de las procesiones estaban habitadas por familias “tradicionales”, que las veían pasar desde sus ventanas de primer piso o desde los balcones de las “casas de alto”. En los años posteriores, para poder acceder a los balcones, hay que tener entrada a las instituciones públicas o a los bancos que hoy ocupan la mayoría de las casonas. O hay que ser huésped de los hoteles instalados en otras de esas casas, y haber reservado anticipadamente una habitación con balcón sobre la calle. Las gentes de las clases populares siempre han visto pasar la procesión desde los andenes. Desde ese punto de vista, para ellas el terremoto no produjo ningún cambio. Hacía el final de la tarde, los que salen de los conciertos del Festival de Música Religiosa, se unen a la muchedumbre. Con el paso de los años, a los vendedores callejeros de maní (con su pregón de “maní, maní, maní tostadito, saladito, maní, maní” que le ha dado el nombre de “vuelta del maní” a este rito popular y espontáneo que antecede a la salida de las procesiones), se han ido uniendo vendedores de cigarrillos y de chicles, de “algodón de azúcar” y hasta de ringletes y otros artículos de feria. El gentío copa todas las calles por donde han de pasar las procesiones, que en Popayán siguen siempre el mismo recorrido, con la forma de la parte alta de una cruz, cuya cabecera mira hacia el sur y cuyos brazos se extienden de oriente a occidente (siendo la calle 4º en su trayecto del Carmen hasta San Francisco, la base de los mismos). Las principales iglesias del Popayán histórico se encuentran sobre ese recorrido. Cuando se aproxima la hora para que la procesión salga del templo correspondiente (el Martes Santo de San Agustín, el Miércoles de la Ermita, el Jueves de San Francisco, el Viernes de Santo Domingo y el Sábado de Gloria de la Iglesia Catedral o Basílica Menor de Nuestra Señora de la Asunción, a quien la ciudad se encuentra consagrada), comienzan a aparecer en las calles y a llegar a las iglesias los cargueros, las sahumadoras, los regidores, los monaguillos, los músicos y los cantores, las autoridades con frac, los oficiales de la policía y los militares con uniforme de parada. Los Caballeros y las Damas del Santo Sepulcro, en caso de que la noche sea de Viernes Santo. En el interior de los templos los síndicos y los cargueros les dan los últimos toques a los pasos. Se acomodan los pesados jarrones y los “arreglos” que van sobre las andas, con flores frescas de distinto color según la noche. Se encienden los cirios sobre los “falsos”, esos candeleros distribuidos simétricamente en la periferia de los pasos. Las mujeres, con hilo y aguja, acomodan cualquier imperfección descubierta a última hora en las vestiduras de los santos. Siempre habrá una mano con un trapo, para una pulida final a los adornos de plata. Al fin y al cabo, los pasos han estado expuestos al público desde el Sábado Santo, pero en la procesión tienen que salir como recién armados. Los alumbrantes y las alumbrantas esperan la salida de la procesión en el atrio de la iglesia. Portan cirios de distintos tamaños, con un cartón redondo alrededor de la vela, a manera de ruana, para evitar que la esperma caliente caiga directamente sobre la mano. Los monaguillos avivan sus incensarios y el olor a procesión se apodera de la noche. Si está lloviendo, la gente permanece en las calles, pero atiborrada bajo los aleros, para protegerse del agua. Cuando llueve, la incertidumbre y la desazón se apoderan de todos, porque la procesión no puede salir con aguacero. Todas las mentes confluyen en un esfuerzo tácito para detener el agua: a veces funciona y, cuando la lluvia cesa, la procesión sale. Cuando la noche está seca y, más aún, alumbrada por la luna llena o casi llena, como toca en Semana Santa, no hay problema: la procesión transcurre sin ningún tipo de obstáculo. Los pasos salen de las iglesias en hombros de “pichoneros”: aficionados al carguío o aspirantes a cargueros, que ensayan su fuerza bajo los barrotes. La “sacada” no es fácil, porque hay que hacer que los pasos pasen por los portalones de los templos sin dañarse, lo