REMINISCENCIAS DE ANTAÑO
Viernes 15 de agosto, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

José Manuel Grott (1800-1878) escribió hace unos ciento cincuenta años sus famosos "Cuadros de Costumbres" que nos sirven para compararlos con la vida de Popayán en ese entonces. Reproducimos a continuación unos cuantos párrafos de su famoso libro, aquellos relativos a las "costumbres de antaño"

Cordial saludo,

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Cuadros de costumbres
Costumbres de antaño
Por José Manuel Grott

Párrafos seleccionados

(...) Las épocas que se atravesaban eran la nochebuena, la semana santa y el Corpus con sus octavas. En los intermedios había otras fiestas chirriadas y fecundas en solaz y contento. Tales eran las de El Campo, las de La Peña, las de Egipto. En todas ellas se encontraba el viajero (porque salir uno de su casa para ir a alguna de esas partes, era como hallarse en un país diferente) en medio de una población de toldos y tiendas de campaña. ¡Oh, qué movimiento! ¡Qué alboroto! Aquí las cachimonas; allí las blancas y coloradas; las loterías con su eterna cantinela; todos estos juguetes en sus mesitas rodeadas de artesanos, de peones, de soldados, de mujeres. Allí el gran toldo del pasadiez, con su gran mesa rodeada de gente. Las viejas trasnochadas, con la saya arremangada, la mantilla por el pescuezo y el sombrero redondo de ir a misa. Las mozas también revuelven con sus blancos y ensortijados dedos los montones de pesos fuertes y de onzas que tienen junto. A la cabecera está el tirador con tantos ojos y tanta boca abierta tras la bola que va rodando. Aquel toldo no cabe de gente que se apunta, que conversa y que mira. Las cenas, los pavos, los ajiacos, las fritadas dan con sus vapores por las narices aquí y allí, y las cantinas con sus mesas cubiertas de bizcochos, bizcochuelos, turrones, arepas, barquillos, caspiroletas y ariquipes en bandejas; frascos de alojas y horchatas, dan en los ojos por todas partes, provocando el apetito de los más desganados; el aguardiente era entonces vergonzante.

¿Y los muchachos? ¡ Ah, los muchachos! Pues los muchachos se andaban en sus glorias, metiéndose por una parte y saliendo por otra, siempre con la boca llena y la cara sucia con el sudor y la polvareda consiguiente al terreno teatro de las fiestas.

¿Y las niñas? Ah, pues las niñas iban con sus madres, abuelas o tías viejas, que por lo regular eran aficionadas al jueguecito, única costumbre que las luces del día han hecho desaparecer, con toda mi aprobación, y quisiera que mi voto constara afirmativo, porque después de que dejé de ser lo que era, he conocido no ser muy conveniente que las niñas fueran tras de sus madres o tías, metiéndose en esa baraúnda de los toldos, cuando una escolta de los nuéstros (sin borrachera) iba siempre detrás, como pajes de canónigos en viernes santo, y a las abuelas desde que ponían el pie en la puerta del toldo y oían el ruido de la bola, les sucedía lo que a los cazadores cuando se levanta venado, que no reparan en nada, y se botan por un cerro abajo, aunque se los lleve la trampa, con todos los que vienen detrás. Así, esas venerables matronas perdían los estribos de su gravedad desde que entraban al toldo del pasadiez y se sentaban en un escaño sin quitar la vista de la bola y de los pesos, mientras las niñas estaban detrás aguantando empujones, apretones de la insolente chusma, sin más amparo que aquellos jóvenes que de puro comedidos íbamos de pajes para favorecerlas y prestarles auxilio.

Había aquí ciertos reposteros, afamados por su pericia en el arte gastronómico y por su buen servicio. Estos eran unos hombres formalotes, a quienes los comerciantes no tenían inconveniente en fiarles cuanto pedían, ya fuese de rancho, ya fuese de cosas para el servicio de las mesas. Los nombres de Ezpeleta, juancho y Julián, valían por una escritura y eran los centros de los grandes círculos gastronómicos de las fiestas. A -ellos les pedían las cenas, las meriendas, las comidas, los almuerzos, un día unas familias, otro día otras, y sus grandes toldos de campaña, que más parecían casas que toldos, se hallaban a todas horas llenos de la gente más granada de Bogotá.

