RODRIGO VALENCIA QUIJANO 
Lunes 1 de abril, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Rodrigo Valencia Quijano, quien está exponiendo su arte en los salones del Banco del Estado de Popayán, nos ha enviado el texto que transcribimos hoy, en el que nos transmite sus pensamientos. Nuestros agradecimientos a Rodrigo y le deseamos muchos éxitos en su arte.

Cordial saludo,

SUEÑOS PARA OLVIDAR EL MILENIO
Por: Rodrigo Valencia Quijano.

¿Qué pasó aquí? En estos dibujos el mundo parece de piedra, estratificado en las ausencias. Hay paredes pero no hay almas; hay dudas, ignotas miradas, ciegas miradas en las sombras. Viven nostalgias, desengaños, soledades. El sol es luna y la luna olvido. Estos seres esperan el eco de su propia voz, que no vuelve; se pierde en la estructura ausente, y lo más probable es que estas presencias no tengan voz. Sus almas se arrinconan en el olvido, para rescatarse a sí mismas, y así nacer, para morir de nuevo. Casi nunca han conocido la destreza de la risa; su risa es enigma, consolado por las voces de lo otro, de lo ignoto sin nombre. Tampoco hay ilusiones; sólo el silencio entre las paredes gruesas, ambiguas habitaciones del pasado, mito de esperanzas anquilosadas en los muros viejos.

Me interesan el sentido de extrañamiento que puedan tener estas figuras, la acusación de las mentiras ocultadas por los rostros ilusorios de las cosas y de las historias, la angustia que nos aprisiona en estos cuerpos sin futuro ni gloria. Y hay musas estridentes de lo feo que aparecen en mi oído, rasgando los velos de la comodidad...y lo placentero deja de ser cierto. Sólo quedan los rasguños, las heridas, las telarañas suspendidas en las horas y el vacío...las canciones que queremos olvidar.

Estas figuras solitarias, anónimas y desubicadas, sin número de identidad, sin partido ni credo, reservan su soledad, naufragan en el juego de la paradoja, esperan lo inesperado o inesperan lo esperado. Las inventé una noche cualquiera, mientras veía que la vida sigue siendo un callejón sin salida. Suman su conciencia a la nada, a la auténtica vacuidad existencial.

Son almas sin rostro; equidistan entre el ser y el no-ser. Viven su vida mientras algo; no sé qué- absorbe sus miradas de silencio en la expectativa de no haber sabido nada. Lo sabido ha sido una historia equivocada y lo no sabido el aguijón que agudiza su mirar, porque el mundo que dejaron se extravió en risibles fórmulas para el desencanto. Sin embargo, son amigas de la última esperanza.

Eventualmente nos convencen de que aun hay tiempo para reflexionarnos, para existenciarnos o autenticarnos sin falsas etiquetas ni sobrenombres con status. Quizás hacen la caricatura que queremos olvidar para no encontrarnos con nuestra propia insuficiencia o, tal vez, nos hablan desde el fondo de su voz inexistente para ver si podemos arriesgarnos en la duda. Pero no es elegante dudar en este mundo, lleno de convencionalismos optimistas preparados desde la cuna. Y, por eso, prefiero pensar que estas figuras, que viven y se asoman entre las esquinas de una otredad extraña, que sólo hablan con el viento para oírse a sí mismas en la latitud de su propio mutismo existencial, prefiero creer, digo, que salieron de un extraño juego de espejos imaginarios, inexistentes o fantásticos; y que sólo existen en un mundo que sólo está en mi mundo, ese invento mío sobre los cadáveres del sueño y las paradojas que nacen entre las mentiras (como todo arte que se precie de ser cierto).

RVQ, marzo de 2002.

DEPARTAMENTO CULTURAL BANCO DEL ESTADO POPAYÁN, SEMANA SANTA, 2002