LIQUIDACION DEL CATOLICISMO
Martes 1 de octubre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

El arquitecto Eladio De Valdenebro (Popayán, 1952) está preparando un libro de quince cuentos y este es uno de ellos; además le da el título al libro. Eladio es un escritor de literatura infantil en Editorial Norma, con cuatro títulos publicados.

Cordial saludo,

* Liquidación del catolicismo
Por Eladio De Valdenebro
Revista Número

Si Cristo regresara hoy, ¿qué haría con su Iglesia? El padre John Warney ha pensado esto, obsesivamente, toda la noche. Está en una pequeña celda del cuartel general de los jesuitas, en Roma. Vino con el fastuoso séquito del arzobispo cardenal de Chicago al Sacro Colegio de la Iglesia Católica, para elegir al nuevo papa.

-(Si los cardenales eligieran a Cristo, sin darse cuenta -reencarnado en un cardenal del tercer mundo, digamos...-, ¿qué haría Cristo de papa?)

El arzobispo cardenal de Chicago es el papábile más opcionado. Lo aseguran las encuestas de los medios, y lo ratifican asistentes y adjuntos de los 385 cardenales del mundo entero, llegados a Roma para la crucial elección. Este arrollador cardenal estadounidense tiene la figura de un líder total. Su juventud y presencia, su don de gentes, su perfecto dominio de las cámaras... y todo el dinero que está tras él (claro que esto nunca se dice abiertamente), son los factores que los medios más mencionan para justificar su firme candidatura al papado. Pero ante los cardenales -no tan superfluos como los comentaristas de prensa y televisión- lo que más cuenta es el éxito deslumbrante de sus diez años como arzobispo de Chicago. Como ningún antecesor, como ningún arzobispo en el mundo católico, imitó y superó al papa Juan Pablo II en el dominio de las masas. Apoyado en las gigantescas cadenas de televisión de los Estados Unidos, ha transformado la misa dominical de su basílica en un evento nacional que supera -cada domingo- los más altos ratings de televisión dominical.

Las ceremonias en las principales fiestas religiosas -Corpus Christi, Ascensión del Señor- superan en fastuosidad a las grandes celebraciones de la familia real en Londres. Y así, con movimientos inmensos de masas, con abrumadores ratings, el catolicismo está de moda en los Estados Unidos. Las conversiones se dan por miles cada año, en tanto que el renacimiento del culto católico, de costa a costa, es un suceso de dimensión política indudable. En todas las justas electorales los candidatos católicos tienen ganados, por ese solo hecho, unos buenos puntos en sondeos de opinión. Y esto se debe, sin duda alguna, al arzobispo cardenal de Chicago. A este portentoso vendedor de fe. Su poder de convicción, su marketing ha conseguido que los más ricos empresarios del mundo hagan fabulosas donaciones para su curia. La revista Forbes calcula que la riqueza actual de la arquidiócesis de Chicago ya está muy cercana a los activos de Coca-Cola. Desde hace seis meses, las acciones de la arquidiócesis tienen el alza más continuada y más segura en Wall Street.

-(¿Cómo actuaría Cristo si fuera el nuevo papa?).

Los cardenales -inspirados por el Espíritu Santo- escogerán mañana al nuevo papa. Se dice que será una elección muy reñida, pues hay tres papábiles de mucho peso:

-El publicitado arzobispo cardenal de Chicago, con todo el poderoso respaldo -suponen los expertos- de la mayoría de los cardenales del mundo desarrollado.

-El adusto cardenal de Toledo, representante del ala más conservadora de la Iglesia. Lo apoya en verdad un pequeño grupo de cardenales. Pero... los caminos de Dios son inescrutables... dicen los comentaristas religiosos. Y hay la creciente evidencia de que la Iglesia está tomando un camino excesivamente light, según el despectivo término que aplican los tradicionalistas... El colegio cardenalicio podría dar un viraje inesperado hacia las formas religiosas de Pío XII -añoradas en verdad por muy pocos- y restablecer mucho de lo que Juan XXIII suprimió.

