SANATORIO SUIZO
Sábado 8 de enero, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres: Lilly Gnecco de Scarpetta -quien nos envía esta bella obra de Mario Paredes Pardo- la encontró en una revista del Club Campestre de Cali de 1949 y Guillermo Borrero Aragón nos cuenta que:

""" ...Nunca lo conocí, pero recuerdo haber visto fotografías de él en paseos legendarios en la finca de Calibío. Siempre distante, espigado con una mirada profunda. Mi madre nos contaba Que era muy inteligente, lleno de una cultura increíble y con una Sensibilidad humana muy especial. Ella describía el día en que los amigos fueron a despedirlo en la estación del ferrocarril en el Barrio Bolívar, cuando se iba para Suiza. Había sido nombrado en un puesto diplomático. Llevaba un vestido de lino blanco. Se subió sin ayuda al autoferro y se despidió desde lejos. Todos sabían que no regresaría nunca. Guillermo... ..."""

EN UN SANATORIO SUIZO
Por: Mario Paredes Pardo, 1949.
Revista Club Campestre de Cali

El 31 de diciembre, a las doce del día, la enfermera del tercer piso se presentó en mi cuarto a invitarme, de parte de mister Dixter, a comer y esperar el año nuevo en su mesa. Al agradecer tan espontánea invitación me excusé de asistir a la comida y prometí presentarme a su mesa a las diez una vez terminados los postres.

 

Mr. Dixter, a quien conocí la noche de Noel por deferencia de su amiga, es un americano de 52 años y de ocho operaciones en el vientre que no ha logrado en cinco años secar las fuentes de sus cuatro fístulas. Tal enfermedad no le demanda a Mr. Dixter sino una media hora de diarios cuidados, mientras se cambia de vendajes y limpia el estómago de la secreción de las 24 horas anteriores.

Mr. Dixter dispone, pues, de mucho tiempo libre, que él reparte entre las caricias de su amiga y cortos paseos alrededor del sanatorio, en compañía de su perro foxterrier.

Mr. Dixter recibe cada trimestre una gruesa pensión en dólares enviados por sus parientes, conocidos editores en Nueva York. Atado a una enfermedad crónica, Mr. Dixter ha resuelto radicarse en un lujoso apartamento del sanatorio, lejos de los halagos y peligros de las ciudades, y en cambio, rodeado del aprecio y distinción de sus semejantes por su generosidad y simpatía.

Mr. Dixter ama la champaña, el baile y la música en un mismo día y con alguna frecuencia. Su amiga ama entrañablemente a Mr. Dixter y a todo cuanto lo rodea, ocupando la champaña, el baile y la música lugar destacado. Jamás por este lado han surgido querellas entre Mr. Dixter y su amiga sino que, al contrario, siempre han estado como de acuerdo para holgar un mismo día y a una misma hora.

Mr. Dixter y su amiga no son muy alegres para divertirse solos, y esto les obliga a rodearse de un grupo de amistades cada vez que suena el momento de complacer a sus tres predilectas pasiones. Mr. Dixter se embelesa viendo danzar a su amiga, y cuando el alcohol ha comenzado su trabajo, Mr. Dixter abandona el diálogo y se dedica a monologar con la exactitud de un reloj que marca los cuartos de hora, estas tres palabras proyectadas hacia el punto donde baila su amiga: Áquel joli couple!

Cuando Mr. Dixter comienza a pronunciar estas tres esperadas palabras y a levantar las manos al compás de la música, como jugando a malabares, sus amigos saben que desde ese instante se triplica la generosidad de Mr. Dixter, y su amiga, por ley refleja, también se torna generosa con sus invitados.

Así pues la noche de Noel, la que yo llamo mi primera noche, a instancias de mi enfermera resolví descender al salón, después de diez meses de cautiverio y de constantes sufrimientos de los cuales han sido testigos el retrato de mi madre, las florecitas del papel de la pieza, un pequeño radio, cuatro libros y no sé cuántos frascos de unturas. Hacía unos veinte días que había comenzado a salir hasta el vestíbulo, sostenido por un par de muletas y por mi desesperante deseo de curación, y allí los brazos de un sillón y los del conserje ayudaban el descendimiento de mi enflaquecido cuerpo, hasta tocar las plumas de los suaves cojines.

