GUSTAVO WILCHES-CHAUX
Martes 19 de octubre, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses: 

En dias pasados anunciábamos el nuevo libro del escritor payanés Gustavo Wilches-Chaux "El universo amarrado a la pata de la cama" producido y distribuído por Villegas Editores (VillegasEditores.com). Transcribimos de Villegas Editores la presentación del libro y de este, uno de los relatos. 

Cordial saludo, 

*** 
El Universo amarrado a la pata de la cama 
VillegasEditores.com 

Este divertido e insólito título nos remite a una cautivante colección de “relatos verídicos de ciencia ficción” que se retuercen y trenzan entre sí, formando vórtices, a través de los cuales podemos entrar a una realidad en la que, de alguna manera, es posible que ya estemos viviendo. Escritos entre 1996 y 2004, estos relatos constituyen, según explica Gustavo Wilches Chaux, su autor, una especie de “contraseña? para la transición. Todos, sin excepción, se basan en hechos que se pueden sustentar con objetos verdaderos, documentos, videos o fotografías que están total o parcialmente en poder del autor –algunos de los cuales han sido incluidos en el libro “para que no quepa duda”– o suceden en lugares reales, por los cuales cualquiera de nosotros puede aventurarse en el momento que se le ocurra. Los personajes que aparecen a lo largo de estos relatos son o serán reales, y cualquier parecido con la ficción es falta de cautela del lector o mera coincidencia, señala con sorna el autor. Un libro para quienes disfrutan con la buena literatura y con los tratamientos poco ortodoxos de la realidad. 

¡MINUTOS! ¡MINUTOS! 
El Universo amarrado a la pata de la cama 
Por Gustavo Wilches-Chaux 

Esa calle, que otrora fuera uno de los jugaderos de una de mis múltiples infancias, hoy, día y noche, vive atiborrada. 

De carros y de gente. De miseria. De billete. 

Te piden de todo y te ofrecen de todo: lapiceros Mont Blanc y relojes Rolex (por supuesto imitaciones). Lustrada de zapatos, aunque vayas con tenis. Me imagino que si pasas descalzo, te ofrecerán un pedicure o un masaje. Que de hecho lo ofrecen: “¡Chicas! ¡Chicas!”. Sujetos con esmoquin que reparten tarjetas. De vez en cuando aparece alguien a venderte un DVD player o un juego de herramientas. 

Sobre el andén, en mantas de colores, los artesanos exhiben manillas trenzadas, collares y argollas. Alguno dibuja con candela rodeado de público. 

El comercio formal se divide entre bares, almacenes de ropa deportiva, sex shops, establecimientos de comida rápida, restaurantes de moda (con decenas de escoltas a la espera) y uno que otro local con libros y artefactos de la Nueva Era. 

De un tiempo para acá, entre los vendedores ambulantes, han aparecido tipos y muchachas que te ofrecen “minutos”. 

Yo, por principio, me negaba a comprarles. Me parecía que era rendirme ante la violación de mis derechos más fundamentales. 

Cada vez hay más vendedores y vendedoras de minutos, y cada vez hay más gente que les compra. Gente que hace cola para someterse a ese negocio, redondo e infame, del cual, por supuesto, los vendedores callejeros son apenas un instrumento. Y otras víctimas. 

Como les decía, yo me había negado sistemáticamente a unirme a esa cadena miserable. Pero hoy, parado en esta esquina, rodeado de carros y de gente, bajo un sol canicular que me incinera la cabeza, siento una opresión creciente en las costillas y una urgencia irresistible de comprarles. 

De pronto me veo a mí mismo, en contra de mis principios, parado en una de esas colas. 

- Dame veinte minutos-, le digo a la muuchacha de bluyín descaderado, que me pasa un pequeño envase plástico, con un paisaje suizo en la etiqueta. 

- ¿Con válvula o sin válvula? – mee pregunta. 

- Con válvula-, le digo como con vergüeenza. – Es la primera vez que compro. 

- Las instrucciones están en el envase--, me dice de manera mecánica mientras recibe la plata. 

Levanto una lengüeta, como indican las instrucciones, y pego la nariz al envase. 

Espero que esos veinte minutos de aire me alcancen para llegar hasta mi casa. 

Paro un taxi. 

Gustavo Wilches-Chaux 
Mayo 8 del 2004