-Y el folclórico cardenal de Ciudad del Cabo (Suráfrica), un mestizo de inglés y africana -cabello negro ensortijado, ojos azules, piel algo oscura, palmas de las manos blancas...- que toca con habilidad de rockero los más extraños instrumentos de percusión del África. Y con música africana ambienta sus misas populares. Líder católico en el desmonte del apartheid, amigo personal de Mandela y Tutu, de Fidel Castro, contertulio de García Márquez y Sachs, panegirista de la teología de la liberación... la fuerza incontenible del tercer mundo, de las razas no blancas... También es muy posible, ahora, dos mil años después de Cristo, que se elija a un papa de raza negra... Los caminos de Dios, tan inescrutables...

-(Si Cristo regresara como papa... ¿qué haría?).

Los cardenales no están limitados en su elección. Habitualmente escogen a uno de ellos mismos, pero bien pueden elegir a cualquier obispo, presente o no en el gran evento del Vaticano. Incluso, según dos excepcionales casos que ocurrieron en el pasado, los cardenales pueden elegir a un sacerdote cualquiera.

-(Cristo de papa... ¿qué dejaría del catolicismo?).

Con tan obsesivo tema, se le pasa la noche al padre John Warney. Sólo a las cuatro de la madrugada puede conciliar el sueño. Duerme así tan sólo tres horas, pues a las siete golpean a la puerta de su celda. "Padre John... padre John... ¿qué le pasó? ¿Por qué no vino a la misa?", le pregunta el joven obispo auxiliar de New Troya, ciudad cercana a Chicago. Es su amigo y compañero del seminario.

El cura y el joven obispo son parte de la lujosa comitiva del arzobispo cardenal de Chicago, compuesta por dieciocho personas (sacerdotes consejeros, dos monjas que cuidan de sus trajes y ropajes ceremoniales, tres obispos, fotógrafos, periodistas, médico dietista, peluquero, director de imagen, entrenador de aeróbicos y cocinero) que llegaron desde hace ocho días a Roma. Ocho días de intenso trajín, en reuniones diplomáticas, entrevistas con los medios, visitas discretas a los cardenales más influyentes, a sus más cercanos consejeros. Aparte de esta nutrida comitiva han venido otros dos personajes, por petición expresa del arzobispo cardenal de Chicago: un viejo amigo de él, famoso modisto de Estados Unidos, quien trae una novedosa vestimenta ceremonial para el nuevo papa -su amigo- y así iniciará la imposición de una nueva moda eclesiástica en todo el mundo. Y otro buen amigo, un afamado director de cine, con su staff completo, para montar el más grandioso espectáculo en vivo el día de la coronación del nuevo papa -su amigo-.

-(¿Y si Cristo regresara ahora?).

El padre John hace entrar al obispo de New Troya y le pide que lo espere sentado al modesto escritorio, mientras va a los baños. Cinco minutos después está de regreso el padre Warney, de bluyines, con un saco de lana gris, de cuello en ve y zapatos de lona con suelas de goma. Se pone la negra sotana, se arregla el incómodo cuello blanco, toma el computador portátil y salen de la celda. Mientras se dirigen al comedor, le comenta a su amigo sobre su desvelador tema.

-¿Qué tal que Cristo regresara, que estuviera oculto aquí en Roma, reencarnado como cualquier cardenal del tercer mundo... y resultara elegido papa? ¿Se imagina usted qué pasaría?

El obispo de New Troya le reprocha que hable de Cristo reencarnado, a lo que el padre responde:

Qué, ¿se me está volviendo budista? Ya le he comentado que no haría falta que fuera Cristo realmente, bastaría que fuera cualquier cardenal, pero guiado realmente por Cristo...