Durante una hora me entretenía en ver entrar y salir a los huéspedes del "Sana" y al cabo de algunos días había engrandecido la lista de mis colegas, de los cuales unos se detenían a saludarme y otros pasaban de largo.

Alguna vez fui hermoso, así me lo hicieron saber el espejo, una que otra indiscreta, y, en el discurso de la amistad, mis amigos. De esa belleza, ¡Á helas! no quedan sino los rasgos.

La evolución de mi juventud empujada por mi enfermedad me ha hecho sentir desde la resemblanza con el David de Donastelo, y después con los Cristos de Holbein, hasta dejarme patas arriba como el legionario de la Resurrección del Greco.

La artritis, que se apresuró a deformarme todas las coyunturas, ya fijó para la inmortalidad el lado izquierdo de mi nuca dejándolo tieso y engreído como una estatua. El lado derecho conserva un poco de mi jovialidad y es quizá por eso por lo que el doctor al examinarme me mira con la compasión que inspira un perro cuando se le quiebra una pata. La amiga de Mr. Dixter, al pasar por el vestíbulo, me había visto varias veces, más nunca habíamos cruzado nuestras voces. La noche de Noel la enfermera me preparó un sillón discretamente al margen de las mesas. Dos o tres amigos que advirtieron mi presencia, copa en mano, se levantaron a saludarme.

Reconocido acepté la champaña, y así retirado me proponía participar de la alegría de Noel que cambiaba de humor yo de idioma en cada mesa. De improviso sentí una voz que hablaba por el lado izquierdo y ante la imposibilidad de girar la cabeza para ver a quien correspondía, recurrí al grito de guardia ¿qui est la? Monsieur, me respondió la voz frente a frente, ¿me permettez vous offir cette coupe? Volontiers, assevez vous s" il vous plait, le dije a mi futura amiga.

Yo soy la amiga, la camarada, la compañera de Mr Dixter, a quien posiblemente usted conoce o ha oido hablar, ¿ne "est-pas?. El me recomienda invitarlo a nuestra mesa, él es muy gentil, venga, beba, diviértase, yo lo atenderé, no lo dejaré ponerse triste, Y sin esperar respuesta, llamó al metre d'hotel para que rodara mi butaca por el centro del salón hasta la mesa de Mr. Dixter.

Presentaciones, declaraciones de amistad y champaña, borraron los primeros compases de toda conversación que se inicia.

El traje de Merlette, mi buena amiga, dejaba contar hasta quince los lunares de su espalda. Esos botones de belleza, a irregulares distancias los unos de los otros, hacían resaltar la limpieza y frescura de su piel, y no sé que clase de melancolía me producía la contemplación de ese cielo estrellado para mí más lejano que el otro.

Llegada la hora de las confidencias, Merlette me declaró su simpatía en una forma que me produjo hilaridad. Mi exquisita amiga había visitado la famosa exposición del museo del Prado de Ginebra. La viveza de sus ojos y la irregularidad de sus sentimientos artísticos le había dejado un recuerdo confuso de los maestros admirados "Voila" Á porque yo le resultaba un personaje de Velásquez!

Como yo me incomodo cuando las cosas no se encuentran en su punto, por un movimiento instintivo de orden me apresuré a rectificarle, o mejor dicho a demostrale cuán lejos estaba de Velásquez y qué cerca estaba del Greco. Temeroso de que mi discurso se prolongara hacia mis temas favoritos, lo que ocurre cuando el alcohol monta a mi cabeza, me callé. Y en verdad que lo hice a tiempo, pues a mi amiga se le notaba la impaciencia de no poder bailar la rumba.

