LA CIUDAD RESPLANDECIENTE
Jueves 28 de junio, 2001
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Ruth Cepeda Vargas nos entrega un hermosa página titulada "Nuestra ciudad merece respeto" que reproduce El Liberal (24 de junio, 2001):

""" ... Anoche venía del norte hacia el centro. La ciudad resplandecía bajo las estrellas. Era mágico verla así, tan quieta y sola.

Me detuve a mirarla. La luz de los faroles le daba al paisaje un tono de intimidad profunda. Y era tal el sortilegio que de cada ventana, de cada reja, detrás de todas las esquinas, parecía surgir una canción de amor que haría que el encanto que la circundaba fuese total.

Rescatada de escombros, salvada de la muerte, esta ciudad, afrentada por muchos, es cada día más joven. Sus muros que esconden y alimentan la historia salen airosos de todas las batallas. Cuando el desastre, en lo único que se pensó fue en abandonarla. Todo parecía tan perdido, tan sepultado bajo el polvo centenario, que era casi imposible, imaginar siquiera, que ella pudiera recuperarse. Fue entonces cuando despertamos de esa pesadilla y entendimos que nuestro sitio era éste.

Es cierto que se perdieron lugares profundamente amados. Ahora ya no abrimos la alta ventana para mirar la cúpula. Ni nuestros pasos se mueven por los largos corredores de una casa tan antigua como la luna. Sus muros se desmoronaron y desapareció.

Hoy nuestro paisaje es otro. Perdimos espacios, pero ganamos otros. La gente joven se asombra y no entiende que un pueblo pueda luchar por sus sitios de orígen y defenderlos siempre. Pedir respeto por ellos. Cuidarlos y mostrarlos como una hazaña. Es apenas natural. Porque se nos había extraviado la brújula de la infancia. Se había vuelto polvo el paisaje que contuvo y mantuvo nuestros sueños. Se desplomaron espacios irremplazables, colmados de nostalgias, de atmósferas únicas, de jardines secretos, de vivencias cotidianas y humildes. Piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, la ciudad surgió nuevamente. Manos expertas que la conocían y la amaban, rehicieron el muro, la sombra del alero, la profunda escalera, la ventana por donde entraba toda la luz del mundo.La inmensa ánfora que un día se rompió, volvió a modelarse con la tenacidad que sólo el amor da.

Y estamos dentro de ella. Hacemos parte de ella. Uno queda tatuado por la ciudad que habita. Guardaremos su magia para que su sortilegio nos acompañe siempre. Hay sitios en el mundo que no pueden, ni deben perder su identidad. Ese es su sello. Su carta de compromiso con la vida. Su raíz única que ninguna generación puede desconocer, ni atropellar.

"La única forma que tiene el hombre de vivir con dignidad, con cierta esperanza, en estos tiempos, es mirar atrás. Saber en qué eslabón de la cadena nos encontramos. De lo contrario seremos un corcho solitario en mitad del temporal, sin ninguna referencia. Y esta es una situación atroz, de completa orfandad".

Las ciudades no son de un alcalde. Son de todos. Nosotros las habitamos. Las gozamos y las padecemos. Las cuidamos o las destruímos. Popayán es sabia cuando después de cada tragedia, arma nuevamente su gran rompecabezas histórico. Ella sobrevivirá mientras la amemos. Su gran esplendor sumergido, fue rescatado y devuelto al sitio que le pertenecía.

Y hoy resplandece bajo las estrellas. ... """

Cordial saludo,