El padre John Warney y el obispo de New Troya hablan desde hace tiempo, con mucha frecuencia, de un tema siempre prohibido por la Iglesia: la traición total que hace el catolicismo a las elementales verdades de Cristo. La unión íntima del poder y de la riqueza con la Iglesia católica, la falsificación de la caridad cristiana, las jerarquías de vanidad y orgullo, el lujo y la ostentación de templos y ceremonias, los tontos mitos de santos, vírgenes y apariciones, el absurdo psicológico del celibato, la impúdica avaricia financiera de muchos estamentos eclesiásticos, la opresión total a los reformistas... Pero desde que llegaron a Roma, los dos amigos han agudizado su crítica. Y el padre John Warney le ha introducido un nuevo e inquietante factor: ¿qué haría Cristo con tanta basura? ¿Qué haría Cristo... ahora?

El arzobispo cardenal de Chicago no tiene ni idea de estos obsesivos temas que ocupan las mentes del padre John y del obispo de New Troya. Al uno lo trajo por ser experto en sistemas; al otro, por ser experto en finanzas.

Al salir del comedor, abordan uno de los grandes buses que recogen a no menos de trescientos acompañantes de veinte cardenales, todos alojados en el cuartel general de los jesuitas.

El obispo de New Troya le va contando al padre John Warney su escándalo con lo que visitó la víspera, las oficinas del Banco del Santo Apóstol, la sede financiera donde el Vaticano maneja sus inmensas riquezas. Fue allá, encargado por su cardenal papábile, a negociar un paquete de acciones, unos buenos millones de dólares que había recibido en ostentosa donación de un petrolero texano. "¿Qué tiene esto de Cristo?", se pregunta el joven obispo. El padre John Warney oye en silencio. Tan sólo asiente con la cabeza.

El bus los deja en la avenida de la Conciliación, el inmenso acceso a la plaza de San Pedro. Entran así al asombroso espacio. Entonces habla el padre John Warney:

-¿Se imagina usted a Cristo, recorriendo triunfal el eje de esta plaza, levantado en alto por ocho guardias suizos en la silla gestatoria, con la tiara pontificia en la cabeza, rodeado de prelados que le echan aire con abanicos de avestruz, y recibiendo frente a la basílica de San Pedro el besamanos de trescientos cardenales?

.El obispo de New Troya es ahora el silencioso. Llegan ya al centro de la plaza, al pie del obelisco egipcio que un papa del Renacimiento erigió allí.

Entonces el joven obispo contesta, pero con otra pregunta:

-Padre John, ¿se imagina usted a Cristo, en junta directiva del Banco del Santo Apóstol, discutiendo el plan de inversiones del próximo año? Sí, ¿qué pensaría Cristo hoy... de todo esto?

Ya son las ocho de la mañana. La plaza de San Pedro está llena. Miles y miles de fieles, venidos de todo el mundo, la atestan. Quieren ser testigos del humo blanco con que se avisa al orbe católico la elección del nuevo papa. Hay unas cuarenta unidades rodantes de cadenas de televisión y cerca de cuatro mil setecientos periodistas. El padre John Warney y el obispo de New Troya están aturdidos, ambos en silencio.

Suena un celular... El padre John Warney lo abre y observa la pantalla. "Otra vez el cardenal... ¿Qué querrá ahora, a estas horas? Si ya deben estar entrando a la capilla Sixtina...", comenta con disgusto a su amigo, mientras acciona el aparato y lo pone al oído.

Hace gesto de apartarse a algún lado, pero no hay lado hacia dónde apartarse, pues están en medio de una multitud de ochocientas mil personas. "Sí, ya mismo, su excelencia. No se preocupe, lo tengo en mi portátil; mientras llego lo transfiero al mini. Estoy junto al obelisco... Unos quince minutos. Advierta a los guardias de la entrada a la Sixtina, no puedo más rápido, hay un gentío impresionante". El obispo de New Troya entiende, ve a su amigo acuclillarse afanoso, abrir su computador portátil sobre el suelo, encenderlo, introducirle un pequeño aparato casi del tamaño de una tarjeta de crédito, dar una orden en el teclado, observar una luz titilante en la pantalla, y luego cerrar el computador.

El padre John Warney tiene una fuerte voz, y un tono a la vez enérgico y amable. Todo el mundo le va abriendo paso. Al fin llega a alguna puerta lateral de la basílica.

