RAFAEL ARBOLEDA MOSQUERA
Miércoles 29 de noviembre, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Un día como hoy, 29 de noviembre de 1842, nace en Popayán Rafael Arboleda Mosquera, hijo primogénito de Julio Arboleda Pombo y Sofía Mosquera y Hurtado.

Rafael hizo sus estudios en Alemania y Francia, coronándolos en la Escuela Central de París con gran lucimiento los de ingeniería. Durante algunos años trabajó en empresas de ferrocarriles en España y Portugal. Rafael, además de ingeniero, tenía conocimientos literarios extensos y hablaba a la perfección cinco idiomas.

Miguel Antonio Caro dice de él: "Con ser tan instruído, Rafael, más que todo era bueno. Sus palabras llevaban el timbre característico de aquellas que no tienen su asiento en la laringe, sino que salen del fondo del alma. Otros usan de suaves modales para neutralizar la aspereza interior. Rafael no sabía disimular, ni tenía para qué usar el disimulo: la franqueza que le era característica no le exponía a ser rudo, porque la suavidad, que recibió en herencia de su santa madre, estaba en el fondo de su carácter y en sus sentimientos. De las prendas del hombre de familia que resplandecen como en su propio centro, en el hogar doméstico, Rafael era un modelo formado por la misma naturaleza".

A la raíz de la trágica muerte de su padre regresó de Europa, consagrándose a reparar las pérdidas experimentadas por su familia durante las guerras civiles.

El Presidente, en ese entoces Rafael Núñez, sabedor de los elevados conocimientos en ferrocarriles de Rafael Arboleda recomienda a Cisneros que lo contrate para dirigir los trabajos de ingeniería del ferrocarril de Girardot a Tocaima.

Los negocios de campo que tenía en el Cauca eran un inconveniente para que aceptara la propuesta y se le facilitó que arrendara sin desvantaja la hacienda La Bolsa que administraba Rafael y se trasladó a Girardot con el cargo de Jefe del Cuerpo de Ingenieros.

Por ese entonces la fiebre amarilla afligía las playas del Magdalena y se habían presentado casos en Girardot. El Gobierno autorizó a los empleados de la empresa a que visto el peligro, trasladásen el campanento fuera del radio de la epidemia. Pero este cambio perjudicaba a los trabajos comenzados; y los altos empleados, Rafael, a la cabeza, contestaron que no creían llegado el caso de hacer uso de semejante autorización.

Rafael se mantuvo en su puesto y conservó la serenidad hasta el último instante. Había visto caer a otros a su lado; enfermó su criado y él mismo, en la casa que habitaba, en su propio cuarto, le atendió con esmero, y le enterró luego. Esta fue la última señal de prevención que le dio la epidemia: sintió él, en sí mismo, los síntomas fatales.

Todo fue en vano. Agotáronse los recursos de la ciencia y los consuelos del amor y la amistad. Confortado con los sacramentos de la Iglesia murió a las cuatro y media de la tarde del primero de octubre de 1881.

Cordial saludo,