CECILIA QUIJANO DE VALENCIA
Lunes 9 de enero,2006
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Gloria Cepeda Vargas nos ofrece hoy una sentida nota en memoria
de la Gran Dama payanesa Doña Cecilia Quijano de Valencia.

Cordialmente,

***

Doña Cecilia Quijano de Valencia
Por: Gloria Cepeda Vargas
El Liberal, enero, 2006


“Y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera”. Antonio Machado.

Doña Cecilia Quijano de Valencia ha desaparecido. Quizá en el patio de su casa que en la calle segunda se yergue como centinela de uno de los sitios más representativos de la vieja ciudad, ahora, a la manera de Juan Ramón Jiménez, su “espíritu errará nostálgico” o cantará, como un pájaro libre, entre los geranios del amanecer.

La pareja integrada por Luís Carlos Valencia y Cecilia Quijano constituyó uno de los más firmes bastiones de la hidalguía payanesa. Muy jóvenes empezaron a recorrer juntos el camino y poco a poco el árbol solitario se multiplicó en follaje soberbio: Margot, Norma, Iván, Luís Carlos, Rocío, Hugo, Rodrigo y Lidia, son el producto excepcional de una unión sostenida en amor y respeto constantes.

Ninguna de las modalidades del arte les fue extraña. Músicos, pintores, compositores y escritores selectos, hicieron de su espacio más que un lugar proclive a los requerimientos del espíritu, el baluarte señero de nuestra tradición. El severo portón, las profundas alcobas, el patio derramado en trinos y aromas casi desvanecidos, alimentaron generosamente un clima propicio al diálogo y la introspección. Lápices, pinceles, instrumentos musicales y sobre todo, conocimiento innato de lo que fulge más allá del cristal, les marcaron el rumbo. Quienes tuvimos oportunidad de acercarnos a la familia Valencia Quijano, más de una vez nos hemos preguntado qué extraña alquimia les prodigó a raudales la opción de sublimar tan bella y sabiamente la realidad.

No conocí al padre. Sé que desde muy temprano acusó la embriaguez de múltiples talentos. Pintor, restaurador, orfebre, autor de originales diseños conformados con distintos materiales que él mismo mezclaba y distribuía hasta obtener el efecto deseado, su aporte inteligente al arte sagrado de la ciudad está representado en la Cruz repujada que exorna la iglesia de San Agustín y el impactante trono del Amo cubierto en totalidad con láminas de plata primorosamente labradas a mano. De él podríamos decir con la verdad a flor de labios: fue, por encima de todo, un maestro y un señor.

A doña Cecilia la visité más de una vez cuando ya su tiempo había transcurrido con largueza. Sentada frente al patio, tejiendo siempre prendas de vestir para los niños necesitados, desde la altura de sus ojos claros me saludaba la luz del corazón. Un río pacífico la recorría de pies a cabeza. Frágil y fuerte a la vez, las madonas de Rafael habrían vibrado con ella en la Florencia del Renacimiento. En su hogar, sembrado profusamente de panoplias memoriosas y exclusivos objetos de arte, alimentó el amor y la prolongación de una estirpe insobornable.

“A Popayán hay que evocarla en la melancolía del recuerdo. Como las mujeres demasiado amadas, está condenada a soportar el peso de todos nuestros sueños”, dijo Silvio Villegas. Así podríamos recordar a esta matrona payanesa que, plena de gracia y señorío, acaba de cruzar por última vez la puerta de su casa.