Uno de los guardias suizos lo espera, lo hace entrar y lo guía por el gigantesco nártex hasta una puerta menor, donde otro guardia suizo lo aguarda con sister Madelein. "¡Apúrese, padre John, en cinco minutos cierran!". El guardia le hace un gesto, sister Madelein queda atrás y corren por pasillos, por escaleras, por diagonales de salones, por entre estanterías de oscuras bibliotecas... Acezando, llegan a la puerta principal de la capilla Sixtina. Está entrando el último grupo de cardenales. El cardenal gran camarlengo del Vaticano, maestro de ceremonias del magno cónclave, mira con algo de fastidio al acezante curita gringo (¡ah, estos curas deportistas!).

Pero está enterado de su asunto, lo pone tras el último cardenal de la fila, le coloca la mano en el hombro, y ordena a alguien que cierre tras ellos dos la enorme puerta.

El padre John Warney se sorprende. El cardenal gran camarlengo del Vaticano se ha confundido, no tiene por qué dar instrucción de que cierren la puerta hasta que él salga. El cura gringo se queda de espaldas contra la puerta, mientras oye que afuera ponen candados y cerrojos.

Así es el milenario ceremonial. Los 385 cardenales no saldrán en doce horas. Doce horas de votaciones alternadas con oraciones. Y no hay nadie extraño al Sacro Colegio cardenalicio, sólo él. En la capilla Sixtina, que pintó Miguel Ángel hace cinco siglos, están únicamente 385 cardenales y él, el cura director de un sistema de información y ayudas para inmigrantes en Saint Forest, el inmenso barrio marginal de latinos, inmigrantes, en Chicago.

Divisa a su jefe, el arzobispo cardenal de Chicago. Está en la segunda fila de sillones, al lado izquierdo. Al verlo, supera su desconcierto, y va a lo que vino. Con paso decidido, avanza en medio de la pompa máxima de los 385 cardenales. No hace venias a nadie. Llega a su jefe, que lo mira a la vez con ira y con gratitud. Le trajo el mini con la información evaluada de la última encuesta y con el cálculo actuarial de probabilidades.

El padre John Warney siente las miradas inquisidoras de todos los cardenales. Es un intruso. Bien lo sabe, es un intruso. Aunque lo sea por orden del cardenal más opcionado a ser elegido papa. Piensa que esto le restará puntos a su gran jefe, el arzobispo cardenal de Chicago, ante muchos de los demás cardenales. El curita del programa para inmigrantes se azora. Está ya de regreso a la puerta, pero sabe que está cerrada por fuera. Regresa la mirada a su gran jefe. Sin detener su afanoso paso, espera que el arzobispo cardenal de Chicago haga algo para que pueda salir. Pero ya no distingue a su gran jefe, sólo ve una mirada inquisidora de cientos de ojos cardenalicios... se tropieza en algo... y cae de bruces a la alfombra que cubre el pasillo central de la capilla Sixtina. Un hilo de sangre le sale de la sien: se ha golpeado con la pata barroca de un gran candelabro de bronce. No se ve el hilo porque la alfombra es color sangre. No se levanta, ha perdido el sentido. En su inconsciencia leve advierte vagamente la mirada de cientos de ojos cardenalicios, pero cree percibir que ya no es una mirada inquisidora...

-(¿Cristo... aquí... ahora?).

Afuera, la plaza de San Pedro está abarrotada de ochocientos mil católicos que han venido de toda Roma, de todo el mundo, a ser testigos de la elección del nuevo papa. Son las diez de la mañana. Saben todos que pueden pasar muchos días, semanas, hasta que se pongan de acuerdo al menos 193 cardenales, la mitad más uno de los que están reunidos. En muchos sitios de la plaza hay gigantescas pantallas de televisión, pero sólo se vieron los breves momentos del ingreso de los cardenales. Todo lo que sucederá adentro será secreto. El Espíritu Santo guiará al Sacro Colegio cardenalicio en la crucial elección.

