SILABARIO PERDIDO
Domingo 20 de noviembre, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Julio César Espinosa, nos instruye sobre una obra de un patojo que debemos
 incluirla en nuestras lecturas de publicaciones que contienen temas interesantes.

Cordialmente,

***

Libros y encuentros (IV)
‘El silabario perdido’*
Por Julio César Espinosa**
ESPECIAL PARA EL LIBERAL

Quien quiera leer este libro de Rodrigo Valencia Quijano debe acercarse a la Biblioteca del Banco de la República, donde se hallan los dos únicos ejemplares de uso público. Es decir, es la primera vez que aquí se comenta un libro muy nuevo y casi inédito (71 ejemplares vendidos) escrito por un autor a quien conocí hace treinta años.

A pesar de las ínfulas de crítica con que se pregona esta columna, es indispensable echar a andar la salvedad de que no es más que una brújula para que los lectores de El Liberal se orienten en la búsqueda de un autor y de una obra.

Así pues, esta obrita, a pesar de su relativa inedición, merece una  cita con abundantes lectores. Y se les extiende la invitación pues nos hallamos frente a un texto de dulce lectura con una agradable confusión en su formato genérico: puede ser poesía con discreto ropaje filosófico.

Otros, más certeros que el suscrito, hablan de que se trata de la más sabia de las discreciones para hablar en primera persona sin pedantería, sobre las reflexiones que a cualquiera le ocurren cuando el universo nos persigue con sus eternos e insolutos interrogantes.

No faltará quien se le dé la gana leerla como una novelita autobiográfica que  ha logrado el más difícil de todos los encantos. El de hablar de si mismo sin que se note, sin que nos fastidie el rumor de un ego que tasa los balances de la vida frente al avatar de lo vivido.

El autor, como decía Michaux, se ha recorrido enteramente a si mismo para volcarse a la palabra. Con esto, la aduana literaria nos dice claramente  que aquí se nada en un mar: el de la autorrevelación lírica. Es algo que quisiera destacar superlativamente.

Pero el comentarista que se exalta demasiado frente al texto, ahoga su más preciada objetividad en una catarata  de sospechas. Este es un albur en que incurre uno fervorosamente, y sólo queda deplorar que no podemos trasmitirles a los demás la callada felicidad de la lectura de este silabario perdido.

‘Algún día reuniré los esfuerzos solitarios, abriré los sentidos escondidos, defenderé los sueños olvidados, y estaré dispuesto al lenguaje de los ángeles. Hoy no he sido un sembrador. Hoy he enterrado, solamente, el vacío estéril de todas mis miradas’.

Así son todas estas especies de aforismos, que algo recriminan al  mundo pero no con el desgarrado timbre de la catilinaria sino con el exquisito acento del reproche intimo a un mundo insensato que se precia de valores vanos.

‘La humildad de los misterios no aflora a  la pre­po­tencia cultivada continuamente por los hombres’.

La gracia perdurable de este texto consiste en que completa en nuestra alma un equilibrio que nos faltaba: el repudio por todo vivir superficial. O quizá Rodrigo Valencia ha logrado un paradigma ontológico.

No hay mejor compañía que la propia reflexión serena. Si estamos condenados a vivir eternamente con nosotros mismos, lo mejor es edificar la subjetividad, el ser mismo,  sobre las bases firmes de la autorreflexión interior.

Es por eso que su discurso de cierta manera acude a irrigarse en nuestro ser con dones de lenitivo. El silabario es una invitación a construir un paraíso o la mansión interior con lo único real que tenemos: nuestra propia naturaleza psíquica vigilante, observadora y autoobservadora:

‘Hacer de uno mismo el objeto del conocimiento’, porque ‘el ser humano ha visto todos los rincones del mundo, menos uno: a si mismo’. Y esto se logra con el  fuego de  la inteligencia dirigido hacia la propia morada, en la soledad de la introversión.

No hay otro remedio. Acudir a las multitudes enredadas en la superficialidad de la fe ciega, es peor que la muerte. “La inteligencia aísla, la estupidez congrega”, advierte un escolio de Nicolás Gómez Dávila. Y este parece ser el pregón final del Silabario Perdido. De una treintena de años a esta parte nos fue permitido compartir una conversación, un tinto, una reflexión con Rodrigo Valencia, cuyas palabras suenan a óleo y sus conceptos a paisajes.

Enemigo de lo multitudinario, silencioso, poco dispuesto al conciliábulo, rechaza cualquier parafernalia que implique exaltación de lo egoico.

Las entrevistas con Rodrigo Valencia son fugaces. De pronto estallan en sus labios delgados unos nombres: Kris­hnamurti, Zarathustra, Cioran, Gi­brán. Y con su pelo totalmente cano, vuelve al silencio propio de los pintores.
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*Edición digitada personal del autor, Popayán, 2.003.
**Miembro de la asociación Caucana de Escritores.