EL ANGEL
Jueves 10 de marzo, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Neftali Sandoval Vekaric, el payanés radicado en Belgrado, en la 
Revista Literaria Azul, Año 2005, publica su notable cuento El Angel.

Cordialmente,

***
EL ÁNGEL
Por: N. Sandoval-Vekarich
Revista Literaria Azul*


Brisa que trás de sí deja la fragancia suave de un campo de jazmines.Imagen fugaz, lúmen de magnesio que la refracta en los cristales de losalmacenes de las grandes avenidas por donde deviene mi tránsito cotidiano, pasa de largo sin detener el paso, sin esperar el saludo inevitable del día de mañana, en la transparencia azul de su mirada se mide el universo entero, la eternidad de los océanos en una dimensión incognoscible, presente a pesar de todo desde el primer vagido. La noche estrellada es la diadema que ilumina su frente, su rostro tiene los mil y uno rostros de nuestros amores y experiencias, de nuestros llantos y risas, el juego de nunca acabar, a las escondidas, no hay rincón que pueda por siempre permanecer oculto y un día cualquiera, en un momento inesperado y temido, la diversión termina con el cansancio de los jugadores. Nadie pierde, ella sabe que terminarán reclamando las apuestas equitativamente disputadas y ganadas, a todos por igual la misma cuota pero no todos tendrán el mismo crupier meticuloso y prudente.

Está igualmente en la niña que silenciosa al pasar por mi lado en la calle me mira con amorosa curiosidad, con candorosa e inocente intriga. ¿Cómo me sentirá la niña en su mirada? ¿Seré un remedo de su padre que la levanta en vilo y la coloca sobre sus hombros para que pueda admirar el desfile y las carrozas de la primavera? o del joven abuelo que en los calurosos días de septiembre la lleva de la mano al parque a tomar helados, en la infantil búsqueda de un niño hace muchos años perdido en el laberinto de su soledad? o del hermano mayor que le enseña geografía e historia y le relata en las horas de reposo cuentos de princesas encantadas y príncipes enamorados de lo imposible? Vestida pequeña esperanza de verde que al crecer imitará la luz azul de los atardeceres, fíbula de un otoño luminoso en el manto de las vírgenes, su oscura cabellera ensortijada esconde mi melancolía, a través de los cristales de sus gafas de abuelita prematura sus alegres ojos me sonríen, me dan los buenos días del amanecer, como una aurora, huidizo vuelo de las alondras por entre las tramas del sueño. En varias partes y varias veces la he visto. Me deslumbra su adolescencia y madurez al mismo tiempo, me aterra su hermosura, la del acero templado al rojo vivo, el sol y la luna hechos imprescindible abrazo de hielo y fuego. No me saluda de viva voz, no quiere hacerlo todavía, me ignora dándome a saber que existo solamente para ella, que hago parte de un itinerario de antemano concebido por expertos en hermenéutica y esoterismo, ajena de otra sombra sin el sol ésta no podría ser, si no fuera la energía de quien la proyecta ni tampoco cuando los lobos aúllan bajo la luna para espantar su propio miedo a la oscuridad de la noche, al combate impreciso de Aquel por recuperar sus cuernos. Hay indicios, dentro de lo más profundo de las angustias, de inconmensurables dimensiones que nos orientan desde los tórridos parámetros de lo inconsciente, como las gotas de agua que terminan siendo un río y éste una causa más en el mar.

Después de la hecatombe ha quedado el desierto, la avalancha de lodo niveló la ciudad hasta convertirla en una planicie, el silencio se prolonga en línea recta hacia la montaña más cercana, sobresale de un pequeño terraplén una pared pintada de rojo y azul, restos de lo que fuera una gasolinera. Un poco más adelante la terraza de un Centro Médico. Tímidamente empieza a crecer la hierba, uno que otro rastrojo, flores amarillas y blancas, el delicado tronco de un árbol que se empina por encima del silencio lúgubre, la piadosa incertidumbre de lo que es y no será. Tantas ilusiones, tantas vidas segadas bajo tierra. Lloro y rezo sin pronunciar palabra. Armero se llamaba la ciudad. Sin querer, sin proponérmelo he pensado en ella, en ese cristal azul de su pupila, en ese rostro aterradoramente hermoso con su imborrable sonrisa de hielo y fuego. Si quisiera precisar su vestimenta de anchas mangas y holgados vuelos me lo impide una insospechada cortina de humo, se difuma el color hacia espectros desconocidos que me traen la fragancia de un campo de jazmines y magnolias. Entre las gentes, calladas y taciturnas, que portan ramos de flores que arrojan indistintamente sobre el yermo, ella es una aparición trascendente que vuelve a perderse como la estela de plata de un pez hendiendo el agua.