Los tres principales papábiles -el estadounidense, el de Toledo y el surafricano- son el centro de suposiciones, cálculos, expectativas, entre millones y millones de católicos en todo el mundo. Pero... los caminos de Dios son inescrutables... concluye siempre alguien.

Son las once de la mañana. Debe estar sucediendo ya la primera votación. Los locutores religiosos de televisión han explicado varias veces el ceremonioso proceso.

.. De golpe, alguien grita "¡Humo blanco...!", y ochocientas mil miradas se dirigen a la pequeña chimenea que sobresale entre bóvedas y cúpulas del mayor templo del mundo... ¡Humo blanco! En una hora, a la primera ronda de votaciones, se ha elegido al nuevo papa. ¿Quién será?

Veinte minutos después, se abre el balcón central sobre la puerta central de la basílica de San Pedro. Aparece el cardenal gran camarlengo del Vaticano. Le acercan un solo micrófono. En latín, informa. Los locutores religiosos de las cuarenta unidades rodantes de televisión traducen: "El nuevo papa ha escogido por nombre, Hermano... Es un estadounidense, es el cura director de un programa para inmigrantes en Chicago".

Se enteró de lo sucedido en la sala de enfermería, a donde llegó aún inconsciente. Sintió entonces que todo su ser se inundaba de una extraña fuerza, de una extraña claridad mental. Y sintió que Cristo estaba con él, que Cristo les daría respuesta exacta a las incógnitas que lo desvelaban. Entendió con precisión qué haría Cristo si regresara a dirigir su Iglesia. Entendió con precisión que eso sería lo que tenía que hacer. Cristo actuaría a través de él.

(Cristo aquí, ¡ya!).

Violando todas las normas milenarias, alterando tradiciones de siglos, el nuevo papa ha dispuesto su inmediata consagración.

En el centro del altar mayor de la basílica de San Pedro, bajo el baldaquino de las cuatro columnas salomónicas en bronce dorado, está de rodillas en el suelo -no en el reclinatorio de ébano y nácar-, la cabeza inclinada, las manos apretadas bajo el mentón. Un cardenal se acerca y lo hace poner de pie. Otro le pone una vestimenta larga, de muy delgada tela blanca... Otro más lo unge con un grueso cordón de seda blanca. Dos cardenales más lo hacen arrodillar y luego lo acuestan boca abajo, los brazos extendidos hacia adelante. Doce cardenales se acercan, le rocían agua bendita sobre la cabeza, lo tocan con ramos de olivo, le echan unas gotas de aceite ritual sobre la nuca, y cada uno le da tres leves golpes con su báculo dorado en las suelas de goma de sus zapatos de lona.

Los restantes trescientos sesenta cardenales oran en torno. Muchos no rezan en verdad, piensan en aquello de que los caminos de Dios son inescrutables. Dos cardenales se duelen del resultado, el de Toledo y el de Ciudad del Cabo. El de Chicago es el más extrañado, pero, práctico que es, se consuela con que haya sido elegido alguien de los suyos, ya sabrá manejarlo... En verdad, se duele de sus dos amigos: el modisto famoso y el famoso director de cine...

Suenan los coros polifónicos, los cuales inundan con sus himnos barrocos la inmensidad total de la basílica de San Pedro; veinticuatro turiferarios agitan veinticuatro incensarios de plata, mientras el azuloso incienso va llenando la inmensidad total del sacro recinto...

De repente, el elegido se pone de rodillas. Con su mirada indica algo al cardenal gran camarlengo del Vaticano. Éste toma la tiara pontificia y la pone en la cabeza del nuevo papa, quien hace una leve mueca de dolor, debido a que la tiara pontificia le presiona una herida en la sien. Los cardenales entonan, con monodia gregoriana, un rezo antiquísimo. Luego recibe en los hombros la capa papal de hilos de oro. Los cardenales entonan otra oración. Y recibe el báculo de oro macizo. Los cardenales entonan ahora una letanía en griego. Otro cardenal le pone un grueso anillo, con un enorme rubí. Luego, uno por uno, dicen

Amén-Amén-Amén. Concluyen los 385 cardenales su triple amén individual y así concluye, en lo esencial, la ceremonia de consagración del nuevo papa del catolicismo ecuménico... ¡Habemus papa!