cual es especialmente difícil en los pasos con “sitial”, ese dosel alto que cubre las andas con las imágenes más importantes. Una cuadra o cuadra y media más adelante, los “pichoneros” les entregan el paso a los cargueros. Muchos se alegrarán de no seguir con ese peso sobre la espalda. Bajo las órdenes de los regidores, la procesión se va organizando. Esto es: los alumbrantes y las alumbrantas se acomodan a lado y lado de la calle. Toman su posición los monaguillos que abren el desfile con la Cruz Alta, las campanillas (si es Martes Santo, Miércoles Santo o Sábado de Gloria) o las matracas (si es Jueves Santo o Viernes Santo). Los pasos entran al desfile de acuerdo con el orden establecido, las sahumadoras se sitúan ante el paso que les corresponde, con una última ayuda para garantizar que las brasas permanezcan encendidas en medio del arreglo de orquídeas y ramitas de ensueño. A medida que la procesión avanza, otros personajes se van incorporando: la banda de guerra de la Policía, la orquesta del Conservatorio, los coros del Orfeón Obrero, las autoridades civiles, eclesiásticas y militares, de acuerdo con la noche: el Martes, el Alcalde y su gabinete; el Miércoles, el Comandante de la Policía y sus oficiales; el Jueves, el Comandante del Ejército y sus oficiales; el Viernes, el Rector de la Universidad con sus decanos y el Señor Arzobispo de Popayán acompañado del Seminario Mayor y el Capítulo Metropolitano, y el Sábado de Gloria el Gobernador y sus secretarios. En cada una de las procesiones desfila, además, el párroco de la iglesia de donde sale. Las primeras cuadras no son las mejores si uno quiere ver la procesión organizada, porque debe todavía transcurrir algún trecho, antes de que el desfile adquiera toda su solemnidad y su cadencia. La gente se entera en las calles de que la procesión ya está cercana, por el redoble de los tambores y el sonido de la banda de guerra. Toca entonces acelerar el paso y ubicarse en el sitio escogido para ver el desfile. O donde se alcance. Aparece primero una línea de niños y niñas scouts, seguidos a pocos pasos por los barrenderos. Con largas escobas de paja, los barrenderos van eliminando de la calzada todo rastro de esa multitud que ha permanecido o transitado por allí durante horas. Toneladas de papeles de todas las texturas y colores, los restos de “la vuelta del maní”, van quedando en las canecas que arrastran los barrenderos sobre ruedas. El pavimento de las calles queda reluciente. ¿Cómo sería antes cuando las calles eran empedradas? Los primeros alumbrantes y alumbrantas aparecen sobre los sardineles, obligando silenciosamente a los espectadores a apretarse contra las paredes. El público acepta sin discusión abrirles ese espacio, porque las procesiones está regidas por unas reglas legítimas y tácitas, entre otras, que las filas de alumbrantes deben acompañar la procesión caminando sobre los andenes y no sobre la calle, que debe quedar toda, libre y amplia, para que los pasos avancen sobre el eje de la misma, con todo el espacio a lado y lado que la solemnidad del desfile les exige. Esos espacios libres entre paso y paso y entre éstos y los márgenes de la calle, forman parte de esa puntuación que les otorga a las procesiones de Popayán su carácter particular y distintivo. Esos “vacíos” son tan importantes para la procesión, como las imágenes y los personajes humanos que las cargan o las acompañan, al igual que los silencios forman tanta parte de una pieza como las notas musicales. Aparecen entonces los monaguillos, y la multitud hace silencio. El del centro lleva la Cruz Alta, el símbolo de la participación de la Iglesia en los desfiles de Semana Santa. Lo acompañan otros monaguillos, según la noche, con campanilla o con matraca. Esta última, que se toca en lugar de la campanilla, en señal de duelo, en las noches del Jueves y del Viernes Santo, es un trozo de madera con una aldaba de puerta en cada cara, que el monaguillo sabe mover de modo tal que produzca el taqueteo lúgubre y característico de esas procesiones. (También, mientras la procesión está pasando frente a un templo, éste