No hay luna más hermosa que la de Popayán en altas horas de la noche. Sentados sobre las grandes lozas de mármol se afinan voces y guitarras.Altos cipreses bailan con el viento y besan el cielo. El amor será siempre eterno, el olvido puede ser solamente una rosa blanca o un cirio constante ardiendo a los pies de Nuestra Santa Señora. Después del camposanto las serenatas son para Ellas. No hay noches más hermosas y claras que las de Popayán. La luna es una gigantesca forja de plata. Detrás de los visillos adivino su rostro, álgida blancura del acero que contrasta con la oscura melena, incandescente y azul la vida en la mirada. Protegen las ventanas sólidos barrotes de hierro colado y sobre la superficie de una de las puertas, de los anchos portones de duras planchas de madera de roble, descansan leones y grifos de cobre en las inmensas aldabas traídas de Arabia.

Debo regresar, hay una mano invisible que me empuja suavemente hacia delante. El calor propio del fogón de una herrería bajo ese sol, tan cordial a ratos por la conversación de mi hermana y la compañía de la niña que, sin hablar, alegra los agobiados pasos sobre el asfixiante asfalto. "Eres tonto, dice, hazlo mañana temprano cuando aun no se han disipado las brisas de la noche". Mis lentes no estaban listos, la visita sirvió para que el optómetra identificara la visión de Paola, mi sobrina. "Debo regresar", le insisto a Lucy, en llegando a las puertas de la casa. "Allá tú, dice mi hermana, con este horno tan atroz, el camino es largo..... Pero, por qué? ... eso no tiene razón, puedes hacerlo temprano en la mañana". Comprendió finalmente lo inevitable, la premonición inherente a la conciencia de mensajes que se intuyen, órdenes secretas que se deben cumplir, como la canción de amor al pie de una ventana y la rosa blanca que se deja entre los barrotes, tácita esquela de los enamorados. Lamentar más la pérdida del vino no bebido que la taza rota, nadie puede quejarse por las cáscaras de los huevos que se tiran, sí por la mujer que dejamos partir sin un adiós, sin un abrazo, pero las veredas van en dos sentidos. Sabe por eso que me gusta caminar, que suelo regresar dando un rodeo, que amo el calor del sol, que raras veces busco sombra de los árboles o de las altas paredes de los edificios alejados de si a grandes trechos de pasto verde entre sendas cubiertas de lozas de piedra cuadrangular. Por las mañanas, al cruzar los prados todavía húmedos por el rocío, comparto el sol con los obreros que en las bancas de los parques refocilan la soledad con un pedazo de pan y un trozo de esperanza.

Regreso sobre mis pasos. Absorto, me sobresalta el imperceptible timbre de una voz de tonos imprecisos, de agradable y cordial acentuación: "¡mire, señor!, la gente aquí si que es muy amable, pero solamente me dan moneditas..... ¡ Vine por un tío que al parecer cambió de dirección, no tengo para el pasaje de regreso ni sé tampoco dónde podría buscar cobijo!" La miro. Tengo la sensación de estar mirando la eternidad a través de sus ojos que no tienen la transparencia azul del cristal, ni son negros sus cabellos y su serena belleza me reboza el alma como un vaso de agua helada en esa tarde tan canicular en que las chicharras han dejado de cantar.

Discurre entre ella y yo un apacible río de montaña, una balada queacompañan los pájaros con sus trinos y el delicado llamado de los venados al crepúsculo. No tengo moneditas ni billetes pequeños. Nada es casual, solamente billetes de nominación mayor. Le doy uno de diezmil. Incrédula lo toma entre las manos, lo extiende ante sus ojos como un pañuelo de seda verdiroja y azul. "¡Ah!, dice entusiasmada, con esto puedo regresar a Armero!". No dá las gracias. No tiene porqué darlas. Está muy feliz con el billete que no cesa de mirar. "Buen viaje", le digo, y sigo, pero hay una mano invisible que suavemente me golpea en un hombro, a los cuantos pasos doy mediavuelta para saber qué ha sido de ella, pero no está, ha dejado con la brisa un fresco perfume de jazmines y magnolias. De pronto estoy alerta, esa sensación de eternidad me vuelve a rozar como la caricia de un ángel, de una mariposa en la palma de la mano. ¿Armero? La lava y el lodo hace ya más de cinco años que la borraron del mapa.

* Belgrado, junio 21 de 2001