SEMANA SANTA POR JOSE MARIA VERGARA
Miércoles 19 de marzo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos semanasanteros:

A 25 días del inicio de la Semana Santa de Popayán nada más oportuno que releer las clásicas páginas de José María Vergara y Vergara (19 de marzo 1831-9 de marzo 1872) que escribió sobre la Semana Santa en Popayán, que transcribimos en esta fecha. José María nos dice: "Los conquistadores cruzaron ese suelo y descubrieron sus minas; con el primer oro que sacaron compraron negros; con los primeros negros sacaron millones; y con los primeros millones hicieron casas suntuosas y llenaron de lujo y de gloria a Popayán."

Cordial saludo,

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LA SEMANA SANTA EN POPAYAN
Por José María Vergara y Vergara

En aquellos tiempos... un día, un español señalado en la historia por su constancia y por sus desventuras, en cuya tumba yace su cadáver sin cabeza donde poner la corona de su gloria, subió la agria y montañosa cuesta de los Andes, se paró en su cima, y desde allí descubrió lo que buscaba, se volvió a sus compañeros, que representaban la España, y les mostró el término de su peregrinación.

Era Balboa, que regalaba a España un nuevo océano, como Colón le había regalado un nuevo continente.

Desde aquel elevado asiento donde el oscuro representante de Carlos V saludaba al mar Pacífico, se veía una línea azul que corría redondeando la comba gigantesca del océano, desde el Istmo donde Balboa estaba, hasta allá, al pie de las andas de oro de Atahualpa, más allá todavía, al pie de las montañas de «Arauco no domada».

Aquella línea azul era la costa granadina de Barbacoas, o el alto Chocó.

Los aventureros que tras la mirada de Balboa se lan­zaron a conquistar la suerte con Pizarro y Almagro, supieron que el oro estaba cuajado en filones colosales en aquella privilegiada orilla sombreada de palmas.

Casi por el mismo tiempo, un caballero de espuela dorada, el mariscal Jorge Robledo, hacía subir sus caballos por los peñascos de Antioquia, y aunque estaba parado sobre el oro, aunque lo despilfarraba en tan rico y loco extremo, que herraba con él sus caballos, no estaba aún satisfecho, porque sabía por los indígenas que caminando más al sudoeste encontraría el oro a flor de tierra. La tierra a que se referían era el bajo Chocó.

Un poco antes, Sebastián de Belalcázar, había hecho una ciudad de un campamento, poniendo cimiento a sus tiendas, y soltando a pastar sus caballos españoles en las vegas del Cauca. La ciudad de Popayán, quedó fundada.

Popayán reunió pronto en su seno un centenar de hidalgos que tenían pergaminos en España y minas de oro en Barbacoas y en el Chocó, es decir, que habían visto y tocado la tierra de promisión que Balboa entrevió, Pizarro orilló y Robledo soñó.

El alto y bajo Chocó está cuajado de oro, es cierto; pero la lucha del hombre en ese suelo es de tal naturaleza, que hace avergonzar a los titanes por sus mezquinas empresas. El temperamento es una fiebre de 100 pulsaciones; en su suelo cenagoso se enredan las culebras como las raíces del césped en nuestras plácidas praderas del Funza. El oro atrae los rayos del cielo, y la carne del hombre al tigre de las espesas selvas o la certera flecha del indio darién, que disputa a los guacamayos su habitación en los árboles. Los ríos despeñados y clamorosos pasan por angustiadas estrechuras, donde la salvaje canoa naufraga más aprisa, mientras más cargada baje con el oro, la plata, el platino, el cinabrio. No hay un palmo de tierra donde no se encuentre oro; en cambio, no hay un palmo donde pueda crecer el trigo, amigo de los hombres, y donde no se pise la ignorada sepultura de un conquistador, de un aventurero, de alguno de los aborígenes. La muerte y la riqueza duermen juntas. ¿Qué puede hacer allí el inteligente y delicado hijo de la zona templada o de las llanuras andinas, acostumbrado a respirar aroma de flores en blandas brisas; qué puede hacer cuando el ardiente y mortal verano seque los inmensos pantanos y le haga tragar fiebre por todos sus poros, una fiebre delante de la cual la Facultad de Medicina de París se retira, sombrero en mano, saludando a los dolientes? ¿Qué puede hacer allí la blanda raza que inventó el fósforo y el ferrocarril, cuando el largo y desmedido invierno de la costa, haga subir los ríos y los lagos, y llegue hasta el dintel de su cabaña armada sobre troncos de árboles, y lo incomunique hasta con la cabaña más vecina?

La raza negra, empero, respira fiebre, toma contra para hacer inocente el veneno de las culebras, lucha con las fieras, nada en los torrentes y vive en las delicias allí mismo donde el blanco cae como una hojita de clavel desgarrada por el céfiro.

Los conquistadores cruzaron ese suelo y descubrieron sus minas; con el primer oro que sacaron compraron negros; con los primeros negros sacaron millones; y con los primeros millones hicieron casas suntuosas y llenaron de lujo y de gloria a Popayán.