pone a vuelo sus campanas en las noches del Martes y el Miércoles Santo, o hace sonar una matraca de trinquetes en las noches del Jueves y del Viernes Santo). Otros monaguillos volean sus incensarios, ratificando la dimensión olfativa de las procesiones. Sus turiferarios: una palabra con aroma propio. El olor a incienso evoca en el sistema límbico de los popayanejos semanasanteros, las más profundas y comprometedoras emociones. Otros monaguillos avanzan a su lado o en segunda fila con los brazos cruzados. En las últimas cuadras, los más pequeñitos descubren la manera de terminar la procesión caminando dormidos. Varias decenas de metros después de los monaguillos, aparece la banda de guerra, con el “tambor mayor” a la cabeza. Una mirada implacable alcanza a escaparse a duras penas bajo el borde del casco, ladeado sobre la cara y templado por el barbuquejo. El “tambor mayor” es un hombre erguido, alto y delgado, y resulta evidente el control que ejerce sobre el resto de la banda: no hay cabriola inútil de su bastón, ni arabesco que, por deslumbrante, resulte innecesario. Marca el paso. Los redoblantes, los platillos y los bombos, traducen a sonidos esas órdenes:

PÁM pararampam pam pam PÁM
PÁM pararampam pam pam PÁM
PÁM pararampam pam pam PÁM
Pam pam PÁM
Pam pam PÁM

Pam pam PÁM
PÁM PÁM

Después de muchos años de mirar procesiones, uno aprende a conocer qué movimientos del “tambor mayor” y qué cambios de los redoblantes, anuncian la intervención de las cornetas. De un tiempo para acá, en los instrumentos de percusión se han incluido las marimbas, que el Martes, el Miércoles y el Sábado tocan, con ritmo marcial, bambucos y tonadas de Los Beatles. Todos los integrantes de la banda avanzan l-e-n-t-a-m-e-n-t-e, con un imperceptible bamboleo, con la misma cadencia. Durante los pocos paréntesis en que deja de tocar la banda, el silencio se vuelve agobiador, irresistible, denso. El sonido que producen al caminar los alumbrantes y los crujidos de las andas se amplifican. Desde varias cuadras atrás llega el eco de la coral Pabón del Orfeón Obrero entonando el “De Profundis”, el “Miserere” y el “Stabat Mater”: la gente joven del común, que hoy no sabe de letras en latín, dice identificar a lo lejos el sonido perezoso de las cinco vocales: áaaaa, éeee, íiiiiii, óooo, úuuu. El bombo rompe ese silencio súbitamente con un golpe. La gente da un salto, tomada por sorpresa. El tiempo se despierta y comienzan otra vez a moverse los relojes. L-e-n-t-a-m-e-n-t-e otra vez, pero a moverse. Pasa un poco más de media cuadra entre el último corneta de la banda y la aparición del primer paso. Al principio de las procesiones siempre van los pasos más livianos (San Juanes, Magdalenas y Verónicas), llevados por lo general por cargueros principiantes. El Viernes Santo abre la procesión “el Paso de la Muerte”, en el que un ángel con una guadaña en la mano, lleva encadenado un dragón de siete cabezas que representa los siete pecados capitales. Y junto a ellos un esqueleto, sobre cuya identidad en vida se han tejido en Popayán toda clase de fábulas (aunque lo cierto es que fue comprado en Cali, en un almacén de ayudas educativas, por la suma de 130 pesos en el año de 1944). Los cargueros desfilan ataviados con túnicas de algodón color azul oscuro, que reciben el nombre de “túnicos” y se ciñen la cintura con un cordón o “cíngulo” y un paño blanco del que cae una cascada de preciosos bordados. El atuendo general recibe el nombre de “animasola”. La cabeza se la cubren con un gorro o capirote de la misma tela, pero cargan con la cara descubierta desde 1841, cuando a raíz de que los generales José María Obando y Juan Gregorio Sarria, que se hallaban “enguerrillados” en franca rebelión contra el gobierno, bajaron de incógnito a cargar en el paso de la Virgen de Los Dolores de la procesión del Martes Santo, y el entonces Gobernador del Cauca prohibió que de allí en adelante los cargueros anduvieran con la cara tapada. Por el caminar elegante y el ritmo parejo de los cargueros, por la manera imperceptible de mecerse la imagen, y por el sonido armónico con que crujen