EL SUEÑO
Viernes 15 de marzo, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Alvaro Thomas Mosquera, muy gentilmente, nos ha enviado dos de sus escritos, de los cuales hoy distribuimos "El sueño". Nuestros agradecimientos a Alvaro por participarnos sus comentarios y pensamientos. Cordial saludo,

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IN MEMORIAM

Edmundo Mosquera 
Wolgang Schneider
Augusto Rivera 
Javier Vásquez 
Alvaro Villa 
Jorge Cárdenas 
Luis Carlos Espinosa 
León J. Simar 
Otto de Greiff 
Chancaca

EL SUEÑO 
Por: Alvaro Thomas Mosquera

El mercado impacta una generación para la cual sean bobadas aquello acuñado en los recuerdos. Eso es delicado. Demasiados ya no saben, por ejemplo, que ser patojo era ser nigüento o son indiferentes a cómo se corría, en las fiestas populares navideñas en Cauca y Nariño, la Vacaloca. Muchos no conocen una nigüa. De alguna manera, este bicho y el apodo que les es hermano, hacen referencia a una identidad particular, a una epidemiologia social concreta, a un ámbito cultural bien, mal, peor o regularmente comprendido. Mientras: la moda y la idolatría por lo efímero, erosiona nuestra capacidad de asombro y de soñar.

Son patojos, algunos quizás sin saberlo, quienes viven en los nuevos barrios de la periferia de la capital del Cauca: Samanga, La María, Calicanto, Los Sauces, Pambazo. En otros que nacieron luego del terremoto del 83 y aún en trozos de ciudad todavía sin nombre, densificados con los desplazados por la urbanización y la violencia. Todos son patojos. Obviamente en grado máximo, aquellos alejados del territorio de su infancia en búsqueda de oportunidades.

Para aquellas personas en quienes se ha ido diluyendo esa memoria, no han tenido tiempo o modo de rencarnar aquel ideario comarcano o no saben que en la cruz de Belén en Popayán se invita a rezar para que el buen Dios nos salve del comején, los rayos, los terremotos y la ruina total (Ah cosa bruta: ¿serviría para nigüas?), sería oportuno recordar que no es cierto que sea indiferente que los sueños se queden truncos, ya que ahora se podrían comprar, "made in Taiwan": diseñados a la moda, inmaculadamente producidos y económicamente desechables. Habría que señalar, además, que hasta las nigüas bautismales de esta tierra caucana, se metieron a picotazos en la historiografía europea:

Jean Baptiste Joseph Dieudonn Boussingault "científico y naturalista nacido en París, quien pasó mes y medio en Popayán durante su viaje de once años por la Nueva Granada ( 1821 a 1832)"dejó anotaciones típicas de un europeo de ese momento. Para él Popayán era una ciudad muerta de 4000 habitantes, donde las sirvientas negras se persignaban cuando lo veían llegar, creyéndolo un hereje. Entonces, precisa, el Convento de San Fracisco tenía una biblioteca de 5000 volúmenes. Consideró a sus pobladores presumidos, "generalmente instruídos" y con un barniz de pedantería: pretendían que Don Quijote de la Mancha estaba enterrado en su plaza mayor llena de hierbas. Se hacía cargar de "mi negro Vicente" a la hamaca, sin quitarse las botas de montar. Así esperaba evitar las miles de niguas que se multiplicaban felices en el polvo de los enladrillados de los cuartos. Para certificar el color sanguinolento que tomaba la ropa interior de una persona atacada por tal bicho --a los lugareños y lugareñas, según él, no parecía molestarles el tormento "precisó en sus "Memorias" que Gaspard-Théodore Mollien, cónsul general de Francia en Colombia, "llevó como curiosidad a París una camisa que había tenido puesta en Popayán". Seguramente su pudor Ilustrado, le impidió impresionar con la elocuencia íntima de unos calzoncillos. Todo este detalle raizal regala su sentido si es visto integralmente a la luz de la situación social y cultural de aquel momento, dominado por una creciente inconcistencia entre las inestables verdades hegemónicas, el sentimiento popular subvalorado y los poderes que se cruzaban sobre este Nuevo Mundo sin entenderlo plenamente. Para mejor decir, un apodo y un sueño van más allá de aquello que inicialmente pueda imaginarse ...

Hoy es objeto de seria reflexión lo que significa ser "patojo", "colimocho", "paisa", "libre", "cotudo", "vallenato", "yanaconas", "corroncho", "opita" o "mula". Es, además, una certera manera de enfrentar la peligrosa e inventada oposición entre la tradición y lo moderno.

Sobre aquel telón de fondo, cada vez se siente más y más activa una generación capaz de contextualizar y sacarle jugo a ese tipo de detalles. Edmundo Mosquera Troya fue uno de esos personajes. Contra viento y marea sumó 37 años ininterrumpidos de gestión cultural en el Cauca, sin dejar de reivindicarse como patojo endémico con visión universal. Durante más de 12.775 días mantuvo viva la idea de que algún día la memoria del Festival de Música Religiosa de Popayán incluiría una estampilla y una "Partitura Patoja". Lo primero (fue idea del Maestro Augusto Rivera durante el Segundo Festival), lo logró en vida cuando el 21 de abril del 2000 la Administración Postal Nacional selló un timbre alegórico de tonos azules y mil pesos. Entonces me escribió: "al fin se cumplió con el deseo de nuestro carnal Augusto". A lo segundo (esa utopía se había ensoñado en las "copiosas" veladas musicales donde Enrique Toro), la vida le permitió darle un certero empujón. Durante una de las "Noches Patojas" las cuales anualmente la Fundación ConPopayán realiza en Cali --ésta en homenaje al Festival payanés--- aquella utopía superó su letargo de espora. Escuchaba el Maestro Diego María Arenas Aguilar. El Cuarteto CANTACLARO era parte del programa. De una, como si todo aquel tiempo se hubiese comprimido en ese instante, se le propuso que pensara la partitura de esa musical patojería. Diego recuerda así aquel momento: "Quiso que les escribiera una Misa, como si eso fuera tan fácil. Una obra que hablara un poco de nuestro Popayán. Esa noche la idea me quedó sonando. Era un reto muy interesante y oportunidad de poner en práctica toda la academia inculcada por los profesores Arciniegas, Hidalgo, Gómez-Vignes, Guzmán, Coral, Callebaut, Mazurowicz, Casas, López, Rengifo, Illera, Tejada, Coster, Scholz, Andrews y tantos otros. Luego de la muerte de Edmundo, casi un año después, la obra -- para coro a seis voces y percusión -- estaba terminada sobre textos de Alberto Mosquera, Rafael Maya, Helcías Martán-Góngora, San Juan de la Cruz y el Chilam-Balam. Edmundo había insistido que no faltasen los "Disparatorios" de Mosquera. Con la bendición de los Maestros Gomez-Vignes, Paul Dury, Alberto Guzmán, Gustavo Jordán y las invaluables alcayatas caleñas y patojas de Amparo Sinisterra de Carvajal, Mariana Garcés Córdoba, Hugo Borrero Velasco, Gilberto Saa Navia, Adolfo Vera-Delgado y tantos otros, se logró el pedido. También sé que meten el hombro muchas paisanas y paisanos desde Estados Unidos. Sólo falta que la oigan sonar. Gracias Cali". Hoy presentamos la tarea. ...

Alvaro Thomas Mosquera ... """

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