TORIBIO MAYA: III
Lunes 24 de mayo, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses: 

Desde el año de 1930 que murió don Toribio Maya Sarmiento las autoridades de la Iglesia, con prestantes ciudadanos payaneses, han venido desarrollando una labor muy encomiable en el inicio del proceso de beatificación y canonización de don Toribio. Mediante Edicto, el Arzobispo de Popayán creó el Tribunal del Ordinario para tal fin. 

En el año de 1959 se publicó, en tres partes: "Documentos Relativos a la vida de Don Toribio Maya" que contiene 129 escritos que describen aspectos notables de la vida y obra de don Toribio, así como sus milagros. Entre la lista de los autores de estos documentos están: Monseñor Diego María Gómez Tamayo, Monseñor Miguel A Arce, Guillermo León Valencia, José María Arboleda LLorente, Arcesio Aragón, Arcesio López Narváez, Antonio J. Lemos Guzmán y otros insignes payaneses. Las ilustraciones que aparecen en las publicaciones fueron hechas por el artista payanés Hernando Arboleda A. 

De los Documentos hemos tomado la foto y las siguientes notas: 

Don Toribio Maya nació en Popayán el 27 de abril de 1848, siendo sus padres Tomás Maya y Dolores Sarmiento. Un hogar prolífico, eran 22 hijos. Don Tomás papá era de ascendencia vasca, oriunda de la villa de Maya en la provincia de Vizcaya. 

Desde su niñez mostró una gran compasión por los menesterosos y una caridad eficiente para con los enfermos y los pobres. Don Toribio quiso ser sacerdote, pero las estrecheces de la pobreza que sufría la familia lo obligaron a torcer el rumbo y abrazar el oficio de hojalatero, profesión que le permitió sostener a 5 sobrinos huérfanos, entre ellos a Tomás, padre del que hoy es gloria eximia de las letras colombianos, Rafael Maya. 

Don Toribio murió en Popayán a los 82 años de una bronconeumonía, el 16 de agosto de 1930. 

Información adicional se puede encontrar en nuestro archivo Internet por orden alfabético Maya Toribio, en los años 1999, 2000 y 2001. Dirección general:: 

<http:/www.geocities.com/pachajoa2000/index.htm> 

Una de las páginas más hermosas en dicha publicación y que la reproducimos a continuación, fue escrita por Francisco Lemos Arboleda: 

DEL NIÑO QUE VIO A UN SANTO 
Por Francisco Lemos Arboleda.
 
Popayán mayo 7 de 1959 

Era una luminosa mañana de aquellos días que los payaneses llamamos del verano. Cabalgábamos la vieja tía, el muchacho lechero que nos guiaba y yo, un camino recubierto con el polvo rojizo que la ausencia de lluvias había depositado en el piso tortuoso. Yo experimentaba una indecible sensación de regocijo que nunca ha vuelto a estar conmigo. El sol matinal y la luz ofuscante de brillantísima transparencia que destacaba en contornos de prodigio todas las cosas: los árboles, los barrancos del sendero, las pequeñas casas con techo de paja, las vacas que pacían más allá de la chamba y aquel cielo azul sin límites, estimulaban mi fantasía de niño y me hacían creer viajero, no sobre el alazán medio cojo y de duro trote, veterano en el trasportar los tarros de la leche, sino sobre aquella lejanísima nube solitaria que semejaba un dragón desdibujado y corría liviana encima de la gran cordillera. Desde mi nube-dragón, armado con tremenda espada, liberté princesas cautivas, deshice encantamientos, aniquilé gigantes y encontré tesoros. 

Ibamos a rematar un acentuado descenso y a pasar el puentecito de calicanto sobre un riachuelo medio oculto en las malezas. Casi al borde del agua y en el fondo de un barranco había una ruinosa casita con dos ventanas cerradas y una puerta entreabierta. Mi vieja tía advirtió. Pasemos rápidamente y no mires esa casa, hijito, ni te asomes hacia el río, pues todo por aquí está infectado. En esa casa viven los leprosos, en ese río lavan sus ropas y es muy peligroso contagiarse si uno no toma precauciones. 

Cuando ya acelerábamos las cabalgaduras, apareció por la puerta entreabierta de la arruinada casita un hombre encorvado, de poblada barba que empezaba a canar y una mirada de tan impresionante claridad, tan dulce y luminosa como aquella feliz mañana de verano. La tía, sin deternerse, le dijo: adiós don Toribio, y él contestó con una bella sonrisa: A los pies de usted, mi señora, que Dios los acompañe. 

Sorprendido por la aparición de aquella hermosa figura, temeroso y preocupado pregunté a mi tia si aquel hombre era un leproso y ella me explicó que no, que los leprosos no salían de su casita ni se asomaban siquiera a las ventanas o a la puerta, y que el personaje a quien había ella saludado era un buen hombre que venía andando diariamente desde la ciudad para cuidar a los leprosos, hacer las curaciones de sus llagas y lavar las ropas de los que tenían las manos impedidas por la enfermedad o no podían moverse de sus lechos. -Y no se contagia de la lepra aquel señor?, le pregunté. -No, me respondió, porque es un santo y Dios lo protege. 

Creció mi asombro al enterarme de que mis ojos habían visto un santo sobre la tierra, cuando yo sabía que los santos estaban allá en cielo, más arriba de mi nube-dragón y de los picos de la gran cordillera. Quise devolverme para contemplar de nuevo al santo, pero mi tía se opuso a tal deseo y ordenó que activáramos más el andar de nuestras cabalgaduras. 

Sólo después de mi adolescencia comprendí porqué el amor al prójimo y la compasión por los sufrimientos, hicieron de don Toribio Maya un elegido en quien Dios puso constantemente su gracia, participó su bondad y le hizo propagador de su misericordia. Traté con él, gusté su bonomía, conocí su humildad y le escuché solicitando a gritos del Señor el eterno descanso para los difuntos; o le ví musitando en el templo quién sabe que tántas plegarias por el alivio de su prójimo doliente. Siempre fue compañero de quien sufriera y consolador inefable. Buscaba mitigar el dolor y la enfermedad donde estuvieran: en el tísico, el leproso o el joven afecto de feas dolencias pecaminosas, al que curaba del cuerpo y enderezaba el alma hacia la paz y el buen camino. Sólo le importaba entre los hombres amarlos y curarlos. Para sí no pidió nada a Dios. Todo para el prójimo y por amor a El. 

Cordial saludo,