ESTAMPAS DE MI CIUDAD POPAYAN
Jueves 25 de agosto, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Jaime Vejarano Varona ha lanzado desde Popayán su libro más reciente: "Estampas de mi ciudad Popayán".

A este libro se agregan, del mismo autor: "Popayán relicario de Colombia" y "Popayán en su anécdota" que se leen con agrado y añoranza.

Jaime es miembro de Número de la Academia de Historia del Cauca, Cofundador de La Tertulia Payanesa, corresponsal y cronista de varios órganos de expresión.

El libro, además de deliciosas crónicas y descripciones de las casonas de la Ciudad Blanca, está ilustrado con selectas fotografías históricas y de personajes populares.

De las numerosas y agradables crónicas del libro mencionado, reproducimos la que se refiere al personaje típico "Ratón de Iglesia"

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Gerardo Delgado Durán "Ratón de iglesia"
Estampas de mi ciudad"
Por: Jaime Vejarano Varona

Haciendo cuentas, cuando yo era apenas apuntaba hacia los cinco años, edad entonces de la inocencia, él ya andaba por la edad de los pecados mortales. Me acostumbré a verlo con su figura magra y su enjuto rostro, sombra y silueta de don Quijote, bastoncillo colgante de su brazo, interminable tabaco entre la rendija de sus labios apretados y un caminar presuroso y ágil, que producía la ilusión de hallarse a punto de alzar vuelo entre las espesas volutas de humo que despedía intermitentemente su inseparable chicote. Siempre lo vi entrando o saliendo de alguna iglesia, organizando procesiones o portando un hachón encendido que producía, en noche de Viernes Santo, una visión fantasmal a su rostro pálido y perfilado, y casi sin pausa, tranzándose el signo cristiano "desde la frente hasta el pecho; del hombro izquierdo hasta el derecho" como en el catecismo del Padre Astete. Pero, ¿Por qué tantas veces? "Porque en todo tiempo y lugar nuestros enemigos nos combaten y persiguen"

Era un hombre que, por sustracción de materia, no proyectaba sombra. Y que, de igual manera, por carencia de desafectos y aunque de pocos afectos, jamás hizo mal a nadie. Si algunas veces ahuyentó con su bastón en alto a los muhcahos que le gritaban su sombrenombre de Ratón de iglesia, a la larga optó por acostumbrarse, dejó de hacerles caso y resolvió no inmnutarse ante el apelativo. Y, ... ¡cosa curiosa!, entonces los muchachos supieron que su verdadero nombre era don Gerardo, y así empezaron a llamarle. Imagino que allá en su interior, él pensaría que había dejado de ser ese personaje notable de la ciudad y que, injustamente, al retirarle su mote, lo estaban refundiendo entre tantos señores sin importancia que deambulan por las calles de su ciudad. Creo, estoy seguro de que, entonces, debió sentir una honda nostalgia de su sobrenombre.

Como su apellido lo indica, era delgado, pero en grado superlativo. Y místico era también, pero con idéntica exageración. Agil en su hablar como en sus movimientos. Su voz gutural y altisonante. Poco dado a reirse, respondia de modo cordial y respetuoso a su interlocutor. Paradojalmente Gerardo, Ratón de Iglesia, uno de nuestros últimos y queridos personajes típicos, al irse definitivamente con su magra contextura, dejará un enorme vacío en la ciudad que lo quiso.

Tras él se van muchos de nuestros recuerdos y añoranzas del Popayán de los cuarentas, cuando aún se batía el chocolate de pastilla con molinillo de palo y en olleta de barro; cuando Germán nos vendía su chicha con comprimido y cuando misiá Pacha Pardo competía con las Fernández en quién leudaba el mejor pan.

Se nos va yendo la ciudad de nuestros amores y se nos borran de la vista, que nó del corazón, esos queridos personajes que hemos clasificado como típicos porque representan bien nuestra idiosincracia: Anacoreta y Pajarito; Valdés y Catecismo; el Socio Cajiao y Murillito, Miel de Abejas y Rosarito, Avispa y Chancaca, el Capi Olano y el genio Castrillón que fueron todos fisonomía, alma y gracia de nuestra ciudad. Rindo ante quien fuera, el más conspicuo de nuestros especímenes típicos patojos, tan representativos de un pasado grato, noble y amero, y de una época que no volverá, el homenahje de mi simpatía y admiración.