TORIBIO MAYA
1848 - 1930
Por: Guillermo Alberto González Mosquera
De: Mario Pachajoa Burbano

En el viejo cementerio de Popayán existe un túmulo funerario, a cuyo alrededor siempre aparecen flores frescas que manos devotas colocan como homenaje a un varón ejemplar, sobre cuya santidad hay consenso en la ciudad. Tenía la modesta profesión de hojalatero, pero su verdadera vocación fue curar el dolor y ayudar a enfermos y necesitados. Fue un hombre que dedicó por entero su vida al servicio del prójimo.

Cuando la lepra era considerada enfermedad incurable de la que todos huían y se discriminaba sin piedad a quienes la habían contraído, Don Toribio estableció en las afueras de Popayán, en el sitio de Pubus, una colonia de enfermos en la que se dedicó por entero a cuidarlos y proporcionarles consuelo, con espíritu paternal y humildad sin límites. Ante los ojos atónitos de los barrios que se formaban en los límites ejidales de la vieja ciudad, aparecía con frecuencia una procesión de miserables, que se encomendaban a Dios y seguían al varón que los conducía a su colonia de caridad antes de que amaneciera.

Este santo payanés, cuya cabeza patriarcal se asoma en la parte posterior de cuadro de Efraín Martínez en el Paraninfo de La Universidad del Cauca, alternaba sus actos de caridad con una profunda devoción cristiana. Su vida está a la par de figuras como San Vicente de Paul, San Juan de Dios o Francisco de Ozanán. Su causa de beatificación avanza en Roma con paso firme y sólido sustento.

La ciudad de Popayán le rindió sentido y multitudinario homenaje en la hora de su sepelio, porque todos sabían que quien había fallecido era "su santo". El más cercano a los altares entre los nacidos en esta tierra.

De este último episodio quedó grabado un hecho memorable, del que se sigue hablando cuantas veces se evoca la historia de este santo. Cuando el cortejo fúnebre avanzaba hacia el cementerio, tres garzas blancas aparecieron en el cielo y por un largo rato volaron sobre el féretro, a muy baja altura, conmoviendo a la muchedumbre que absorta observaba el prodigio. Las cámaras rudimentarias de la época captaron la imagen conservándola para la posteridad como símbolo de las tres virtudes que este glorioso payanés practicó toda su vida: la Fe, la Esperanza y la Caridad.