ANARKOS DE VALENCIA: II
Martes 2 de diciembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Complementando la nota sobre Anarkos, (noviembre 29, 2003), la inmortal obra poética del Maestro Guillermo Valencia, adjuntamos su texto que hace parte de las obras contenidas en el libro del Maestro Valencia "Ritos"en su segunda edición de 1914 e impreso en Londres.

En el año de 1896, en Bogotá, se oyó hablar por primera vez de Guillermo Valencia. Se deseaba descalificar a GV en el Congreso aduciendo que tenía menos de 25 años e impedir una votación. “Pero –nos cuenta Baldomero Sanín Cano- la misma edad temprana del diputado, su presencia, la aureola que empezaba a formarse, su inteligencia, desarmaron a los promotores de este sacrificio. Pasado este incidente era Valencia una figura nacional”.

Cordial saludo,

 

RITOS 
Por Guillermo Valencia 
Segunda edición, 1914

ANARKOS

De todo lo escrito amo solamente lo que
el hombre escribió con su propia sangre. 
Escribe con sangre y aprenderás que la 
sangre es espíritu. 
    Federico Nietzsche.

En el umbral de la polvosa, puerta, 
sucia la piel y el cuerpo entumecido, 
he visto, al rayo de una luz incierta, 
un perro melancólico, dormido.

¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre 
cual un espino sus entrañas hinca 
o le finge los pasos de una liebre 
que ante sus ojos descuidada brinca.

Y cuando el alba sobre el Orbe mudo 
como un ave de luz se despereza, 
ese perro nostálgico y lanudo 
sacude soñoliento la cabeza 
y se echa a andar por la fragosa vía, 
con su ceño de inválido mendigo, 
mientras mueren las ráfagas del día 
para tornar a su fangoso abrigo.

Hundido en la cloaca 
la agita con sus manos temblorosas, 
y de esa tumba miserable saca 
tiras de piel, cadáveres de cosas. 
Entre tanto, felices compañeros 
sobre la falda azul de las princesas 
y en las manos de nobles caballeros 
comparten el deleite de las mesas; 
ciñen collares de valioso broche, 
y en las gélidas horas de la noche 
tienen calor, en tanto que el proscrito 
que va sin dueño entre el humano enjambre, 
tropieza con el tósigo maldito 
creyendo ahogar el hambre, 
y en las hondas fatigas del veneno 
echado sobre el polvo se estremece, 
fatídico temblor le turba el seno, 
y con el ojo tímido, saltado, 
sobre la tierra sin piedad fallece.

Todos vuelven la faz, nadie le toca: 
al bardo sólo que a su lado pasa, 
atedia la frescura de su boca 
"donde nítidos dientes 
se enfilan como perlas refulgentes"...

Mísero can, hermano 
de los parias, tú inicias la cadena 
de los que pisan el erial humano 
roídos por el cáncer de su pena; 
es su cansancio igual a tu fatiga, 
como tú se acurrucan en los quicios 
o piden paz, sin una mano amiga, 
al silencio de oscuros precipicios. 
Son los siervos del pan: fecunda horda 
que llena el mundo de vencidos. Llama 
ávida de lamer. Tormenta sorda 
que sobre el Orbe enloquecido brama.

Y son sus hijos pálidas legiones 
de espectros que en la noche de sus cuevas, 
al ritmo de sus tristes corazones 
viven soñando con auroras nuevas 
de un sol de amor en mística alborada, 
y, sin que llegue la mentida crisis, 
en medio de su mísera nidada 
¡los degüellan las ráfagas de tisis!

Los mudos socavones de las minas 
se tragan en falanges los obreros 
que, suspendidos sobre abismo loco, 
semejan golondrinas 
posadas en fantásticos aleros. 
Con luz fosforescente de cocuyos, 
trémula y amarilla, 
perfora oscuridad su lamparilla; 
sobre vertiginosos voladeros 
acometen olímpicos trabajos, 
y en tintas de carbón ennegrecidos, 
se clavan en los fríos agujeros, 
como un pueblo infeliz de escarabajos 
a taladrar los árboles podridos. 
Sus manos desgarradas 
vierten sangre; sarcástica retumba 
la voz en la recóndita huronera: 
allí fue su vivir; allí su tumba 
les abrirá la bárbara cantera 
que inmóvil, dura, sus alientos gasta, 
o frenética y ciega y bruta y sorda 
con sus olas de piedra los aplasta.