las andas, se sabe que el paso viene bien cargado. Los buenos cargueros deben darles a los espectadores la falsa impresión de que el paso no pesara. Un carguero haciendo alarde de fuerza exagerada, “doblado” bajo el barrote o “colgado” en medio de cargueros más altos, anuncian un paso “mal acotejado”. Un sitial meciéndose por su cuenta, sin resonancia con las andas; o una imagen y unas andas que crujan desacompasadas, como si fueran a desbaratarse, indican que el paso viene mal cargado. La “acotejada” es un ritual que se cumple en vísperas de la Semana Santa, mediante el cual el “síndico”, garantiza que los ocho cargueros de su paso tengan la altura adecuada. Con unos golpes secos en el barrote, con la mano cerrada, uno de los cargueros “esquineros” ordena que el paso se detenga. Los cargueros se aligeran de los barrotes, y los cuatro esquineros los dejan reposar sobre las alcayatas: unas horquetas de hierro engastadas en varas rígidas de chonta, cuya longitud debe llegar un poco por de debajo de la altura del hombro. Uno de los regidores que dirigen la procesión, se acerca para algún comentario breve a los cargueros. Está vestido con frac y corbatín blanco, y lleva en la mano una cruz delgada de madera, con la pata muy larga. Esa cruz y la alcayata, cruzadas sobre una coronita de violetas, como la que portan todos los personajes humanos en la procesión del Viernes Santo, conforman el símbolo de la Junta Permanente Pro-Semana Santa, una autoridad “civil” responsable de todo cuanto concierne a la organización de las procesiones. Un “moquero” de corta edad, vestido igual que los cargueros, aprovecha para encender con una vara larga los cirios que se hayan apagado y para recortarles los “mocos” a las velas, con una como cuchilla en esa misma vara. Tras un breve descanso, que se aprovecha además para mantener las distancias, tres golpes secos en el barrote sirven de señal para que arranque el paso. Los ocho barrotes regresan al mismo tiempo a los hombros de los cargueros, que una vez se sienten cómodos bajo las andas, comienzan a avanzar con pie derecho. Cuentan los cargueros viejos que antes, cuando las calles eran empedradas, con el peso del paso los alpargates se volteaban y quedaban las suelas de fique sobre los empeines, y que las alcayatas se quedaban clavadas en los intersticios entre las piedras, lo cual dificultaba el arranque parejo de los pasos. Unos veinte o treinta metros más atrás, aparece el siguiente paso, y ese pequeño ritual descrito se repite. Precediendo al primer paso con la imagen de Nuestro Señor Jesucristo (el Señor del Huerto, la Oración o el Santo Cristo, de acuerdo con la noche) llega la primera “sahumadora”. De aquí en adelante, antes de cada paso con la imagen de Cristo o de la Virgen, vendrán otras sahumadoras vestidas de “ñapangas”, nombre con que antiguamente se denominaba a las muchachas del pueblo. “Cuenta don Pedro Paz que antes las sahumadoras no eran niñas disfrazadas, sino ñapangas auténticas, y que desfilaba una sola sahumadora por noche. Los vestidos de ñapanga, réplica exacta de los originales, están conformados por una falda de bayeta, un paño de lana apretada de agresivos colores, una blusa de encajes obligatoriamente elaborada a mano, que lleva en los bordes una cinta que hace juego con el color de la falda; alpargate suelto (distinto del de los cargueros que se lleva amarrado); un pañuelo de algodón también bordado, agarrado a la cintura de la falda; una cinta en cada trenza y una tercera a manera de balaca; aretes largos de filigrana de oro con corales rojos (que también eran característicos de las ñapangas) y adherida a la garganta con una cinta negra, una cruz también de filigrana de oro, que lleva en el joyero familiar varias generaciones.” Una de esas imágenes que siempre lleva sahumadora, y la única que aparece de manera continua en las tres primeras procesiones, es la del Santo Amo Ecce Homo, “Patrono” de Popayán, cuya imagen original, de acuerdo con el cura sacramentino Juan de Arratíbel, fue traída “en bruto” desde Pasto, en el año de 1680, por el artesano don Juan Antonio