ADIÓS A LA SINFÓNICA NACIONAL
Martes 3 de diciembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Margot Valencia de Prada nos envía el siguiente artículo preparado por su hermano Rodrigo Valencia Q sobre la lamentable noticia del posible cierre de la Sinfónica Nacional.

Cordial saludo,

""" ... ADIÓS A LA SINFÓNICA NACIONAL
Por: Rodrigo Valencia Q.

Desde el tiempo de los antiguos griegos (la verdadera, insustituíble y excelente cultura de Occidente), cuando se rendía culto a las exquisitas razones del espíritu (la filosofía, el teatro, la danza, la música, la poesía...), llegó hasta nosotros la idea de que el ser humano no era auténticamente tal si no había cultivado las disciplinas superiores del alma: la armonía, la virtud, el valor, el arte y el saber. Ahora, en nuestros tiempos profanados por todo lo dudoso y espantoso que pueda tener lugar en un mundo como éste de hoy, esas antiguas cosas enaltecedoras pierden, cada día, más vigencia en nuestras culturas decadentes y alienadas. Y, en un país como Colombia, en donde el Sagrado Corazón sangra en forma tétrica por culpa de toda la oprobiosa barbarie que nos castiga sin tregua ni descanso, los últimos sones de la armonía quieren ser enterrados por nuestros mandatarios de turno en forma repentina, inconcebible e irresponsable.

Hemos sabido que altas determinaciones del actual gobierno han decretado la muerte de la Orquesta Sinfónica de Colombia; una institución que, si no estamos mal, por más de cincuenta años consecutivos le ha dado honor y buen nombre a nuestra patria. Se ha dicho que hay que cerrar la orquesta, abandonarla en el olvido definitivo. Cosa extraña y dolorosa, por no decir maloliente, porque, definitivamente, Colombia no podrá olvidar fácilmente una tarea resultante de sistemáticos años de trabajo constante, dedicados al arte, a la formación y transmisión de una misión enaltecedora en nuestro medio.

Siempre que hemos viajado desde Popayán hasta Bogotá, una cosa de la que no podemos prescindir es el asistir a los conciertos de la Sinfónica, los viernes en la noche, en el Teatro Colón. Así oímos incontables piezas musicales de la tradición culta universal de todos los tiempos, con solistas nacionales e internacionales; veladas de muy alta calidad y dignidad; la música en sus verdaderas manos, vertida con buen gusto, elegancia y autenticidad; el juego estético de todo un grupo, disciplinado y ordenado en el difícil trabajo de la interpretación sinfónica.

Hemos visto, eso sí, campear la desvergüenza en otros sitiales y altas curules del gobierno (y esas instituciones sí no las cierran), pero no precisamente en los asientos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y no hay derecho para que los platos sucios y rotos de un país que está en quiebra moral y económica los paguen los artistas, los personajes de sensibilidad inofensiva, los dados a la práctica de lo poético y sublime, los inermes, los que no se defienden más que con ráfagas de lo espiritual, los discípulos de Orfeo y quizás de la no violencia. Mas las estrellas del gobierno, que pueden ser indiscutibles eminencias en sus disciplinas técnicas, y que son asesores en las tareas que "convienen" al Estado, lamentablemente son verdaderos analfabetas en cuestiones como el arte y la cultura, verdaderos extraños en el teatro de las musas. Y, ante tanta indolencia espiritual, ante tanta falta de sensibilidad y espíritu por las cosas buenas que afectan al alma, ante tanto desparpajo y desfalco de los verdaderos valores, no es nada raro que ahora tengamos que decir, con pena y vergüenza en el corazón: ADIÓS A LA ORQUESTA SINFÓNICA DE COLOMBIA.

Pero no queremos pronunciar estas palabras en forma definitiva. Más bien quisiéramos decir, contundentemente, adiós a toda la barbarie organizada, a todos aquellos apóstoles inmisericordes de la violencia y la destrucción, a todos los ladrones de cuello blanco, a todos los hipócritas acomodados en sus butacas oficiales mal habidas, a todos aquellos que descuartizan la patria con sus trampas y latrocinios, a todos los negociantes de lo oscuro, a todos aquellos que, de manera impúdica, violenta y lacerante, se apoderaron de este país desengañado, marcado ahora por ángeles apocalípticos del horror y la vergüenza.

Rodrigo Valencia Q. Pintor Popayán, diciembre de 2002. ... """