Por lo que hace al pueblo, también tenía sus Juanchos y Juanchas, y en más abundancia, que ponían grandes toldos de chicha, mute, bollos, ajiacos, etc., etc. Allí se oían el alfandoque, la pandereta, los típles y las coplas a voz en cuello. Solían alegrarse demasiado estas reuniones, que paraban en pescozones y rasguños; pero los alguaciles estaban listos, y en el momento se ponía todo en paz, porque temían a la justicia, y la justicia todo lo que hacía era meter a la cárcel, o al divorcio, a alguno o alguna por veinticuatro horas, a dormir la chicha, sin que se alegara detención arbitraría. Los artesanos iban con su buena ruana pastusa de a veinticinco pesos, con su sombrero de pelo y gran pañuelo almidonado en la cabeza; camisa con cuello tieso y labrado, chaquetón de pana con botones de cascabel; calzón corto de chamelas de plata y alpargatas nuevas, con ligas de seda y borlitas de hilo de oro, y en el bolsillo no les faltaban sus ocho pesos fuertes para cada día de fiestas.

Iban éstos como unos patriarcas, con su mujer y sus hijos. El lujo de las mujeres del pueblo era, en esos tiempos, las enaguas de bayeta rosada con cintas celestes; mantilla de paño azul y sombrero de castor negro de copa redonda y ala extendida; otras usaban cubanos con cintas de raso, mantillas y enaguas de paño azul. No había mujer de maestro artesano que no tuviera gruesas sortijas, zarcillos y gargantillas de oro o de plata, con relicario de Santa Bárbara, en óvalo de algunos de estos metales; a lo que se agregaba el rosario con pasadores y cruz de oro, con más la covalonga engastada en plata, para el mal de ojo.

En la nochebuena, los buñuelos eran el emblema de la época, y los hacendados de tierra caliente se hacían un deber el mandar el regalo del melado a sus amigos, regalo que no bajaba de un zurrón para cada casa, y a los conventos mandaban una o dos cargas a los procuradores para endulzar sus cuentas con los provinciales, los que eran sus inquilinos.

Las misas de aguinaldo, los pesebres, los bailecitos, los buñuelos y empanadas llenaban la época, que concluía con la misa del gallo el día de pascua, y seguía el apéndice hasta el de reyes, que era -el gran día de las fiestas en Egipto. Pero los pesebres, sobre todo, era lo que más fijaba la atención. Casi no había casa donde no pusieran pesebre, y en esto había cierta competencia que los hacía notables cada año por alguna nueva idea, aunque no como la idea nueva de ahora. Había entre los maestros de oficios, y principalmente entre los sastres, ciertos varones eruditos que lo entendían para poner pesebres y bosques, y nótese de paso que los sastres siempre han sido eruditos entre nosotros. Estos varones eran llamados por las señoras de las casas para que les pusieran el pesebre, y ellos, después de dejarse rogar un poco para hacer más recomendable su ciencia, iban a poner el pesebre. Se les hacía entrega de la pieza, del laurel, los monos, las conchas, caracoles, chochos y casitas de cartón para formar aquel nuevo mundo, que debía presentarse a las miradas de todos. Ellos empezaban por poner el portal, y después, siguiendo el hilo de la historia, disponían lo demás por un orden cronológico tan ajustado, que muchas veces, junto a la casa de Herodes, seguía una gruta con su ermitaño rezando el rosario ante el crucifijo; más allá se veía una venta de indios en chirriadera, y un capuchino bailando con los hábitos arremangados; después, los reyes magos, y luégo un batallón de soldados vestidos a la francesa, y así otras mil cosas, sin cometer mayor anacronismo.

La familia de la casa hacía la novena del Niño, por la noche, y en muchas de ellas había convidados. Los cachacos de entonces eran más respetuosos; no dejaban de rezar en estos convites, aunque de cuando en cuando tiraran algún bodocazo. Después del rezo era la exhibición del pesebre. En esas noches estaban las calles llenas de gente que andaba viendo pesebres con muy buen humor, pues entonces no había política que indispusiera los ánimos. Tampoco había quejas ni desórdenes en la concurrencia a los pesebres: todo lo que podía suceder era que al salir se encontraran algunos camisones o mantillas cosidos contra alguna capa o casaca. Un riesgo había, y era el de que pudieran robarse algún objeto curioso, y para evitarlo, se ponía por lo regular una criada a un lado del pesebre para que estuviera mirando, aunque a veces no valía esta centinela y se tomaban otras precauciones, tales como la de amarrar con alguna cuerda o alambre aquellos objetos que pudieran correr riesgo. (...)