El nuevo pontífice hace un gesto de silencio. Callan los coros polifónicos, cesan los rezos cardenalicios, se apaga el murmullo de los miles de fieles que han logrado entrar a la basílica de San Pedro, se aquietan los incensarios. En silencio total, el nuevo papa se quita la tiara pontificia. Se quita la capa ceremonial de hilos de oro. Entrega el báculo de oro macizo. Entrega el anillo de rubí. Se quita la vestimenta larga de tela blanca, muy delgada. Se quita la sotana negra, y... queda de bluyines y saco gris de cuello en ve. "Mi nombre ahora es Hermano -dice-, y a Cristo regresamos desde hoy.

-(Cristo, ¡ya!).

Los cardenales en sus vestimentas púrpuras, en sus trajes de damascos, en sus ropajes escarlatas, quedan hechizados. Miles de católicos dentro de la gran basílica, cientos de miles de católicos en la plaza de San Pedro, millones y millones de católicos en todo el mundo, quedan hechizados frente a sus televisores. El curita de un programa de inmigrantes, en Chicago, ha sido elegido papa, pero no quiere serlo. Sólo quiere ser hermano. Y quiere que todos los seguidores de Cristo regresen de verdad a Él. Y habla con una voz en la que todos oyen la voz de Dios. Hace un gesto simple a toda la corte de prelados y cardenales que lo rodea. Obedecen, no lo siguen. Hermano desciende las gradas del altar mayor, bajo el baldaquino de bronces soberbios de Bernini. Hermano se desvía del eje central de la gran basílica que Mantegna adornó con oros y mármoles a mediados del siglo XVI.

Avanza hacia fuera, caminando al lado de las inmensas columnas con capiteles de pórfidos y granitos. Pasa al lado de la Pietá de Miguel Ángel, atraviesa en diagonal el nártex solemne, sale por una puerta lateral a la inmensa plaza de San Pedro. Nadie lo sigue, todos quedan estáticos en sus puestos. Al borde de la primera grada del atrio, se detiene. Mira a los camarógrafos de televisión de todo el mundo, hace un mínimo gesto a uno solo, y sólo éste se le acerca con su cámara portátil. Los otros obedecen, no se le acercan. Conectan sus sistemas al camarógrafo afortunado. Hermano toma el micrófono, mira hacia la gigantesca plaza atestada por ochocientos mil fieles y habla a los seiscientos millones de católicos del mundo entero. Su voz es la voz de Cristo. Nadie lo duda.

Ha pasado un año. El catolicismo ha sido liquidado. La conmoción fue total el primer día, pero la voz de Hermano domina a todos. Asumió desde el primer día su papel, y ha actuado como lo haría Cristo si volviera a este mundo a dirigir su rebaño. Hermano ha liquidado el catolicismo, como lo habría hecho Cristo.

Dos mil años de elucubraciones teológicas, de dogmas, de concilios, de infalibilidad pontificia, de summas teológicas, inquisiciones e índex han colapsado. Miles y miles de libros religiosos, teorías y praxis de los padres de la Iglesia, tradiciones milenarias, anatemas y catecismos, bulas pontificias, encíclicas, todo ha caído. Tan sólo subsiste la clave de Cristo: el amor entre los seres humanos. Todo lo demás sobra, todo lo demás estorba. No más templos ni santos, no más vírgenes ni apariciones. No más rosarios, misas, sacramentos, ceremonias, procesiones, jubileos. Sólo una oración, el padrenuestro que Cristo mismo enseñó. No más intérpretes de Dios, no más comunidades religiosas, ni monjes, ni monjas, no más curas, no más obispos, arzobispos, cardenales, curias, parroquias, conventos, monasterios, abadías. No más papa.

Se acabó el celibato, se acabaron los fallidos votos de pobreza, castidad y obediencia. El que desee hablar de Dios lo hace como quiera, pero sin pretender ser intermediario, sin creerse guía, sin creerse pastor de nadie.

