TOROS EN LA COLONIA
Viernes 20 de julio, 2001
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses toreros:

Una de las fiestas más populares de todos los tiempos, en el mundo hispano: los toros. Sirvió de integración de todas las clases neogranadinas. Se inició como en 1532, tiempos de la Conquista, según nos lo cuenta José María Salazar en su escrito de 1804. Una adaptación de él, se presenta a nuestros subscriptores payaneses.

En Acla (Darién), entre los festejos que realizaron los vecinos en 1532 para recibir al gobernador Julián Gutiérrez, hubo una corrida. Unos pocos años después de la fundación de Santafé, el adelantado Luis Alonso de Lugo trajo a la Sabana treinta y cinco toros y treinta y cinco vacas, que vendió entre sus hombres a mil pesos oro cada uno.

Del siglo XVI, se tiene al menos noticia de seis corridas: a la llegada del adelantado Alonso de Lugo; en 1545, cuando tomó el mando Pedro de Ursúa; en 1547, a la llegada de Miguel Díez de Armendáriz; en 1550, cuando el establecimiento de la Real Audiencia: en 1551, durante la posesión de Juan de Montaño, y en 1564, cuando Andrés Díez Venero de Leyva tomó posesión del gobierno de Santafé.

La corrida de toros llegó a ser considerada como la parte galante de todas las fiestas civiles y religiosas. Con ella se agasajaba a los presidentes y obispos, se celebraba la coronación de reyes y las noticias del nacimiento de los infantes y con ella se daba alegría al festejo de los santos patrones. Es decir, casi a todo lo largo del año se podía disfrutar de la fiesta de los toros. Los encargados de promoverlas y organizarlas eran los cabildos de las villas y ciudades, quienes solicitaban los toros a los hacendados más prestantes de cada localidad. Como no existían plazas especiales para las corridas, los cabildos nombraban vecinos que costearan el tablado de la plaza mayor y la construcción de los balcones.

En Popayán, por ejemplo, el cabildo, con ocasión de las fiestas del Santísimo Sacramentado de 1629, cargó a distintos encomenderos y caciques de la región estas obligaciones. Andrés del Campo, que tenía las encomiendas de Polindara y Pízabaro, debía construir el toril para encerrar los toros y el bastidor de cuero que servía de puerta. Iñigo de Velasco, encomendero de Coconuco y Cajibío, debía cercar la esquina del convento de Las monjas y construir puerta de cuero y bastidor. Los balcones fueron encargados a otros vecinos. La plaza de toros era la misma plaza principal, cuyo contorno era cercado con madera, para que desde los callejones hicieran sus lances los más diestros en torear. En lugares especiales se levantaban palcos o balcones para seguridad y comodidad de las autoridades y de los beneméritos. En la construcción de estos tablados, en la pólvora y en el ornate, los cabildos y los vecinos gastaban crecidas sumas de dinero. El encierro de la plaza no siempre daba seguridad a los vecinos. En ocasiones las reses burlaban el cerco y provocaban el pánico en la población.

En un caso pintoresco Luis López Ortiz se encontraba rezando en un banco, detrás de la puerta de su tienda, cuando entró un toro furioso que lidiaban en la plaza mayor. La fiera le puso el hocico en el hombro, sin ofenderlo en más que ensuciarle el vestido con la espuma de su baba, y volvió a salir. Después de este suceso la devoción del señor López Ortiz fue tal, que donó su fortuna para la fudación del convento e iglesia de la Concepción.

Juan Rodriguez Frayle refiere que en 1738, para celebrar la llegada del presidente Antonio González, hubo comedias, toros y pandorgas. Las fiestas normalmente se iniciaban con un desfile a caballo de las autoridades locales, que recorrían los barrios leyendo los bandos e invitando a las festividades. Este recorrido iba acompañado de músicos y polvoreros. Había también mojigangas, comparsas y disfraces. Las jornadas de toros duraban según resultara bravío y furioso el animal. En cada día podían correrse cuatro o cinco toros. Las fiestas calaron hondo en todos los sectores de la sociedad neogranadina.

Los indígenas, especialmente, tomaron una notable afición por los toros, llegando a desarrollar formas muy particulares de lidia. Oviedo señala que llegaron a ser famosos para torear los indios de Coyaima, Natagaima y Ataco. Los negros, de quienes se ha dicho que carecían de espiritu para la fiesta brava, hicieron memoria en Santafé, Cali, Medellín y Cartagena. Los religiosos neogranadinos jamás estuvieron ausentes de esta festividad y ocupaban palco preferencial. En Pamplona, por ejemplo, las monjas del convento carmelita, llegaron a ser sancionadas por el griterío que formaban asomadas en las ventanas los días de toros. En Tunja, en 1624, se jugaron toros para celebrar la beatificación del jesuíta San Francisco de Borja.

A1 finalizar el siglo XVII, las autoridades eclesiásticas se vieron precisadas a prohibir las corridas de toros, cumpliendo una orden de Roma. E1 presidente Diego Córdoba Lasso de la Vega logró restablecerlas a principios del siglo XVIII, con la condición de que "con ningún pretexto ni cause, llegada la noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo que se celebran los oficios divinos; pena al transgresor del perdimiento del caballo y silla y dos meses de cárcel".

En la celebracion de la jura de Fernando VI, el 29 de mayo de 1749 hubo una gran cabalgata de antorchas y carros alegóricos, fuegos artificiales fabricados por un francés y en las calles, se dijo, nunca cesaron las chirimías. A estas fiestas siguieron cinco días de toros en la plaza mayor. Se construyeron palcos para 300 puestos que se aspiraba a alquilar a 15 pesos, suma imposible de pagar, por lo que se vieron obligados a rebajarlos a medio real.

Fue en el gobierno del virrey José Solís cuando las corridas de toros se convirtieron en el espectáculo más concurrido y disfrutado. Correspondió al propio virrey Solís preparar el festejo del ascenso al trono de Carlos III. Para ello, hizo cercar la plaza, en las esquinas se colocaron grabados alegóricos de las cuatro partes del mundo y en el centro, alegoría de los tres tiempos. Se hizo construir un balcón especial adornado con distintas pinturas y revestido de damasco. En las noches hubo fiestas de fuegos artificiales a cargo de los gremios de plateros, sastres, zapateros, comerciantes y pulperos. Para las corridas hubo hombres vestidos de uniforme con penachos en la cabeza, a modo de mitras, encargados de puyar a los toros.

Poco debía imaginar el virrey Solís que el monarca que homenajeaba al poco tiempo de subir al trono aboliría las corridas de toros en sus dominios. Carlos III, como muchos ilustrados de la época, condenó las fiestas de toros y las estigmatizó considerándolas propias de gente bárbara y baja.

En ese momento surgió la simulación de la corrida de toros llamada "vaca loca". Diversión muy popular y que hasta hace pocos años se encontraba en todos los pueblos colombianos. Consistía este juego en fabricar una armazón de madera en forma de toro en su interior se colocaba una persona para manejarlo. Su tarea era llevarlo en dirección a los grupos de gente. Para darle mayor aliciente al espectáculo, en los cuernos del toro se colocaban unas estopas que empapaban con brea y a las cuales prendían fuego. Los espectadores y participantes tenían que avivarse para no salir chamuscados, hecho que producía gran alborozo.

Cordial saludo,

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