de Velasco. Esa imagen original se conoce en Popayán como “el Amo liberal” (mientras que la réplica idéntica elaborada por el escultor Asencio Lamiel por encargo del doctor Guillermo León Valencia ante el deterioro de la primera imagen por acción del comején, se conoce como “el Amo conservador” en el medio semanasantero y en el de la “procesión de los trabajadores” o del Primero de Mayo). Dicha imagen, al igual que su réplica “representa, en palabras de Arratíbel, a Jesús, sentado, maniatado, coronado de espinas, vestido de púrpura, cetro de burla a la izquierda sostenido con la mano derecha. El rostro divino refleja serena angustia y de las muchas llagas del Salvador mana abundante sangre redentora” y desde 1717, permanece en el Santuario de Belén durante todo el año. De las otras imágenes, algunas vinieron de España, según el Maestro Guillermo Valencia, “en tiempos remotísimos”. Por ejemplo, del Cristo de la Veracruz que le da nombre a la procesión del Jueves Santo, afirma el maestro Santiago Sebastián: “La obra más valiosa de las que existen en los camarines, es el famoso Cristo de la Veracruz, que parece un producto de la escuela sevillana en su fase de transición del clasicismo al realismo, y que debió de ser ejecutada durante el primer cuarto del siglo XVII. Tiene notables semejanzas con el Cristo de la catedral de Comayagua (Honduras), obra documentada como de Andrés Ocampo en 1623, escultor sevillano, elegante y delicado, cuyo taller absorbía la escultura sevillana al principios del siglo XVII. Anatómicamente está estudiado, aunque los brazos resulten algo flojos; sus proporciones armónicas. En los plegados del sudario se descubre al artista viejo que sigue formas del siglo XVI. Los más logrado es la cabeza, serena, de inspiración montañesina, y este detalle nos permite dudar de la fecha de 1600 referida en una misteriosa inscripción; si su autor se dejó influir, como parece evidente, por el Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés, tal obra fue concertada en 1603, así que el ejemplar payanés tiene que ser posterior.” Y sobre otra imagen de esa misma procesión, que es la más larga y tiene además el paso de La Crucifixión, el más pesado de las procesiones, cuenta don Francisco Velasco Navas: Desde 1954 sale en la Procesión del Jueves Santo el bello Cristo de La Expiración, copia auténtica del “Cachorro de Sevilla”, y que fue tallado y encarnado en España por el artista José Lamiel en 1952. Fue donado al templo de San Francisco por el Dr. Guillermo León Valencia, quien nos refirió que habiendo asistido a la procesión de Sevilla, se había situado en un balcón alto y en una de las calles centrales de la ciudad. Al desfilar el paso frente a su balcón, la mirada del Santo Cristo, denominado El Cachorro, coincidió con la de nuestro querido amigo y coterráneo quien, extasiado ante aquellos dulces y penetrantes ojos, concibió la idea de obtener auténtica copia y traerla a Popayán para sus procesiones, anhelo que cumplió sigilosamente. Se le dio el nombre del “Cristo de la Expiración”, porque va representando el momento en que elevada la mirada hacia el Altísimo, permite a la muerte que se acerque a consumar el Misterio de la Redención, al pronunciar la última de las palabras: Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu. Como en Sevilla no llevan sitial los pasos de los Cristos y su donante quizo trasladar el del Cachorro tal cual lo vio en ese momento inolvidable para él, esa la razón para que no lleve palio o sitial.” Otras imágenes de las procesiones tienen origen quiteño, y otras, como la del Señor Resucitado de la Procesión del Sábado Santo (elaborada por el maestro ecuatoriano Alcides Montes de Oca), son de factura reciente. En la Procesión del Santo Entierro de Cristo que desfila el Viernes Santo aparecen personajes, en imágenes y humanos, que no han sido vistos las noches anteriores: ya contamos que la procesión la abre el Paso de la Muerte. Viene después María Salomé, en otro paso pequeño. Luego La Verónica y La Magdalena, de las cuales ya habían desfilado otras imágenes en las procesiones