PEDRO ANTONIO PAZ REBOLLEDO
Martes 23 de abril, 2006
De: Mario Pachajoa Burbano

 Amigos:

Desafortunadamente iniciamos esta nueva etapa de la Red de payaneses, con una noticia triste y es el fallecimiento a los 92 años de edad, en Popayán, de don Pedrito Antonio Paz Rebolledo, el pasado Viernes Santo, 14 de abril del 2006.
Pedro Antonio tuvo su mejor etapa en la docencia, "profesor de generaciones". Fue profesor insigne del seminario, la universidad, del Real San Francisco de Asís, del Liceo. Por centenares se cuentan sus agradecidos alumnos.
Inició las procesiones de Semana Santa para niños en Popayán que han tomado una importancia internacional.
Como escritor, además de su columna periodística sobre el español, escribió un folleto sobre anécdotas payanesas y numerosos artículos en el más puro castellano.
Recibió muchos honores durante su prolífera vida, entre ellos: la Medalla José Hilario López, la Cruz de Belalcázar, la Orden de la Alcayata de Oro, la Medalla Cívica Camilo Torres, el título de Profesor Emérito de la Universidad del Cauca.

"Vivió una vida adusta, rodeado de sus libros, del culto a la tradición, de un diario ejercicio de popayanejismo ejemplar. Su partida definitiva deja un vacío en la ciudad."

Entre los muchos artículos publicados a su memoria, reproducimos el de Gloria Cepeda Vargas.

Para la familia de Don Pedrito nuestros sentimientos de condolencia.

Cordialmente,

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Don Pedro Antonio Paz
Por: Gloria Cepeda Vargas
El Liberal, abril 17, 2006


Y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera. Antonio Machado.

Don Pedro Antonio Paz nos dice adiós un viernes de dolores. Podría suceder que su alma suba ahora confundida con el humo de las sahumadoras o que, fiel al ancestro, haya escogido para la última ceremonia visible, el tiempo de las palmas y el gotear de la cera de laurel. Y es que ahora la Semana Santa payanesa hablará con tristeza de su ausencia. Porque este caballero que hoy debe andar como don Quijote desfaciendo entuertos o intentando aprehender las cabriolas de un nuevo idioma, fue, como pocos, el leal vigilante de su esencia.

A pesar de los siglos, ‘la síntesis castellana y heroica de Popayán’ se mantiene en la solemnidad de sus desfiles sacros. La ‘muy noble y muy leal’ villa fundada por Sebastián de Belalcázar en un ‘valle feliz’, poco a poco ve reducirse su epidermis. Sólo la urdimbre elemental persiste.

De ese telar tejido por seres duchos en las lides de la inteligencia, forma parte esencial el hombre que acaba de morir. No recuerdo cuándo lo conocí. Sólo sé que su figura va unida a los recuerdos de la infancia. Muchas veces, a la salida del colegio, lo veía pasar lleno de sol o casi levitando en los ariscos vientos que presagiaban el verano. En ese tiempo no sabía que los seguidores de la saga idiomática, se denominan humanistas. Apenas intuía, en mi desconcertado arrimo a la poesía hecha de letras y sentimiento, la presencia del maestro, para mí entonces inalcanzable.

Pasó el tiempo. Me fui de Colombia a terminar de crecer en otro sitio. Por largo tiempo, sólo interrumpido por esporádicas visitas a la ciudad, perdí de vista a Pedro Paz, hasta que hace algunos años calcé de nuevo los viejos zapatos y regresé a respirar en Popayán.

Desde entonces lo visitaba algunas veces. Me sorprendían la vastedad de sus conocimientos y su habilidad para situar las fichas y dar el jaque mate en un juego que entrelazaba reglas gramaticales, destreza en conclusiones y enunciados, erudición en el manejo del francés, el inglés, el latín, el italiano, el griego. Su modesto escritorio, flanqueado por un cúmulo de libros que de tanto ser trajinados parecían guardar la huella de su mirada, muchas veces lo sorprendió más allá de la medianoche empeñado en traducir al francés los discursos de Maya.

Dicen que todos somos irrepetibles. Cada quien en el espacio que le fue asignado, cumple una misión exclusiva. Pero sucede que en este caso la orfandad en que deja don Pedro Paz a esa miríada de criaturas esenciales que con tanto amor puso al servicio de la ciudad, se hará sentir por mucho tiempo.

Descanse en la paz que merece este maestro y señor excepcional a quien con todo derecho podríamos aludir con las palabras de Antonio Machado en su Elogio a Francisco Giner de los Ríos:

“¿Murió? Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara
diciéndonos: hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más: sed lo que he sido
entre vosotros: alma”.