LUÍS ÁNGEL RENGIFO
1908- 1986
Por: Guillermo Alberto González Mosquera
De: Mario Pachajoa Burbano

Marta Traba, la gran crítica de arte, dice del grabador que "se mueve con algo de alquimista y algo de mago, buscando formas, líneas y calidades que muchas veces resultan imprevisibles". Y citando a un crítico contemporáneo, recuerda ese milagro constante que va resultando de esta forma del arte en la cual "cada plancha debe leerse como un poema". Esa es precisamente la manera de acercarse al Maestro Rengifo, el restaurador del grabado en Colombia y su más importante exponente en los últimos años. De su obra se han ocupado los más destacados comentaristas del arte colombiano que valoran en toda su intensidad, la laboriosidad y el dominio que demostró a lo largo de toda su creación. Walter Engel, a raíz de una muestra de más de cien obras de Rengifo en la Biblioteca Nacional, en la que pudo demostrar la gran variedad de técnicas que dominaba, entre ellas cinco diferentes procedimientos de grabado, manifestó con asombro: "uno no sabe qué admirar primero, si la expresión de los seres y del ambiente, o la perfecta combinación formal en la cual nada falta ni nada sobra". Y con el mismo tono lo recibió la crítica de México, el país en donde pasó cinco años que marcaron profundamente su espíritu y derivaron hacia esa expresión dramática de muchas de sus obras, con ambientes sociales en los que hay severidad en la temática, llena de sutiles insinuaciones, con blancos y negros en que se adivinan los hondos misterios del ser humano.

Rengifo nació en la legendaria y vieja Almaguer, en el sur del Cauca, una ciudad que se fundó casi simultáneamente con Popayán y que conoció el auge de la minería y la alucinación de épocas de un esplendor efímero que desapareció cuando se esfumaron las vetas de oro y solo quedaron las leyendas del pasado, como visiones fantasmagóricas. Allí vivió hasta los ocho años de edad, pasó al Seminario de Popayán y luego a la Universidad del Cauca en donde recibió clases de pintura de los Maestros José Vicente Rivera y Efraín Martínez. Se trasladó posteriormente a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional en Bogotá y allí se encontró con su coterráneo Rafael Maya que entonces dirigía la institución. Maya no vaciló en apoyarlo al darse cuenta de su talento singular y su avidez de conocimientos. Más tarde lo expresaría así: "No creo que haya habido en el país una conciencia artística tan lúcida y disciplinada como la de este pintor, que llega a la madurez de la expresión pictórica después de un proceso lento y seguro de depuración, no sólo en cuanto al concepto teórico de su arte, sino en lo relacionado con la fusión práctica de la actividad creadora"

Los cinco años en México al lado de maestros de la significación de Francisco Díaz de León, que formó toda una generación de grabadores, significan su ingreso a un trabajo testimonial, pudiera decirse que documental, en el cual la figura humana y el paisaje están inmersos en una dura realidad social en que el tema se sobrepone a la propia experimentación formal. Sería precisamente lo que el Maestro afirmaría en su obra inmediatamente posterior. Sus tres exposiciones de la época - Bogotá en 1951, Popayán en 1952 y Bogotá, en la Galería El Callejón en 1955 - muestran su desarrollo y constante evolución. "Yo actúo - dijo - sobre temas frágiles y en composiciones de forma y color, a veces acercándome al surrealismo o al post-impresionismo. En todo caso sostengo siempre un marcado afán investigativo que me libera de la monotonía temática, en busca de un estilo, o quizá de una manera de ser como artista"

Un hito importante en su vida lo constituye la docencia que practicó con dedicación y generosidad. En 1950 reinauguró en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá la cátedra de grabado. Sin egoísmo, se dedicó a formar alumnos que aprendieran las diferentes técnicas y que en cierta forma crearon escuela. Como dominaba el oficio y tenía una arraigada concepción del deber artístico, dejó un legado que ha permitido la existencia de una renovada generación de grabadores colombianos, que han hecho posible la popularización de este arte singular. Fueron más de 17 años de docencia y trabajo infatigable en medio de la sencillez, el amor continuo y sin desfallecimientos por el oficio que había elegido y su deseo de trasmitirlo a los demás. Los conocedores de su obra, como Eugenio Barney Cabrera, destacan dos ejemplos extraordinarios de su producción: un álbum de 13 grabados sobre la violencia, testimonio de la más grave y persistente de las dolamas del país y los grabados monumentales para el Museo Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá. Debe también destacarse una excepcional "Semana Santa en Popayán", compuesta por 20 piezas que logran plasmar todo el ambiente popular y místico de la máxima celebración religioso-cultural de Colombia.

Dejó a su fallecimiento en Bogotá en 1986 una obra perdurable y un magisterio auténtico. Ambas cosas deben incorporarse a los motivos de orgullo para el Cauca en el siglo XX.