JUAN TAMA Y CALAMBAS
Miércoles 10 de septiembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

José Pérez de Barradas, profesor, nos cuenta la leyenda Páez de Juan Tama, que reproducimos del libro "Mi Bello Popayán" de Jaime Zúñiga Salazar.

Amigo lector, si usted conoce otra u otras leyendas caucanas por favor compártalas por esta Red, con los demás payaneses.

Cordial saludo,

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Juan Tama y Calambás
Recogida por el profesor
José Pérez de Barradas.

Cuentan los más ancianos que en edad muy remota una tempestad nocturna llenó de espanto a los hijos de estas montañas; densas nubes pusieron la noche tenebrosa; el relámpago cercano, instantáneo y contínuo, estremecía los ánimos; el repentino trueno, que se alejaba resonando en montes y cavernas, llenaba de pavor; la lluvia torrencial azotaba inmisericorde a todo viviente.

A la madrugada, un hálido de frescor y suavidad alegraba la Naturaleza; los indios, tranquilos, silenciosos, iban a sus rudas labores. Al pasar el torrente que bajaba de las altas montañas que se levantaban al sur de Lame y Vitoncó observaron, en medio de las espumas y rápidas ondas, un ser extraordinario, mitad niño, mitad serpiente. En el cielo estaba luciendo una estrella brillantísima; sin duda ninguna, el nacimiento de esa estrella había sido la causa de noche tan borrascosa. El niño-serpiente, al llegar a un remanso, ganó la orilla; el río portador de tan precioso don se llamó el Río del Lucero como hasta el día de hoy.

El hijo de la estrella fue confiado a una india joven y robusta que acababa de tener un niño; la pobre gozó del honor por pocos días. Entre lo mejor de la raza fue buscada otra india para que diera alimento al niño, mas la voracidad del niño Juan Tamna agotó a su segunda bienhechora. Ninguna mujer pudo alimentarlo, y entonces trajeron una robusta vaca .... luego otra; sepultada la cuarta víctima, ya el hijo de la estrella pudo nutrirse y vivir con los frutos de la tierra con que a porfía le agasajaban los naturales. Fijó su morada en la cima de una alta montaña; allí gozaba de magnífico horizonte; el clima era celestial; ese lugar se llamó Vitoncó, o sea Chimborguala, que quire decir pueblo grande, grande por su origen, por su fundador. En seguida fundó a Lame para residencia de los grandes de su corte, los gueinas; luego casó con doña Mandiguagua, cacica de Builá.

Para el mayordomo general de sus bienes trajo de Pitayó a Calambás quien, andando el tiempo, se reveló contra su señor con los indios de allende la cordillera. Tamaña osadía no aparejó castigo; fue ocasión para conocer los atributos de su amo; supo entonces que el hijo de la estrella, era invencible y que lo animaban quinientas almas y quinientos corazones. El nombre del mayordomo empezó a gozar de ciertos privilegios. Cacique se llamó en adelante don Juan Tama y Calambás.,

Don Juan Tama gobernaba y administraba admirablemente toda la raza páez, desde Toribío, Jambaló y Paniquitá, cerca de Caloto y Popayán, hasta Itaibe, cerca de La Plata. El gobierno de los pueblos lo dejó Tama en manos de la familia Calambás; el atributo de invencible quedó en la raza páez; la posesión de las tierras únicamente para dicha raza, la cual jamás debía convivir con otras. En seguida, el niño-serpiente , se fue a la laguna de Pataló, situada en la cima de la montaña, en donde la estrella, al darle vida le había confiado al río Lucero para que lo llevara a los hombres; de ese lugar volvió al seno de su madre.

Durante muchos años fue Pataló lugar de peregrinación; todavía los cabildos de Lame y Mosoco van cada año en peregrinación noctura y secreta a bañar las varas, insignia de la autoridad que van a ejercer, y a depositar algunas monedas en el fondo del remanso, como ofrenda a su antiguo señor.

Los de Votoncó dejaron de ir hace muchos años porque el trueno se enojó con ellos en repetidas ocasiones.

Seguramente fueron en tiempo de invierno, y entonces son frecuentes las tempestades.