precedentes. Después el Varón del Martillo y el Varón de las Tenazas, que representan a Nicodemus y a José de Arimatea, que bajaron a Cristo de la Cruz y los llevaron al Sepulcro. Y aparecen también los pasos del Santo Cristo, del Descendimiento, de la Piedad, copia exacta de la escultura de Miguel Angel, el paso enorme de Las Insignias, con “todos los instrumentos de la Pasión y del Martirio del Señor, y algunos de ellos son llevados por seis ángeles, como testimonio de que Cristo es Dios”, según reza el catálogo oficial de las procesiones. Sigue la orquesta del Conservatorio de Música de la Universidad del Cauca (o la Banda de Músicos de la Fuerza Aérea Colombiana, como ha sucedido en estos últimos años en que la FAC ha tenido comandante general popayanejo); después la imagen de bronce de San Juan Evangelista, seguida por dos estudiantes de la Universidad del Cauca que portan sendas bandejas, una con la Corona de Espinas y otra con los Clavos. Llevan el estandarte de la Junta Pro-Semana Santa el rector de la Universidad del Cauca y sus decanos y detrás, mediados por una sahumadora, aparece el Santo Sepulcro, “forrado en carey, marfil y chapas de plata dorada, al igual que sus andas, y donde va la bellísima imagen que expresa en la palidez de sus facciones y en sus ojos cerrados por la muerte, el infinito valor del Holocausto”, según palabras del doctor Francisco Velasco Navas. Tras el paso desfila, a pie, la Orden Ecuestre de los Caballeros del Santo Sepulcro, fundada el año 1099 por Godofredo de Bouillón cuando 400 mil caballeros y soldados se tomaron a Jerusalén en las cruzadas, y que existe desde 1952 en Popayán. Niñas de traje negro van llevando cintas del mismo color a lado y lado del Sepulcro. Pasa después el Arzobispo de Popayán acompañado del Seminario Menor y el Capítulo Metropolitano, y cierra el desfile del Viernes Santo la Virgen de la Soledad, “Madre bendita, blanco de todas las tristezas”, en el decir del ya citado don Francisco Velasco. La Semana Santa se cierra con la “Procesión de Nuestro Señor Jesucristo Resucitado” el Sábado Santo o Sábado de Gloria, que se revivió desde 1993 para reemplazar una que hasta 1953 salía esa misma noche, pero sobre todo para enfatizar que la Pasión de Cristo adquiere su sentido con la Resurrección, que es testimonio de Vida. Es una procesión alegre, colorida, muy poco convencional si se compara con las de las noches anteriores. Existen testimonios de que 21 años después de fundada la ciudad por Sebastián de Belalcázar, ya existían en Popayán procesiones. Cuenta don José María Arboleda Llorente que según la Historia General de Popayán, “en ese tiempo existía la costumbre de salir las personas más notables de la ciudad en las noches del Jueves y Viernes Santo, detrás de las procesiones, azotándose, cargando cruces y ejecutando otras penitencias; cosa que pretendieron aprovechar ciertos maleantes procedentes del Perú, que habían sido bien recibidos en Popayán y Cali, para caer de golpe, disfrazados de penitentes, sobre el Gobernador don Luis De Guzmán y los demás Capitanes, apoderarse del mando y, alistando tropas, marchar contra Quito y Lima, conspiración que dio con ellos en la horca.” En estos largos 450 años, han existido y se han extinguido muchas procesiones, entre las cuales se debe destacar la procesión del Lunes Santo, que dejaron acabar a principios de siglo en las siguientes circunstancias que relata don Jaime Fletcher Feijóo, una de las principales fuentes que existen sobre la historia de la Semana Santa payanesa: a raíz del terremoto de 1782, que obligó a abandonar la Catedral, esa jerarquía pasó primero al templo de la Ermita y luego a la iglesia de San José, en donde se mantuvo durante 122 años, hasta que la Basílica de Nuestra Señora de la Asunción (destruida nuevamente en el terremoto de 1983) fue restaurada. Sin embargo los pasos de la procesión del Lunes Santo, que pertenecía a la catedral, no se pudieron seguir armando en la Basílica, porque supuestamente amenazaban los retablos del Viacrucis. En 1908 se determinó entonces sacar la procesión del Lunes de la Iglesia