De pronto mis posaderas reaccionaron. ¡por primera vez me habían dejado en paz! Al sonar las tres horas de la mañana tomé mis mis muletas y dejé a mis amigos entregados al intercambio de brindis en honor de los países que, con tanta paciencia, coraje y constancia, representan en "Sana" La muralla de cojines y de almohadas que forman mi nido, me aguardaba en su puesto. El sueño me cerró los ojos, y entonces comenzó el gran desfile : Napoleón Bonaparte, el mariscal Joffre y yo pasábamos revista a los ejércitos victoriosos del Marne. En el palco de honor, Merlette y Eugenia de Montijo aplaudían nuestra bravura. La muchedumbre vitoreaba al emperador y pedía que marchara sin muletas el mariscal Paredes. Yo no pude contener la emoción, y en un gesto heróico quebré contra mis rodillas las muletas. A doscientos pasos de mí me abrazó una voz que me gritó: ¡hijo de mi alma!

La concurrencia de campanas, heraldos de la Navidad del Señor, me despertó. Cantando recibí de manos de la enfermera las investiduras de invierno, y revestido como un doctor de la Iglesia, salí a ocupar mi sede sobre la galería.

Como en una sinfonía tonta del Walt Disney, la voz de Merlette y los aires sincopados oídos la noche anterior volaban en mi cabeza a los picos de los Alpes Vaudoises. De donde velozmente descendían a viajar sobre la columna de humo de los trenes que atraviesan allí lejos la planicie del Ródano.

Poco a poco esa euforia proveniente de la noche de Noel fue desapareciendo. El silencio de las tardes de invierno, la fuga del sol a mitad del día, y esa inevitable estancia de la niebla, me causaban terrible malestar. Nacido y criado bajo un cielo siempre azul, conservo una plasticidad biológica, un júbilo del color que al menor choque con lo gris me corta la respiración.

Ansiedad de volar, angustia de liberación alegría de SCHERZO, en nada alteraba el curso de mi enfermedad. Ante el estancamiento del presente y la incertidumbre del porvenir, me consolaba desdoblando el pasado. Pasado mediocre, con muy o pocos instantes estelares en amor, y en cambio circundado de privaciones y de inquietudes económicas, en las cuales la presencia de un tic charlotesco neutralizó todo amago de tragedia.

La invitación de Mr. Dixter llegaba, pues, en buena hora. Sostener la moral de los enfermos exige de parte del módico una susceptibilidad casi femenina. Buscar cada día nuevos argumentos para demostrar una mejoría que no existe, es una labor en la cual lleva buena parte la coquetería. Mr. Dixter, con su galante atención relevaba a mi médico, quién sabe por cuánto tiempo, la tarea de hacerme la corte. Aunque mi invalidez me tiene por completo alejado de los chalecos de piqué, y de los contratiempos que causan los botones de cuello y las mancornas, tuve la precaución de hacerle dar una ojeada a mi vestimenta de gala. Todo estaba en regla, excepto una borla de mi bata de cuarto. En cuanto a mí, sólo me faltaba esperar la hora señalada, la que hizo desear como todo tren que nos aporta un abrazo.

¡Vive monsieur Paredes! Gritaron varias voces salidas de todas las mesas, al verme tan penosamente caminar, y con un fez de papel en la cabeza que el director del "Sana"" me caló como una banderilla antes de entrar al salón, en el ánimo de darme coraje y ponerme a la altura. Mr. Dixer se apresuró a mantenerme a salvo de la ofensiva de congratulaciones y serpentinas del camino y Merlette a obsequiarme la gentilezas y a embriagarme de champaña.

Entre los invitados a la mesa de Mr. Dixter se encontraba Mr Cornety, cuya enfermedad es bien particular; hace unos veinte años contrajo una tuberculosis pulmonar en Londres, su ciudad natal. De todas las lesiones pudo en el curso de pocos meses curarse, excepto de una pequeña caverna en la cima del pulmón izquierdo.

Mientras Mr. Cornety permanece en la montaña a una altura no menor de mil doscientos metros, su salud es perfecta. Su caverna se conserva inmóvil y la soporta y maneja con la misma seguridad y elegancia que su monóculo. Pero cuantas veces ha intentado regresar a su inolvidable Londres, la caverna se reciente y comienza a caminar.

