DISCURSO DEL MAESTRO GUILLERMO VALENCIA
Lunes 10 de diciembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Transcribimos el primero y los párrafos finales del magistral discurso del Maestro Guillermo Valencia ante el cadáver de Miguel Antonio Caro Tobar (10 de noviembre 1843- 5 de agosto 1909). La foto de Caro se tomó de la Biblioteca Luis Angel Arango y la firma de Valencia de Internet.
Cordial saludo,

"El honorable senado de la república me confirió ayer el encargo de llevar su voz en esta hora no menos triste que solemne, y yo cedo a ese encargo, y al hacerlo, no obro como un oscuro miembro de la honorable corporación que de mí fía, sino cual un hijo férvido de las llanuras libres." 
...

"Bien me sé que la hora no es oportuna para recordar ciertas palabras; mas ¿cómo no acariciar con ellas a quien las cargó de sentido, les infundió el alma de su alma, las hizo el lema de su escudo y apacentó su esperanza en su eficacia consoladora? El señor Caro fue el jefe indiscutido del partido conservador, que le venera y ensalzará siempre como a su patrono espiritual. Para que la gloria de aquel ilustre cenobiarca fuese completa, recibió de mano nuestra la corona de espinas que es el gaje obligado de los hombres públicos. Mas ¿qué importa todo ello si su anhelo fue noble y trabajó por el ideal? En nuestras turbulentas democracias sólo sufren los buenos, los que resisten, los que luchan; para los otros llueven las rosas de las fáciles alegrías y de las complacencias humillantes; sólo que estas flores, como las del festín de Trimalción, desaparecen con el vino de las copas, en tanto que la espina ensangrentada que ayudó a tejer la corona de los redentores, brilla cual un joya glorificadora entre la noche de los tiempos."

"¡Es increíble que esta urna encierre tanta historia patria, oculte tanta gloria, vele tanta virtud, recate tanta ciencia y selle tantas esperanzas! Si el pasado necesita distancia para sus perspectivas, fuerza es que vean mejor la grandeza de los grandes las generaciones por venir. Cuando pasen los años, quebradores de aristas y pulidores de contornos, la figura de Caro aparecerá en toda su excelsitud clásica, serena e imponente. Para el crítico del futuro, el suelo en que nació será el pedestal raro escogido por la naturaleza para asentar los pies de aquel coloso cuyos lineamientos generales acultarán en lo venidero las leves imperfecciones de la forma. ¡Quién pudiese contemplarlo en esta concepción sumaria, bajo las especies de esa síntesis ideal, tras de cuya expresión anhelan los cinceles de Albert Bartolomé y casi, casi realizaron los de Rodin! ¡Oh! si nos fuese dado, después de algunas centurias, contemplar idealmente la figura de este hombre que ya no nos ve, ni nos oye, ni nos habla; él, que fue todo ojos; él, que fue todo oidos; él, que fue todo verbo, verbo inflamado, verbo puro, verbo de Dios, y contemplarlo con ese gesto dolorosamente expresivo que el escultor francés supo imprimir en la marmórea figura del Panteón parisiense. Ver así aquella alma, atormentada y gigantesca, en el escorzo violento del "Pensador" que apenas logra sostener la mole de la cabeza colosal preñada de un pensamiento que fuese al propio tiempo toda una tempestad; así, como un buzo enloquecido que va a lanzarse desde lo alto de una roca sobre la mar sin límites; cual un gigante cuyo cuerpo floreciente de vida, traduce en musculosas contracciones una angustia infinita, eterna e invisible; así como para hundirse en el vacío, ostentando sobre la frente de anchos planos algo como la huella de un martillazo homérico y ciclópeo, como el golpe de la fatal tortuga que hendió al caer la cabeza de Esquilo; así, cual un pensamiento hecho hombre, convertido en un león presto a saltar, y a quien el pueblo atónito que le está mirando quiere detenerle vanamente; porque ha sonado ya la hora, y fuerza es que se cumpla la voluntad del misterio y .. en ese instante precisamente nos hallamos. Quien dijo a Colombia:"

"Patria, de tus entrañas soy pedazo, devuelve a ella la grosera envoltura, mientras el alma que ésta contuviera, asombrará por siglos, semejante a una ceiba, a innumerables caravanas que pidan sombra, que anhelen escuchar el canto de mil pájaros, que busquen el reposo y ansíen recibir la luz eterna del sol indeficiente filtrándose a través de hojas de perenne verdura, de ramas opulentas y de flores que no se mustian."