de la Encarnación (o Iglesia de Las Monjas, en cuyo convento funciona hoy el Colegio Mayor del Cauca) “de donde, según cuenta don Jaime, salió efectivamente. Mas la circunstancia del cambio de templo, parece le restó esplendor, ya que fueron escasas las luces en ese año y por tal razón, en 1909, fue suprimida definitivamente.” Debe ser que en esa época los popayanejos estábamos todavía más aletargados que ahora, porque hoy no solamente resultaría inconcebible que una procesión se acabara, sino que, como ya se dijo, desde 1993 se ha logrado revivir la Procesión de Resurrección del Sábado de Gloria, y se ha logrado enraizar con éxito en el alma de la gente. Quizás no solamente la procesión, sino la Semana Santa, que como símbolo de Resurrección y de Vida ha tenido más significado, ha sido la de 1984, un año después del terremoto que en 1983 semidestruyó a Popayán en pleno Jueves Santo. Quienes llegan a los últimos renglones de este largo párrafo, como esos monaguillitos a los cuales hicimos mención en otra parte, y que logran terminar la procesión caminando dormidos, o que han tenido la paciencia de permanecer como de pié mientras ven transcurrir este relato, van a excusarme que demore unas cuantas cuadras más el final de este desfile, para volver a recordar qué pasó en la Semana Santa del terremoto y en la siguiente, porque cuando este texto se publique, muy seguramente ya estaremos hablando del siglo pasado. “Ese año (1983) se habían realizado normalmente las procesiones del Martes y del Miércoles, al igual que los conciertos del Festival de Música Religiosa, que en ese año llegaba a su versión número XX. Por ser el Jueves Santo un día festivo en todo el país, y por supuesto en Popayán, los colegios, las oficinas y los establecimientos de comercio se encontraban cerrados y desocupados, y a las 8:15 de la mañana, la hora exacta en que se presentó el terremoto, la mayor parte de los habitantes de la ciudad se encontraban en sus casas, como es natural en cualquier día festivo a esas horas de la mañana. Lo cual resultó providencial, porque el mismo terremoto en un día hábil o en noche de procesión, cuando andenes, balcones y calles se encuentran abarrotados de gente, habría producido un número de víctimas mortales incalculablemente mayor.. El 31 de Marzo, sin embargo, varios centenares de personas habían acudido a misa de ocho a la Catedral, la cual, a la hora del sismo, todavía no había comenzado, porque una llamada telefónica detuvo en su despacho a monseñor Samuel Silverio Buitrago, en ese entonces Arzobispo de Popayán, quien la iba a oficiar. Como es bien sabido, la Catedral fue una de las edificaciones más afectadas por el terremoto y el desplome súbito y total de la cúpula hacia el interior de la iglesia y sobre el Altar Mayor, produjo la muerte de cerca de 60 personas en el lugar. Ese día en la noche debía salir la procesión desde el templo de San Francisco, en cuyo interior se hallaban armados los pasos desde el Domingo de Ramos. El templo también sufrió daños de consideración, entre otros el desplome del campanario y la caida de la campana principal, pero ninguno de los pasos y ninguna de las imágenes resultaron afectados, a pesar de que en varios casos se abrieron los “burros” sobre los cuales descansan las “andas”, que se vinieron al suelo sin consecuencias mayores. Ante el riesgo que significaba el posible derrumbe de la estructura resquebrajada, los organismos de socorro autorizaron el ingreso al templo de un número limitado de cargueros, encargados de rescatar los catorce pasos que en ese momento se encontraban en la iglesia. Don Mario Córdoba, hoy Presidente de la Junta Pro-Semana Santa, cuenta que fue necesario montar todo un plan de contingencia para dividirse y coordinar las distintas tareas, de manera que pocas manos pudieran hacerse cargo de un proceso en el cual normalmente intervienen varias decenas de personas y que incluyen desde movilizar los pasos, cuyo peso en muchos casos, como en el de La Crucificción que forma parte de la procesión de San Francisco, supera la media tonelada, hasta desmontar y empacar