El minero jadeante 
mira saltar la chispa de diamante 
que años después envidiará su hija, 
cuando triste y hambrienta y haraposa, 
la mejilla más blanca que una rosa 
blanca, y el ojo con azul ojera, 
se pare a remirarla, codiciosa, 
al través de una diáfana vidriera, 
do mágicos joyeles 
en rubias sedas y olorosas pieles 
fulgen: piedras de trémulos cambiantes, 
ligadas por artistas 
en cintillos: rubíes y amatistas, 
zafiros y brillantes, 
la perla oscura y el topacio gualda, 
y en su mórbido estuche de rojizo peluche, 
como vivo retoño, la esmeralda. 
La joven, pensativa, 
sus ojos clava, de un azul intenso, 
en las joyas, cautiva 
de algo que duerme entre el tesoro inmenso 
no es la codicia sórdida que labra 
el pecho de los viles: 
es que la dicen mística palabra 
las gemas que tallaron los buriles: 
ellas proclaman la fatiga ignota 
de los mineros; acosada estirpe 
que sobre recio pedernal se agota, 
destrozada la faz, el alma rota, 
sin un caudillo que su mal extirpe:

El diamante es el lloro 
de la raza minera 
en los antros más hondos de la hullera;

¡ loor a los valientes campeones 
que vertieron sus lágrimas 
entre los socavones!

Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas, 
tiñeron el filón con el desangre 
que hurtó la vida a sus hinchadas venas;

¡loor a los valientes campeones 
que perdieron sus vidas 
entre los socavones!

El zafiro recuerda 
a los trabajadores de las simas 
el último girón de cielo puro 
que vieron al mecerse de la cuerda 
que los bajaba al laberinto oscuro;

¡ loor a los sepultos campeones 
que no verán ya el cielo 
entre los socavones!

Y el topacio de tinte amarillento 
es recóndita ira 
y concreciones de dolor;  lamento 
que entre el callado boquerón expira;

¡ loor a los cautivos campeones 
que como fieras rugen 
entre los socavones!

La joven pordiosera 
huyó. . . . . .

¿Que formidable vocerío 
pasa volando por el azul esfera, 
con el lejano murmurar de un río? 
Es una turba de profetas. Vienen 
al aire desplegando los pendones 
color de cielo; sus cabezas tienen 
profusas cabelleras de leones. 
En sus labios marchitos se adivina 
el himno, la oración y la blasfemia; 
llama febril sus ojos ilumina 
de sacros resplandores; 
pálidos como el rostro de la Anemia, 
llegaron ya;  son los conquistadores 
del Ideal: ¡dad paso a la bohemia! 
Ebrios todos de un vino luminoso 
que no beben los bárbaros, y envueltos 
en andrajos, son almas de coloso, 
que treparán a la impasible altura 
donde afilan sus hojas los laureles 
conque ciñes de olímpica verdura 
en tu vasto proscenio 
a los ungidos de tu Crisma, ¡ oh Genio! 
Aquel muestra su aljaba 
de combate, repleta de pinceles; 
el otro vibra, como ruda clava, 
un cuadrado amartillo y dos cinceles; 
se interrogan, se dicen sus proyectos 
de obras que dejarán eternos rasgos; 
aunque sean insectos, 
el mármol y el pincel los harán astros. 
Un escultor ofrece 
pulir la piedra como fino encaje 
para velar un seno que florece 
bajo la ténue morbidez del traje; 
aquése de fosfórica pupila, 
que las del gato iguala, 
discurre solo en actitud tranquila 
con el azul cuaderno bajo el ala; 
y el bardo decadente, 
el bardo mártir que suscita mofas, 
levantará la frente, 
alto nido de férvidas estrofas, 
y de sus labios, que el reír no alegra, 
brotará el pensamiento 
como un águila negra, 
con las alas enormes 
desplegadas al viento, 
para cantar la Venus Victoriosa 
cuya violenta juventud encarne 
el espíritu alegre de la diosa 
en las melancolías de la carne.

El músico, doblando la cabeza 
sobre la débil caja 
de su violín sonoro, 
dice la voz que de los cielos baja 
como un perfume del jardín de oro,

y, agarrando del cuello enflaquecido 
al tísico instrumento, 
lo hace gritar con trágico alarido, 
y con ahogados trémulos simula 
el sollozo de un mártir que se queja 
bajo el negro dogal que lo extrangula; 
y sobre todos flota, 
como un sueño de amor en la noche larga, 
la paz del arte que su duelo embota 
y su llagado corazón embarga.

Desventurada tribu 
de miserables, vuestro ensueño vano 
vuela solo entre sombras como vuelan 
las grullas en las noches de verano. 
Esa lumbre asesina de los focos 
que doran las soberbias capitales, 
arderá vuestras frentes inmortales 
y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos! 
Sin pan, ni amor, ni gruta 
donde dormir vuestras febriles horas, 
sucumbís a la bárbara cadena, 
sin más visión que la chafada ruta 
que os empuja a los légamos del Sena ... 
¡Canes, minero, artistas, 
el árido recinto que os encierra 
consume vuestros míseros desojos; 
y en el agrio Sahara de la tierra 
sólo hallasteis el agua ... de los ojos! 
Huíd como una banda tenebrosa 
de pájaros nocturnos que entre ramas 
hienden la oscuridad sin voz ni huella;

