LA EXTRAÑA CATALINA
Lunes 8 de diciembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses: 

Margot Valencia de Prada ha tenido la deferencia de enviarnos el siguiente relato escrito por Rodrigo Valencia Quijano. Nuestros agradecimientos para Margot y felicitaciones para Rodrigo por su hermoso y delicado cuento.

Cordial saludo,

***

La extraña Catalina 
Por Rodrigo Valencia Quijano
 
Especial para El Liberal

Foto: álbum familiar 
Catalina era una niña de cabellos morenos y ojos grandes y tristes. Cuando miraba el origen de los tiempos, le brillaban más que siempre y se tornaban de un azul más intenso que el del firmamento cuando no hay nubes volando a la distancia. Y había aprendido a ver el día en la noche y la noche en el día, el ayer en el mañana y el mañana en el ayer, mientras tarareaba un salmo que, decía, ella oía entre las estrellas; ya nada se escapaba a su mirar lejano, perdido en algún lugar oculto de su alma.

Un día había perdido su afición por el estudio, y la profesora se quejaba de su ausente presencia en el aula; pero ella no era autista, decía; y tampoco había tenido antes esa tristeza que nadie le curaba a pesar de su alegría. Y entonces su mamá la llevó al médico, quien dijo ignorar lo que ocurría: “Tal vez no tiene nada malo, pero sufre de nostalgias infinitas”. Bastaba con verle sus grandes ojos tristes, fijos por instantes indefinibles, azules en el mar de lo insondable, para contagiarse de una pena extraña.

Desde hacía algún tiempo ya no era la misma Catalina; y cuando se miraba en el espejo, se veía con alas y unas vestiduras blancas que no se manchaban ni deterioraban nunca. Pero la tristeza, a pesar de su alegría, era algo que ya no era de este mundo; parecía un velo que caía sobre su cara. Mas una tarde, su mamá vio que hablaba con el árbol de limones que había en el patio trasero de la casa. Se pasaba horas enteras allí, y era entonces cuando su tristeza se borraba de su alma como la noche en el día. “La fruta del Paraíso no era una manzana; eran limones”, le dijo a su mamá. “Y, antes del pecado original, los limones eran dulces”, añadió. Y, ciertamente, comía esos limones sin sentir para nada su amargor; y, en varias ocasiones, después de comerlos con tanto agrado, ella quedaba en éxtasis, suspendida en el aire, como girando alrededor de un árbol de los sueños. “Vengo de un lugar donde no hay sombras, ni ruegos, ni engaños, ni males que atormentan. El mal es una enfermedad que contrajo el ser humano cuando adquirió el contagio de la cólera de Dios, esa cosa que nubló los ojos y corazones de la gente, y ahora ya no hay nadie que quiera salir de esa condición”, decía al retornar de ese trance incomprensible, como si hubiera adquirido una saber desconocido.

Así, todos creían que estaba loca, que había perdido el sentido de la realidad; y se había convertido en la grave preocupación de sus papás, parientes, amigos y vecinos. Pero no había nada que pudieran hacer. Lo intentaron todo; las súplicas a Dios no eran escuchadas, y las medicinas de este mundo no le hacían ningún bien, como tampoco los ruegos y esfuerzos de Clarita, su amiguita más cercana, que había crecido con ella entre juegos, risas y pactos inocentes; y mucho menos los ladridos de Juanita, su mascota de lanas sedosas como el viento. Y todos habían probado esos limones; “no hay nada raro en ellos; son limones comunes y corrientes; saben a limón”, argumentaban, mirándose asombrados. Aun así, poco faltó para que hicieran cortar ese árbol de la huerta. De todas formas, les daba miedo ensayar con lo desconocido, por si ese limonero tenía sus agüeros de otro mundo, o algo místico y prohibido escondía entre sus ramas; de modo que no se atrevieron a quitarlo para siempre.

Un buen día, Clarita la sintió y vio más lejana que nunca. La vio tan lejos, tan lejos en el corredor de baldosas de ajedrez donde jugaban... tan lejos la vio, que el corredor siempre se estiraba más y más, más allá de lo posible y lo imposible. Y quiso alcanzarla; trataba de correr, pero había una fuerza tan extraña que no la dejaba... Su voz ya no se oía; se había borrado hasta el eco de su salmo que aprendió entre las estrellas. Catalina se perdió en el horizonte, cuando el sol se ocultó entre las montañas, cuando sonó la campana de la iglesia y las horas se hicieron silenciosas.

Y, desde entonces, el limón de la huerta trasera de la casa se volvió mustio como la tristeza; ya no tiene el color de los veranos, ya no se ve el brillo del sol en medio de sus hojas. Los padres de Catalina aún lo cuidan y lo riegan más que nunca; todos los días le hacen un ritual con oraciones y cantan ese salmo que jamás habían oído antes. Ellos miran hacia el cielo, se toman de las manos abrazando los mismos sentimientos, claman al lugar desconocido que se esconde de los mundos, esperando que algún día vuelva su pequeña, su nena hermosa, que ahora sólo es un sueño entre la nostalgia.