Este suplicio a lo Sisifo, Mr. Cornety lo disimula con un estoicismo no por ignorado menos digno de admiración. Jamás una queja, nunca una alusión a su destierro. Siempre culto, elegante, discreto, pero con una condición, eso sí: que el alcohol no pase de cierta cantidad. Cuando por defecto de control deja rebosar la copa, se oyen de esos labios tan bien educados, improperios contra la vida, injurias contra el prójimo, palabrotas contra la ciencia, y todo esto para terminar llorando como un niño, por su Londres, por su bien amada ya muerta, por su juventud completamente perdida.

Como este "accidente" le acontece muy pocas veces, Mr. Cornety goza de una gran reputación y es muy solicitado como pareja de baile a la vez que prestidigitador para reemplazar las atracciones en las contadas fiestas del "Sana"

Desde la mesa de enfrente me invitaba a brindar madame Bloch, conocida entre los viejos clientes del "Sana" por el sobrenombre de Madamee Transfusión. Como de todo apelativo se demanda una explicación, el de madame Bloch circula la siguiente: su marido, un rico judío de Brujas, es un "ancien combattant" del bacilo de Koch, que jamás dispone de tiempo para subir a la montaña a hacer la cura anual prescrita por su médico, y sin la cual su salud peligra de una recaída.

¿Abandonar sus negocios? Imposible. ¿Desobedecer las órdenes médicas? Temerario. ¿Cómo solucionar este menudo problema? Muy sencillo en un hombre de su raza: cada invierno madame Bloch sube a la montaña a aprovisionarse de vitaminas, de aire puro y de sol, y al comenzar la primavera desciende fresca como una lechuga para que durante el verano monsieur Bloch se dé el gusto de comerse las hojas..... Con su casco de dragón del segundo imperio, y sentado con la molicie del león de la Metro-Goldwyn-Mayer, presidía la mesa de los griegos Kyrie-Xandrenius. Su descolgada boca de diabótico servía de ventana a una dentadura rica en oro y plata que se abría y cerraba con estridencia cada vez que el lobo de mar del capitán Ventedis terminaba una historia marsellesa.

Más allá, al fondo del salón, la rubia miss Winter y la morena miss Long, se encendían como semáforo al evocar en dúo todo un pasado de canciones irlandesas, las cuales hacían blanco en el corazón del conde Urkel, su compatriota y compañero de mesa. Los golpes de maracas de la rubia miss Wintery la morena miss Long en la introducción de frenética zambra de moda, sacaron a los danzantes del estado de solemne postración en que la serie de tangos argentinos los había sumido.

La inminente proximidad del Año Nuevo precipitó el torbellino a la concurrencia, al punto de que cuando sonaron las doce y se apagaron las luces, a unos les había sorprendido el nuevo año trepados sobre los asientos perorando, a los más sobre la pista de baile, y al resto, cara al reloj y en la punta de la lengua la primera estrofa del Himno Nacional de la amada y lejana patria Yo quise aprovechar el barullo para dedicarle unos momentos a mi intimidad. Pero no, los abrazos y los besos también eran para mí : bonne anné, et bonne santé monsiur Paródes, me decían unas bocas antes de dejarme la marca roja de la feminidad, o la blanca baba del sexo fuerte.

Merci, merci, yo respondía mientras en el fondo de mi alma se atropellaban vertiginosamente las emociones y las personas que me son caras. Así en medio de mis treinta años cumplidos exactamente a esa hora, veía la figura de mi madre como en esos retratos de María Teresa de Austria, rodeada no de mapamundis y de cortinas con un imperio al fondo, sino con su jaula de canarios y sus matas de geranios, y la mirada fija en los barrotes de una ventana que no pude saber si pertenecía a una casa andaluza o al quinto piso de un sanatorio.

