GUSTAVO WILCHES-CHAUX: NUEVO LIBRO
Domingo 3 de octubre, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano


Amigos payaneses:

Villegas Editores

Gustavo Wilches-Chaux ha escrito un nuevo libro con el titulo de "El Universo amarrado a la pata de la cama". La Editorial Villegas Editores lo sacará a librerías el 5 de octubre próximo. Gustavo recibirá el 7 de octubre en Ginebra, Suiza, un "Certificado de distinción" dentro del premio Sasakawa que otorgan las Naciones Unidas para personas e instituciones que se han destacado o han hecho aportes a la gestión de riesgo y la prevención de desastres en el mundo..

El inquieto y prolífero escritor payanés, con más de 20 libros que ha escrito y publicado, se define a sí mismo como "exalumno del terremoto de Popayán y exalumno del terremoto de Tierradentro, con un posgrado en el terremoto del Eje Cafetero".

Estudió Derecho y Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad del Cauca (1977). Ha sido Director Regional del SENA en el Cauca, del ECOFONDO, de FUNCOP CAUCA y de la Corporación NASA KIWE.

Actualmente trabaja como consultor independiente, profesor universitario y escritor. Entre los libros que ha escrito y publicado, se destacan: “El Jardín de las Flores de Concreto” (1972), “Poemas a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre y rtas Emiliana” (1978), “La letra con risa entra”, “¿Y qué es eso, Desarrollo Sostenible?”, “Auge, Caída y Levantada de Felipe Pinillo, Mecánico y Soldador” (Guía de LA RED para la Gestión Social del Riesgo), “En el Borde del Caos”, “Manual para Enamorar a las Cañadas”, “De nuestros deberes para con la vida”, “La reubicación de San Cayetano”, “¡Ni de Riesgos!” (Herramientas Sociales para la Gestión del Riesgo), “Del Suelo al Cielo (Ida y Regreso)” y “Cuy-dados Intensivos”.

Transcribimos el prólogo del libro escrito por Arturo Guerrero.

Cordial saludo,

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EL UNIVERSO AMARRADO A LA PATA DE LA CAMA
Prólogo
Escrito por Arturo Guerrero


Con excepción de sus últimas tres crónicas marcianas, fechadas en 2026, las restantes veinticuatro de Ray Bradbury tienen lugar en desolados parajes extraterrestres de comienzos del siglo XXI, y más precisamente en los siete años corridos entre 1999 y 2005. Fueron imaginadas y escritas en 1946, en Illinois, con un horizonte lejano, lejanísimo, que hoy para nosotros es la actuante realidad. Mas aún, la fecha de casi la mitad de ellas pertenece ya a la historia, es un dato envejecido.

El planeta Marte del fundador de la ciencia ficción, que a juicio de Borges es un reflejo de la soledad, del vacío y del tedio dominical americano de Bradbury, es para el lector actual un pavoroso escenario fantasmagórico donde se prefigura la destrucción de la civilización reinante. ¿Habrá alguien dado el justo crédito al escritor norteamericano que más de medio siglo antes previó el colapso de las Torres Gemelas, en el siguiente pasaje alucinado de sus crónicas? "A las tres de la mañana -escribió Bradbury- quemó los restos de Nueva York. Caminó con una antorcha por la ciudad de material plástico, tocando los muros con la punta de la llama, y la ciudad se abrió en grandes flores ardientes y luminosas. La hoguera, que medía casi dos kilómetros cuadrados, era bastante grande como para que la vieran desde el espacio".

Los años premonitorios, pero ya marchitos, en los que ocurren las inquietantes historias de Bradbury, son nuestros años vigentes. Todavía la catástrofe no se ha consumado, los cohetes no han llevado a refugios marcianos a los sobrevivientes de la guerra de veinte años que 'devastó' a la Tierra. La ciencia aún no le ha dado alcance a la ficción, y no obstante cada vez que leemos las Crónicas marcianas, un hielo nos recorre la medula espinal. Sucede que con aciagas palabras futuras, el escritor habló de un presente y ese presente no pertenece al tiempo, sino a la intensidad del alma.

Cuando Bradbury escribió sus crónicas, faltaban ocho años para que naciera en Popayán Gustavo Wilches Cháux, quien tuvo que esperar además una infancia y una adolescencia para acceder al género literario del presente en futuro. Sólo que, paradójicamente, llegó al mismo por la vía del pasado. Como les sucede a los personajes de sus cuentos, él mismo tuvo un abolengo de abuelos y bisabuelos versados en las ciencias de la precisión y en las curiosidades del verbo. Sus primeros años fueron poblados por duendes, mecánicos y 'humanos'. Los caserones de adolescencia, en aquella ciudad blanca y virreinal, eran 'un palimpsesto de fantasmas', por cuyos patios se colaba todo el cosmos.

Llegado a la adultez cometió la fugacidad de estudiar derecho, profesión ésta que para bien de sus lectores y amigos, parece no haberle quitado en lo sucesivo mucho tiempo. Es que su anclaje en el mundo era precisamente el mundo, el universo, y a su escudriñamiento se dedicó con la furia de los mejores astrónomos, físicos, químicos, geólogos. Aplicó sus astucias de abogado a desarrollar el derecho al universo, como reivindicación fundamental, y se especializó en desastres naturales precisamente para prevenir a la civilización del desastre antinatural de la muerte del alma, narrada por Bradbury.

De esta manera consolidó paulatinamente un sedimento de humanismo aliado a la naturaleza. Como buen ciudadano con raíces, se dio cuenta de que su ciudad era el ombligo del globo, era uno de los centros de la esfera, el mejor, el único suyo. Como patriarca, heredero de patriarcas, fundó un hogar portátil, con sala de visitas donde ejercen sus funciones alquímicas y volantes los más dispares juguetes animados.

Un día un alterego le regaló una bola de cristal en Estocolmo, y de esta magia saltó el presente libro, en el que Wilches es el supremo creador de un enjambre de planetas y de soles, donde manda una sustancia de silicio, simbiosis entre geología, sicología y astronomía, que es ni más ni menos que el anuncio de una ética, de una filosofía e incluso de una teología para tiempos por venir, cuando sea posible para todos dormirse en el mismo catre de las anteriores generaciones, no con el miedo al desastre del incendio y del tedio, sino con el universo y su misterio amarrados al costado.
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Arturo Guerrero