morid: ¡para vosotros 
no se despierta el día 
ni se columpia en el Zenit la estrella 
que llamaron los hombres Alegría 
Cuan lejos de vosotros se levanta, 
sobre columnas de marfil bruñido, 
la ciudad de los Amos donde canta 
su canto de ventura 
el gozo entre las almas escondido. 
Allí todos olvidan 
vuestra angustia. Los árboles no dejan 
-de silencio cargados y de flores- 
> llegar, de los vencidos que se quejan, 
el treno funeral de sus dolores; 
allí, cual un torrente 
que dé sus ondas a dormidas charcas, 
resbala fríamente 
con ruido sonoro 
el oro, a los abismos de las arcas. 
Allí las sedas crujen 
como crujen las carnes sacudidas 
por las fieras: son fieras que no rugen 
los seres sin piedad. Ved como pasa 
sobre el marmóreo suelo, 
con su capa de pieles la hembra dura 
cual un oso gigante sobre hielo. 
¿Por qué se abren sus ojos 
desmesuradamente? 
¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos 
el astro de la sangre por Oriente. 
Bajo el odio del viento y de la lluvia 
por la frígida estepa se adelantan 
los domadores de la Bestia rubia;

ya los perros sarnosos 
se tornaron chacales. De ira ciego 
el minero de ayer se precipita 
sobre los tronos.  Un airado fuego 
entre sus manos trémulas palpita, 
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego, 
¡ruge la tempestad de dinamita! 
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada, 
con reverberaciones de locura, 
evoca ruinas y predice males: 
parecen tigres de la Selva oscura 
con nostalgias de víctima y juncales. 
El furioso caer de sus piquetas 
en trizas torna la vetusta arcada 
que erigieron al Bien nuestros mayores; 
y por la red de las enormes grietas 
va filtrando, con tintes de alborada, 
un sol de juventud sus resplandores.

Aquél un arma ruda 
pide, que parta huesos y que exprima 
el verbo de la cólera; filuda 
por el trabajo, recogió su lima 
de fatigado obrero, 
y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda 
cayó la Emperatriz como un cordero!

Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo, 
vuestro valor ante la muerte espanta; 
negros emperadores del cuchillo, 
que rendís la garganta 
como débil mendrugo 
a las ávidas fauces del verdugo;

de duques y barones 
no circundó plegada muselina 
vuestros cuellos. Allí donde culmina 
el dorado listón de los toisones 
os dio la guillotina 
su mordisco glacial; vendimiadora 
que la tez y las almas descolora.

Aún parece vibrar en mis oídos 
la voz de Emile Henry; ya bajo el hacha 
iba la a rodar su juvenil cabeza, 
como la flor al soplo de la racha, 
y exclamo: "GERMINAL," 
y de su herida 
corrió una fuente de licor sagrado 
que bautizó la historia dolorida 
de los siervos, con óleo ensangrentado. 
Y ése fue dulce al comenzar; renuevo 
de razas de alto nombre. 
¿Quién me dirá si un huevo 
son de torcaz o víbora? La mente 
no sabe leer lo que en el tiempo asoma; 
el hombre, como el huevo, 
en nidos de dolor será serpiente, 
¡en nidos de piedad será paloma!

Por dondequiera que mi sér camine 
Anarkos va, que todo lo deslustra; 
¡un rito secular que no decline 
ante el puño brutal de Bakunine, 
y el heraldo feroz de Zarathustra!

No puede ser que vivan en la arena 
los hombres como púgiles; la vida 
es una fuente para todos llena; 
id a beber, esclavos sin cadena; 
potentado, ¡tu siervo te convida! 
¡Nada escuchan!  Los pobres, a la jaula 
de la miseria se resisten fieros, 
y con brazo de adustos domadores 
y el ojo sin ternura, ¡los enjaula 
la codicia sin fin de los señores!

¿Quién los conciliará? Tibios reflejos 
de una luz paternal y vespertina 
visten de claridad el linde vago: 
es que el Patriarca de los Ritos viejos, 
de sapiencia cubierto, se avecina, 
con la nerviosa palidez de un mago. 
Es flaco y débil; su figura finge 
lo espiritual; el cuerpo es una rama 
donde canta su espíritu de Esfinge; 
y su sangre, la llama 
que los miembros cansados transparenta; 
de su nariz el lóbulo movible 
aspira lo invisible, 
son sus patricias manos una garra 
febril y amarillenta 
es de los griegos la gentil cigarra 
¡que con mirar el éter se alimenta! 
Impalpable se irgue 
-melancólico espectro- 
y de la cuerda blanca 
a su místico plectro 
la melodía arranca.

Impalpable se irgue; 
hay algo de felino 
en su trémula marcha, 
hay mucho de divino 
en la nítida escarcha 
que su cabeza orea. 
Cruza sin otras galas 
que la túnica nívea 
que semeja las alas 
rotas de un genio de celeste coro, 
y sobre el pecho una 
cruz de pálido oro. 
Alza el brazo. La Europa 
lo aguarda como a antiguo caballero, 
debajo de una bóveda de acero; 
calla sus labios la soberbia tropa 
de esclavos y señores; 
el Pontífice augusto 
trae el bálsamo santo que redime, 
y calma la batalla de panteras; 
revalúa lo justo; 
ya va a decir el símbolo sublime ... 
y de sus labios tiernos 
salió, como relámpago imprevisto, 
a impulso de los hálitos eternos 
esta sola palabra: 
"JESUCRISTO."