MARTHA SENN
Viernes 19 de enero 2001
De: Mario Pachajoa Burbano

Ilustres payaneses:

En este nuevo año de 2001, renovamos nuestros votos de salud, paz y prosperidad para todos los integrantes de la Red de payaneses y la reiniciamos con el siguiente tema:

Martha Senn, la hermosa y máxima artista lírica colombiana, quien ha actuado en los principales escenarios de ópera del mundo, inclusive en San Vicente del Caguán el pasado agosto, ha escrito el ameno libro autobiográfico "Notas sin Pentagrama". De entre más de 40 interesantes anécdotas que contiene, transcribimos partes de la relativa a Popayán: "La muerte estaba en un palco".

""" Por eso es tan insólita la vivencia que me atrapó aquella noche de temporada lírica porque se salió completamente de los marcos referenciales de tranquilidad, la amabilidad y la frescura que caracterizan una ciudad como Popayán. La hidalguía de sus gentes, su arquitectura colonial, además de sus frondosos parques, estrechas callejuelas e innumerables iglesias, crean la sensación de estar aún en los tiempos sosegados de su histórico pasado. Estaba sola y mal de ánimo. En un esfuerzo por salir de esa pesadez de espíritu, me arreglé y decidí asistir una vez más a la función de la ópera que empezaría a las siete y media de la noche: Elixir de Amor, y me pareció más bien una buena ocasión para encontrarme con algún conocido con quien compartir un rato. Cosa que en efecto sucedió. Jaime León, prestigioso director de orquesta y compositor colombiano, y Beatriz Parra, importante soprano ecuatoriana, quienes se habían acomodado en la platea con la intención de ver el inicio del espectáculo, resolvieron retirarse aprovechando un breve cierre del telón. Me vieron sentada en un palco y se acercaron para invitarme a cenar. Ya en el corredor, nos saludamos entusiasmados con la idea de irnos a cenar a nuestro restaurante favorito con un buen plato de sopa de caratanta y una porción de empanadas de pipián, platos típicos de la región, hechos a base de maní y de maíz. Apenas pisamos el andén, frente a la salida principal, el ruido de una explosión, que nos ensordeció por algunos instantes, ocurrida de repente a nuestras espaldas, hizo saltar en pedazos los vidrios de los ventanales y de las puertas del teatro. Aturdidos por la sorpresa, no podíamos pensar con claridad. Intentamos ingresar de nuevo, pero la multitud que escapaba del recinto, con el rostro uniformado por el miedo, nos lo impidió. Los lamentos y los gritos no cesaban. La potencia de la onda explosiva de la bomba asesina había sido muy fuerte.

Insistimos en ir en contra de esa ola humana que vomitaba el teatro porque sabíamos que nuestros amigos artistas y demás colegas del coro y de la orquesta estaban en el escenario y queríamos ayudarlos. Además, la madre de mi colega ecuatoriana, doña Dorita, una distinguida señora de avanzada edad, pero de gran vigor físico e intelectual, se encontraba dentro del recinto y, por supuesto, mi amiga, desesperada, no cesaría en su intento por encontrala. Corrimos a la velocidad que nos permitían nuestros tacones, puntiagudos según la moda del momento, jaladas por el maestro León, decididos todos, a cualquier precio, a entrar al teatro en misión de búsqueda y rescate. Lo logramos pero en ese sector, al igual que en el resto del edificio, el terror comandaba la situación. Nos tapamos la nariz y la boca con un pañuelo y avanzamos por entre el desespero circundante en busca de doña Dorita. En medio del desorden la vimos encaramada sobre una de las tarimas destinadas a resaltar la actuación de los solistas. Desde allí dirigía el tráfico de los aterrados artistas, indicándoles las puertas de salida más convenientes.

Cuando nos acercamos a ella, en medio de la tos y de las lágrimas que le generaba la humareda, empezó a hacernos gestos claros para que huyéramos de inmediato en la dirección que nos señalaba. Estaba tan convencida de su misión de rescate, que nos fue imposible lograr que se bajara del pedestal de madera hasta que llegaron los profesionales de estas emergencias. Al día siguiente regresamos al teatro a buscar entre los escombros las cosas que como artistas de la temporada, habíamos dejado en los camerinos. Fue entonces cuando supimos que la bomba puesta por algún demente del terrorismo explotó en el palco en donde, por casualidad , yo había estado acomodada hasta instantes antes del desastre, exactamente debajo de la silla que al azar escogí. Un escalofrío me corrió por la espina dorsal. Poco después, en medio de nuestras conversaciones les pregunté a mis amigos por qué, estando tan lejos de mí, en platea, al lado opuesto del palco donde me encontraba, se les ocurrió invitarme a comer aquella noche. Según me dijo Beatriz, con su gracioso acento, en el último momento antes de levantarse del puesto para salir, me vió por casualidad -"como si estuvieras iluminada por una aureola que te circundaba"-, y le dijo al maestro, en voz baja: -¡Qué linda, mi amiga, pero tan solita que se ve ... Llevémosla con nosotros, maestrico! ... me sacaron y, sin saberlo, me salvaron.... """

Cordial saludo,