Todas las propiedades de la Iglesia, de las comunidades religiosas, se han entregado a la autoridad civil, en cada ciudad, en cada país. Sin inventario, sin contraparte alguna. No puede haber contraparte a favor de nadie, pues todo se ha disuelto. Tan sólo una sugerencia ha hecho Hermano: que toda la riqueza de la Iglesia se emplee en beneficio de los necesitados. Y punto. Y, en todo el mundo, obedecen. Hermano habla con la voz de Dios, nadie lo duda.

La reacción de los tradicionalistas fue inmensa, pero Hermano no polemiza, no impugna, no condena. Sólo pide a todos que todo sea amor. El cardenal de Toledo, en pocos días, vio extinguir su liderazgo de oposición, pues Hermano no lo objeta, y siguiendo su ejemplo, nadie se le opone. El cardenal de Suráfrica se plegó pronto, encontró que su teología de la liberación se reducía, esencialmente, a la prédica elemental de Hermano. El arzobispo cardenal de Chicago entendió de inmediato que no tenía ya nada que hacer. Y se puso a hacer cálculos sobre el monto total de los activos del catolicismo. Hermano sigue con su prédica elemental, el amor entre los seres humanos: la esencia y el todo del mensaje de Cristo.

Desde el primer día, el día de su elección, su argumento único es siempre el mismo: ¿qué haría Cristo si estuviera aquí hoy? Todas las filosofías, todas las teologías, todas las tradiciones se derrumban ante esta elemental pregunta. Porque hay una única respuesta. Y todo lo demás sobra. Y estorba.

Hermano no vive en ningún sitio. No tiene sede alguna. No tiene corte alguna, ni asistentes, ni cardenales, ni camarlengos, ni secretarios, ni ayudantes. Va solo por todo el mundo. Pregonando ante micrófonos y cámaras la nueva verdad, la eterna, la única verdad de Cristo: amor.

Miles y miles de templos de todo el mundo se están convirtiendo en auditorios, salas cívicas, salas de arte, teatros, estaciones de transporte. Sus invaluables tesoros artísticos se venden a los grandes museos. Los conventos y monasterios se transforman en hoteles, los palacios cardenalicios en clubes, los seminarios en universidades. Con el valor de venta de todos esos riquísimos activos, en cada ciudad, en cada país, se han conformado riquísimos fondos de ayuda a los necesitados.

Ayudas de mil formas a los indigentes y marginales, a las minorías, a los países pobres.

Se están casando la mayoría de los curas, obispos, hermanos legos, monjas. Y la mayoría trabaja ahora en los fondos de ayuda. Han dejado su prédica abstrusa, han dejado de hablar de demonios e infiernos, de pecado y penitencias. Si algunos quieren seguir hablando de Dios, sólo hablan ahora de amor.

Ha pasado un año. Sin conmemoración alguna, sin avisar a nadie, sin que nadie lo espere, Hermano está de regreso en Roma. De bluyines y saco en ve, zapatos de lona con suelas de goma, llega en bus a la plaza de San Pedro. La atraviesa, acompañado de alguien. Llega a la fachada barroca del palacio pontificio. Quiere hablar con un amigo que trabaja allí. Quien lo acompaña se queda esperando afuera, al lado de la puerta. Entra solo por el zaguán de acceso, llega al vestíbulo principal y pregunta por su amigo, presentándose al guardia suizo como el señor Warney, de West Forest. No informa más. Pero el guardia tiene instrucciones precisas: no hay atención para nadie. El que era obispo de New Troya está concluyendo, precisamente hoy, el contrato con Disney para el manejo del Vaticano como el más fastuoso y diverso parque de diversiones. Con el más espectacular teatro del mundo. Miles de turistas vendrán pronto a ver, con actores profesionales, con cientos de extras, la representación exacta del cancelado fasto pontificio. La altísima renta que entregará Disney irá en favor de los inmigrantes de todo el mundo.

El señor Warney regresa, sale a la puerta. Madelein lo espera afuera. Atraviesan la plaza de San Pedro tomados de la mano.