CECILIA QUIJANO DE VALENCIA: II
Martes 3 de enero, 2006
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Participamos a ustedes la nota para El Liberal y las palabras dichas durante la ceremonia religiosa del sepelio de la distinguida dama payanesa Cecilia Quijano de Valencia, por su hijo Rodrigo Quijano Valencia.

Reiteramos nuestros sentimientos de pesar a sus hijos y a la familia Valencia-Quijano.

Cordialmente,

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CECILIA QUIJANO DE VALENCIA
Por: Rodrigo Valencia Quijano
Popayán, enero 2006


La llamábamos cariñosamente Ila. Su rostro era fecundo, asomaba infinitas gamas del tiempo y la ternura. Hablaba desde el alma y tejía para los niños pobres. A veces, su memoria, que no mermaba con la edad, nos situaba en placenteras remembranzas, ratos para ponderar su maravillosa compañía, y su risa se entrañaba igualmente de tristezas, algo indefinible entre esos muros de la casona, pródigos de adornos de épocas antiguas, amplios lugares para encontrar y descubrir los pensamientos o los intrincados juegos del misterio.

Se casó con el Maestro Luís Carlos Valencia, el pintor que supo robarle sus miradas para la eterna faena de la vida compartida; y tuvo ocho hijos que son aún la herencia de sus afanes, y que así la vieron repartir su amor de madre en todas sus tareas. Su historia transcurrió en Popayán, y es la seña que llevamos los suyos en el alma, que esperamos fructifique en su memoria.

Hoy nos duele no tenerla más; su vida se apagó a la edad de 86 años, camino que recorrió con valentía, al lado de su familia, como madre, esposa, abuela, bisabuela y amiga generosa. Hoy no tenemos ya su cuerpo, pero la huella de su nombre va, de día en día, animando nuestra aventura en esta vida; al igual que sus hermosas canas, que nos recuerdan, de cuando en cuando, la pureza.

Rodrigo Valencia Q.

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A MI MADRE, IN MEMORIAM
Por: Rodrigo Valencia Quijano
Popayán, enero 2006


Querida Ila:

Esta mañana entramos a la casa, pero había un silencio triste. Las flores del patio brillaban mucho menos, y los pajaritos se miraban nerviosos, como preguntándose unos a otros: “¿Dónde está nuestra amiga de siempre, la dama de cabellos blancos?” Y, efectivamente, tú ya no estabas sentada en el escaño frente a ellos, tejiendo para los niños pobres, ni canturreando esa tonada que sólo tú conocías en el fondo de tu alma. La casa parecía deshabitada, aún en medio de pasos sigilosos; y cada uno de los rincones, más grande por tu ausencia, guardaba mudos, nostálgicos clamores de otros tiempos. Las cosas, las antigüedades, las pinturas y brillos de los cobres, las armas vigilantes y los espejos patinados por la edad, los escudos y las losas españolas, todo era un testimonio de tu paso inolvidable al lado de tu amigo el pintor; habías construido con él un mundo preservado, paradigma de ideales de otra época. Allí vimos el arte, las cosas que no se olvidan nunca, los juegos perdidos de la infancia, las palabras tiernas y la risa que acercaba nuestras complicidades familiares.

Y cosa rara, en la sala, el reloj francés, que nunca había sonado antes, anunció la hora de las despedidas. Mas no te podremos decir adiós eternamente, sino gracias, ¡muchas gracias!; porque ahora, más que nunca, te llevaremos en la piel, en la sangre, en la voz que extraña las presencias infinitas, en los ojos que escrutan el silencio de las almas, tanto como en los oídos que todavía atesoran los ecos de tu andar por este mundo. Habrá una mirada en cada cuadro, en los tejidos de los cortinajes y brocados, en las puertas que se abrían de madrugada con tus pasos, en los baúles misteriosos y en la pila, oráculo del patio viejo. Oiremos aludes de tu voz en aquella Sexta Sinfonía de Beethoven, en la música de Chopin, en las veladas con violines y guitarras, y en la canción de Las Acacias. Alguna voz triste de Silva o de Barba Jacob acompañará nuestras almas en la soledad de una tarde sombreada por tu nombre; y, no hay duda, te sentiremos cuando vengan los canastos del mercado con el olor de los cilantros y las flores que por ratos mirabas asombrada, como descubriendo en ellas toda la belleza de una vida.

Parece lejos, pero no lo es tanto; el tiempo se vuelve nada, cuando lo llena tu alma dentro de nosotros. Buscábamos siempre un consejo tuyo, una dulzura en la sonrisa o una historia en qué creer, cualquier razón para reír y muchas señales esperanzadoras; a veces, hasta las arrugas de la edad. Ahora, cada vez que salgamos a la calle, te hallaremos también en las miradas de las gentes buenas que buscan la ilusión, esa orilla de la poesía y de todas las reservas del saber; y aún, también, en medio del ajetreo y afán de las multitudes que han nacido de mujer, llevaremos, cada día, el tiempo que se aleja de tu historia, sin que pueda hacernos olvidar tu nombre nunca.

Querida Ila: hemos visto tu rostro toda una vida, y eso nos basta. Nos acompañaste desde siempre y para siempre, entre el secreto inescrutable de los días, con el amor que se renueva y las caricias inolvidables. Mas esta mañana entramos en la casa, y tú ya no estabas. Y, miren: de pronto, los pajaritos y los pétalos de las flores del patio volaron extrañamente hacia el cielo, agitando el aire de colores; y después se oyó una voz que decía:

“Querida amiga, desde hoy estaremos contigo en el Paraíso”.
Rodrigo Valencia Q.