RAUL ZAMBRANO CAMADER
1921 - 1972
Por: Guillermo Alberto González Mosquera

El 18 de diciembre de 1972, el país se conmovió con la noticia de la trágica muerte de todos los ocupantes de la avioneta oficial del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, en un aparatoso accidente contra uno de los cerros vecinos a la capital de la República. Venían de cumplir una comisión en los Distritos de Riego de la Costa Atlántica, en donde se había hecho entrega de títulos de propiedad a un buen número de campesinos sin tierra y se habían formulado importantes anuncios sobre el giro del proceso agrario colombiano, que en buena parte estaba en manos de los desafortunados ocupantes de la aeronave. En la lista de pasajeros aparecía el nombre de Monseñor Raúl Zambrano Camader, el progresista Obispo de Facatativá quien representaba a la Conferencia Episcopal en la directiva del INCORA y tenía una bien ganada fama de prelado firmemente comprometido con las causas sociales del pueblo colombiano.

Desde muy joven se había impuesto una exigente preparación académica, mucho más allá de las disciplinas propias de la carrera sacerdotal. Estudió Economía Agrícola en universidades del prestigio de Oxford en Inglaterra y Wayne en los Estados Unidos, en donde obtuvo su Master of Arts. Adelantó luego especializaciones en Michigan State College y en la Catholic University de Washington. Con este sólido bagaje académico y a su regreso a Colombia, se vinculó como docente a la Universidad Nacional y posteriormente a la Universidad del Cauca. En una decisión fuera de lo común, cuando era párroco de Santo Domingo en Popayán, fue llamado a ocupar la Secretaría de Educación del Departamento del Cauca. Tenía la virtud de hacerse respetar por su inteligencia, pero sobre todo por su posición frente a la problemática del país, que analizaba con valor en la cátedra, en los ensayos que escribía para la prensa y en el propio púlpito. Si bien no perteneció formalmente a grupos como el de Golconda, que en Colombia preconizaron la denominada Teología de la Liberación, sí estuvo cercano a ellos y en varias oportunidades expresó sus simpatías con algunas posiciones, especialmente con las que sostenía el polémico Obispo de Buenaventura, Monseñor Gerardo Valencia, quien también habría de morir prematuramente en un accidente aéreo en las selvas del Chocó. Triste destino el de los dos prelados de vidas paralelas, segadas en el momento en que más inteligencia y esfuerzos dedicaban al mejoramiento de sus comunidades.

En 1952 es preconizado Obispo Auxiliar de Popayán y en 1957 es consagrado Obispo de la sede honorífica de Risino, Italia. Cinco años más tarde y luego de una gestión sobresaliente en el episcopado auxiliar de la Arquidiócesis, tomó posesión como Obispo de la recién constituida diócesis de Facatativá, en las cercanías de la capital de la República. Se acercaba así más a los centros de decisión, lo que facilitaba su participación en importantes juntas de carácter nacional como la del Instituto de la Reforma Agraria y la del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, en donde tenía la representación de la Iglesia. Por esa misma época se lo designa para hacer parte de la Comisión Nacional sobre Empleo, que buscaba definir una política nacional para combatir un problema de graves proporciones en el panorama social y económico del país.

Desde un principio, sus actuaciones en la Conferencia Episcopal Colombiana lo señalaron como un hombre que indicaba con claridad las nuevas rutas de los tiempos. Alguien a tono con el aggiornamiento que requería la iglesia para posicionarse frente a los agudos problemas colombianos de pobreza y marginalidad. Especialmente sus tesis sobre la necesidad de una reforma agraria integral, respaldada por la Iglesia, empezaron a abrirse paso en vastos sectores de la sociedad. Zambrano Camader, representó en su tiempo una posición de avanzada, respaldada en su formación académica y en buena parte producto de su contacto con la Universidad y con sectores marginados que tuvo la oportunidad de dirigir en sus tiempos de sacerdote y Obispo en el Cauca.

Entre las distinciones de que fue objeto figuran la Cruz de Boyacá, otorgada por el gobierno colombiano en 1969 y el Doctorado Honoris Causa que le confirió la Universidad del Atlántico en 1971.

Habría muchas razones para pensar, que si el destino no se interpone en ese anochecer de diciembre del año 72, cuando una imprevisión dejó sin combustible a la pequeña aeronave que traía al ilustre prelado, su ascendente carrera necesariamente habría culminado en la púrpura cardenalicia, altísimo honor que muchos consideraban que le estaba destinado. Apenas acababa de cumplir los 51 años de edad y ya había ganado un sitial de honor en la historia eclesiástica colombiana.