EL ANIMA SOLA
Sábado Santo 22 de abril 2000
De: Mario Pachajoa Burbano


Payaneses ilustres:

Hernán Torres, en la primavera de 1986, desde Saint Louis, escribió sobre nuestra típica figura semanasantera: El Anima Sola. Transcribimos de El Liberal, este interesante artículo.

El Anima Sola
Por: Hernán Torres
El Liberal

En la tarde del Martes Santo, ambulante por los vetustos rincones de la ciudad, una extraña figura, errante pasa de puerta en puerta humildemente pidiendo una limosna. Va vestida de túnica morada que amarra a la cintura con cíngulo de dos vueltas sobre blancos bordados de entredós y cadeneta; pasa anónima el alma en pena. Es un solo hombre cualquiera en cuyo rostro cubierto sus ojos hablan desde el fondo de los agujeros del inexpresivo capirote. La cabuya de sus alpargatas, amarradas a los tobillos con tiras de paño negro; asordina el rumor de sus ligeras pisadas. Recoge sus pasos como alma en pena; repicando dejadamente su campanilla, camina al azar de quien lo vea. Con gestos de obsecuente humildad el animasola recibe las escasas monedas de cobre que le arrojan en su cuenco de plata.

Ni habla ni responde; sólo repiquetea su campanilla y sigue errante, agarrando el cuenco de plata con la mano que agarra la cruz de madera. El animasola desvalida, anónima privada de todo poder, de todo prestigio y de toda adulación, cruza umbrales, poseída de un extraño aire místico; ritualmente asexada, sustituye el honor por la vergüenza -alejada de todos por su vestido, por su hacer y por el insistente tintineo de la campanilla agorera -va zigzagueando por las trajinadas calles, de pronto tan distantes y tan ignotas. Los niños le siguen corriendo, saltando, cantando, pidiéndole a la opaca figura que pide:

Animasola
Camina e gola
Dame tabaco
Pa mi congola.

En épocas pasadas, el hacer de animasola fue un acto de contrición que según viejas crónicas lo practicaron gentes acostumbradas a la riqueza, al poder y a la adulación. Hoy ya no es así. Animasolas son hombres sencillos con empleos humildes en las parroquias -sacristanes o mandaderos o albañiles de confianza- para quienes la pobreza, la incertidumbre y el abuso son experiencias cotidianas. Y a pesar de ello, en la anonimidad vergonzante del animasola, en el trance del alma en pena, lo familiar-visto a través de los agujeros del inexpresivo capirote -revierte a lo desconocido y amenazante para este hombre, para cualquier hombre.

Deslizándose tan cerca de los recién blanqueados muros, la túnica morada se mancha de cal y se ensucia de polvo y telarañas. Cabizbajo siempre, puede detallar las grietas del pavimento y las gastadas piedras de los umbrales, alisadas por el tiempo, y en las alcantarillas puede distinguir los desperdicios que no alcanzaron a lavarse con el último aguacero.

En cada portón que se detiene para pedir una limosna, los ojos del as herrumbradas cerraduras -hundidas en pesados planchones de madera - parece como si mirasen agoreras, llenando de inquietud, a la humilde figura, frágil de incertidumbre. Los niños le siguen, corriendo, saltando, cantando, dándole a la opaca figura que pide:

!Animasola!
Cabeza e gola
Tomá un puchito
pa tu congola.

La tarde de abril va descendiendo sobre la encapotada ciudad, y la luz cenital ya alumbra apenas las formas irregulares de los angulosos tejados, las artistas de las torres grises, las redondeces de las pesadas cúpulas y la austeridad de las paredes blancas. Desde el interior de un florecido patio -cercado de rugosas tapias- se oye la voz de una niña cantar:

De puerta en puerta rogando
Pasaba el animasola
La tarde del Martes Santo ...
Cirios de pálida cera
Ojos con fulgor de astros
Piel con palidez de nardos ...

Y la taciturna figura del animasola se desdibuja fugaz, enmudecido el tintineo de la campanilla, por la Calle de San Agustín, en la tarde del Martes Santo.

Hernán Torres,1986

Cordial saludo,