los delicados y valiosos accesorios que adornan las imágenes. Lo cierto es que lograron recuperarse sin mayores daños andas, sitiales e imágenes, al igual que sucedió con los pasos pertenecientes a la procesión del Viernes Santo, que también se encontraban armados y listos en la iglesia de Santo Domingo. Aunque ese año se hubieran pretendido sacar las dos procesiones que faltaban, habría sido imposible porque todas y cada una de las calles del Centro Histórico de Popayán por donde pasa la procesión, se encontraban totalmente obstruidas por escombros, además de que la gran mayoría de las edificaciones que circundan la ruta, constituían una amenaza para los transeúntes. El año 1984 la realización de las procesiones y del Festival de Música Religiosa se convirtió en una prioridad tácita para todos los popayanejos, a manera de símbolo de que la ciudad continuaba completamente viva y de que iba a recuperarse del terremoto de 1983, tal y como se había recuperado de los terremotos de 1736, de 1785, de 1817, de 1827, de 1858, de 1885, de 1906 y de 1967, para citar solamente los más fuertes, a todos los cuales, dicho sea de paso, logró sobrevivir la iglesia de La Ermita, de donde sale la procesión del Miércoles Santo. En efecto, la Semana Santa de 1984 no solamente fue una de las más solemnes de que se tenga historia, sino también una de las que mayor significado ha tenido para los habitantes de la ciudad. Transcurrido apenas un año después del devastador terremoto de 1983, Popayán se encontraba todavía sumido en ruinas, pese a lo cual, y sin que esta vez hubiera mediado el tradicional decreto de la Alcaldía Municipal urgiendo a los pobladores a enlucir sus fachadas, motu proprio los propietarios de las casas en ruinas o de los lotes que quedaron desocupados como consecuencia del sismo, hicieron blanquear sus semi--derruidas propiedades a todo lo largo del recorrido de las procesiones y reparar en los posible los muros que daban a las calles. En ese momento, el maquillaje externo de la ciudad destruida --equivalente a la pulcra elegancia con que tantos hombres y mujeres de Popayán asumieron su estancia obligada en las carpas de emergencia mientras recuperaban sus casas— constituía un acto entre consciente e inconsciente de reafirmación popayaneja y una notificación expresa en el sentido de que este terremoto tampoco iba a poder vencer a la ciudad.” Como ya dijimos, con el paso del Señor Resucitado, de la banda de guerra del batallón José Hilario López y de un pequeño contingente de soldados que cierra el desfile del Sábado Santo, termina la Semana Santa. Tras los soldados que cierran la procesión, el gentío se arremolina nuevamente. Hay quienes corren a esperar la procesión en otra parte, para volver a ver cargando al novio, al pariente o al amigo, o a la niña de los ojos que va de sahumadora, llevando una cinta en el Sepulcro, o simple y devotamente como alumbranta. Pasadas las once de la noche, los pichoneros esperan la llegada de los pasos a una o dos cuadras de la iglesia y los distintos personajes que han participado en el desfile se dispersan. Los cargueros y los síndicos desarman cuidadosamente los pasos y guardan los ornamentos en baúles hasta el próximo año. Las imágenes retornan a los altares con su traje “de diario”. Durante varios días los andenes quedan resbalosos por la cera de cirios de alumbrantes y alumbrantas. El Martes siguiente arranca la Semana Santa “chiquita”, una réplica exacta de las procesiones grandes, en donde los pasos a escala son cargados por niños herederos de la tradición popayaneja, y en las cuales también, todos y cada uno de los personajes humanos, tienen su réplica. Así se logra demorar un poco el final inevitable de la Semana Santa Aplazar esa espera de 360 días que tarda la luna en llegar a ese punto del cielo en el cual, según la iglesia, comenzará formalmente la próxima Semana Santa y Popayán volverá a convertirse, durante siete días, en ese fenómeno extraño, íntimo y profundo, que no resulta fácil de describir ni de entender con palabras.

Gustavo Wilches-Chaux
Popayán, Noviembre 29 de 1999