San Silvestre no dejó a nadie en su puesto. El capitán Ventedis dirigía las maniobras del juego propuesto por monsieur de Derke. El cansancio de correr de un extremo al otro del salón haciendo cadena produjo numerosas bajas entre las tropas que comandaba el capitán. Al finalizar el juego solamente se pavoneaban en el centro del salón, con gesto desafiantes, los dos metros de humanidad de Ventedis, el héroe de la noche. El flujo y reflujo de la fiesta había cambiado el personal de mi mesa. En lugar de Mr. Dixter y de Merlette, tenía a mi lado a la rubia miss Winter y a madame Ernest, "goubernante de la maison" quien, en calidad de empleada subalterna, al comenzar el "réveillon " había permanecido equidistante del grupo de empleados que veía bailar y de las mesas de los honorables huéspedes del "Sana".

El marqués de Rosignil, simpatizante, por el momento de la "egalité" y de la "fraternité", había elevado a la categoría de pareja de baile a madame la "gouvernante", la que seguramente previendo una buena "chance" había "camuflé" sus sesenta años con toda su pedrería falsa, y cubierto sus canas con un peinado que tenía bucles del novecientos, ondas del catorce y permanente del cuarenta.

Madame Ernesto y yo éramos desde hacía algún tiempo buenos amigos. El hecho de tener a sus hijos trabajando en una república suramericana, me había franqueado las puertas de su intimidad que para mí tenía interés de poder esculcar su pasado de hotelera en los holgados tiempos de antes de la gran guerra, y por ende darme cuenta de las andanzas de su cliente Lenin, conocido en esa época con el nombre supuesto de alemán.

El bello "Danubio Azul" abría de par en par el romántico corazón de madame Ernest, adolescencia en Inglaterra, juventud en Alemania, matrimonio en Francia, sumaban un total de recuerdos que tenía mucho de taller de mecánica y de edificación "modern style".

Con los ojos humedecidos me repetía: "qué tiempos aquellos monsieur Paródes" La reina Victoria, "trés gentille", Guillermo II, "un gaillard", et surtout París, gaie, charmante, adorable, monsieur Paródes"

Madam la "gouvernante" con su evocación se había enternecido tánto, que yo estuve tentado de darle la bendición como para absolverla de todo su pasado y prepararle una vejez y muerte tranquilas.

Miss Winter se había dado cuenta de que yo era su admirador. Y es que existían motivos para serlo. Sobre su cabeza de un rubio grato a Botticelli, caía como una luz de la escala de Jacob, su cuerpo, de una castidad de tapicería de Avignón, portaba un vestido negro de pudoroso corte sin más adorno que una delgada cinta azul que a paso de centella le atravesaba el pecho.

Hay en todos nosotros una canción que es como el himno nacional de nuestro fuero interno, y que hace poner de pies al amor cada vez que la oímos. Para mi contento, miss Winter conocía y cantaba la mía ¿Qué de raro, pues, que al amanecer le pidiera por la enésima vez my blue haven?.

Si, " mi cielo azul y de una edad que ya pasé ", la voz suave y confidencial de miss Winter la recordaba, casi al oído. Y aún amigo que supo amar con la pasión de Werther y aceptar la realidad con la sonrisa de Charlot.

Corridos los stores del gran ventanal, quedamos al desnudo los sobrevivientes de una fiesta fenecida. La luz amarillenta del naciente día, iba tomando lentamente posesión de los rincones del salón en donde sobre las mesas, y enterradas en carcáfagos de hielo y metal, dormían su último sueño las botellas vacías.

Antes de abandonar el salón me acerqué al ventanal a presentarle mis respetos al nuevo año. "les dents du Midi", la cadena del "mont Blanc", el Ródano y el bosque de pinos de la "boule de Gomme", tranquilamente reposaban en sus puestos, el "village" y los campos de Ski cubiertos de nieve. Para la naturaleza, como siempre, en esa noche, no había pasado nada.

El "sommelier", al servirme el desayuno, soltó una carcajada, en mi cara aún estaba viviente las huellas rojas del afecto de mis amigas y la barba parecía una media de Navidad rellena de confetti. Dos lágrimas se me escaparon al verme así todo enfermo, inválido y pintarrajeado como un payaso y afortunadamente no brotaron más, porque el ruiseñor de mademoiselle Lubac, mi vecina, me hizo recordar el grito de combate de Charlot : Mañana será otro día, mañana cantarán los pajaritos.

Cordial saludo,