Popayán, que no exporta nada, y que no consume sino unas pocas cargas de arroz de Patía, de cacao de Neiva, de anís de Pasto, de maíz de Quilichao y unos centenares de reses del Cauca; Popayán no se explica como ciudad sino como quinta o villa italiana, o sitio real. Fue puesta adrede en un lugar donde se pudiera retirar de ella la antipática agitación del comercio; pero sus ricos fundadores no buscaban agitaciones sino dulzura. Su clima... ¿sabéis cuál es su clima? El sabio Caldas tomó la tarea de fijar las alturas, latitudes y climas de todos los lugares del Virreinato, y a cada uno le puso su 35° 15m.s, o su 24°; y al llegar a Popayán, él, el inventor de un nuevo ipsómetro, no encontró cifra ninguna que diese idea de aquel clima, patria de las rosas, y apuntó, en vez de un número una frase. «Parece, dijo, un clima inventado por los poetas». He aquí la altura de Popayán.

Popayán es una pequeñita ciudad erizada de torres de iglesias. Tiene apenas 50 manzanas, con una población de 8.000 habitantes; y entre las 50 manzanas hay diez iglesias y una capilla. Porque aquella generosa raza que la fundó, que esgrimía la espada y se adornaba con una cruz, no era esta raza descreída y mezquina, de ánimo cobarde, fuerzas apocadas y costumbres extragadas, cuyo estéril y único símbolo es: |no. Aquellos hombres creían mucho y hacían mucho; la fuerza de la lógica ha hecho que nosotros que no creemos en nada, no hagamos nada.

He querido hacer conocer la ciudad antes de hacer andar las procesiones de semana santa, porque aquella riqueza de la conquista, ofrecida noblemente al Señor, es lo que explica la abundancia de riquísimas estatuas; así como aquella religiosidad de nuestros valientes abuelos, los conquistadores, es lo que explica el lujo de piedad que se despliega en la Semana Santa en Popayán, una de las dos fiestas populares de esta ciudad, que tras un reposo de 300 años, ha sido ocupada militarmente setenta y siete veces desde 1810 hasta la fecha, desde don Miguel Tacón, gobernador por Carlos IV, hasta el señor Eliseo Payán, actual Presidente del Estado del Cauca, con residencia en Popayán.

El pueblo de Popayán, sus hidalgos y sus pecheros, sus damas y sus ñapangas, duermen todo el año y no se despiertan sino dos veces: una al son de la plegaria que tocan las campanas en semana santa, y otras al son del pífano que tocan los disfrazados en la fiesta de los Negritos en los últimos días de diciembre.

Esto no impide que si hay guerra, estén despiertos todo el año.

El domingo de ramos las alegres campanas de la iglesia de la Compañía, se adelantan al sol, llamando a todo el pueblo a que vaya a cantar hosannas en el triunfo del Hijo de David. No describiré la función de iglesia, porque ella es igual en todos los países cristianos; y en ésta y en las otras funciones, no me tocan sino aquellos pormenores especiales del pueblo de Popayán.

Los indios de Yanaconas, Puelenje, Julumito, Tambo, Puracé y demás pueblos que rodean la ciudad, han buscado en los montes, con anticipación, la palma real, consagrada especialmente al Señor, para adornar su triunfo. Si el alcalde, o si el gobernador necesitara del mismo número de palmas, que así se llaman enfáticamente los ramos de las palmas; si lo necesitara para solemnizar la entrada del mayor de los héroes, y las pidiera a todos los alcaldes y éstos a todo el pueblo, no reuniría un número de palmas igual al que reúnen ese día los indios, sin que nadie se las pida. ¿Nadie, dije? No, se las pide el sentimiento religioso, el más profundo y más durable de los sentimientos del alma.

La pequeña y elegante iglesia de la Compañía se llena de gente, gente de toda clase: damas ricas y pobres jornaleras; apuestos caballeros y humildes indios, esclavizados dos veces, por sus conquistadores y por sus libertadores. Niños que semejan a un botón de azahar, y ancianos que parecen tronco sin savia. Todas las edades, todas las clases, todos los dolores y todas las alegrías concurren a celebrar esa fiesta que nunca cansa, aunque se está celebrando hace dos mil años con|monotonía, es cierto, con una monotonía siempre entusiasta.

Como cada circunstante tiene una palma real en sus manos, al agitarse éstas, sus doradas y largas hojas forman un ruido como el roce de trajes de seda en un baile. Y luego el olor de aquellos nobles vegetales, que ayer no más estaban en su montaña nativa; y el aire que penetra libremente por las dos abiertas y encontradas puertas de la iglesia; y el olor de los vestidos nuevos y el del incienso; todo forma un aliento campesino, todo trae a la memoria escenas que, o pasaron en nuestra infancia, o han pasado en otro mundo mejor, mundo más propio a las aspiraciones de las almas.

¿Dónde están los mármoles que solemnizaron la batalla del Gránico, el paso del Rubicón, y los idus de marzo; la gloria de Augusto o la muerte de Pompeyo y de Alcibíades? No pregunto por las palmas, porque de fuerza deben estar hechas polvo: ¡pregunto por los mármoles, por las piedras! ¡Se han vuelto polvo también! ¡Y sin embargo, en la entrada del Hijo de David hubo palmas solamente, y esas palmas... helas aquí! Ayer el indio yanacona, en la ciudad de Popayán, en un rincón de los Andes, en la América meridional, cogió frescas palmas para reponer las que se vienen gastando desde el día en que Jesús, Hijo de David, entró a Jerusalem.