CECILIA QUIJANO DE VALENCIA
Miércoles 24 de noviembre, 2004
From: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses: 

Cecilia Quijano de Valencia cumplió el 22 de noviembre, 85 años de vida y sus hijos, familiares y amigos le festejaron ese acontecimiento. El padre Jenaro Rojas celebró una misa en la residencia de la homenajeada y enseguida se sirvió una elegante cena. 

Durante la fiesta su hijo Rodrigo Valencia Quijano leyó una bella composición que para festejar dicho aniversario había compuesto y que ofrecemos en esta misma nota. 

A Cecilia Quijano de Valencia nuestras felicitaciones y deseos por una larga y saludable vida para felicidad de sus hijos y demás familiares. 

Cordialmente, 

*** 

QUERIDA ILA: 
Por: Rodrigo Valencia Quijano 

Noviembre 22, 2004 

Foto de familia 
Un día vi que el tiempo es la pregunta inescrutable. Con los ojos fijos en su abismo, no pude entender su significado; volátil, se iba, huía entre los instantes. 

Un día vi que la vida enredaba infinitamente los seres y las cosas. Un gigante arreglaba los destinos, les daba un sitio sin saber por qué; los seres confundían sus nombres y deseos entre los espejos turbios. 

Un día le dije al viento que me diera la clave del futuro. Vino con fuerza y me tumbó en el olvido y la inconsciencia; las ráfagas silbaban una música desconocida. 

Un día vi que ni el sol podría alumbrar las preguntas infinitas de la inteligencia; se quedaban como niebla entre sus razones inciertas. 

Un día fui a la playa a escuchar el canto de las sirenas. Traían un lamento que cubría los rostros y las nubes; era un eco que extraviaba los sentidos. 

Un día subí al cielo para ver si había una eternidad. Allí se perdía la mirada en el vértigo del silencio; volví abajo con razones para el desencanto. 

Un día quise beber de la ciencia secreta de los sabios. Era incomprensible; sus pergaminos viejos y manchados quemaban las retinas con un fuego insatisfecho. 

Un día fui a los cementerios de la tierra para averiguar sobre el enigma y la clave de lo desconocido. Las tumbas, mármoles fríos, se burlaron de mis pretensiones. 

Pero hoy, esta mañana, comprendí que nada de eso era necesario; porque, querida Ila, vi el tiempo infinito reflejado en tu rostro; y entendí que la vida era tu sola presencia entre los días; que el futuro era la esperanza de tu alma; que la eternidad era la calma viniendo de tus ojos; que la muerte no existe cuando se ama; y que la ciencia es como tu silencio en la soledad del día. 

Querida Ila: tú eres el alma de esta casa. Aquí aprendimos el juego de las horas, historias de pintores y la música del alma. Y hay poesía en los rincones; las antigüedades escriben folios para la remembranza. 

Esta mañana golpearon en la puerta. Era el tiempo; vino a decirnos que cumplías 85 años. Comprendimos entonces las razones del destino; los años no son abalorios que se olvidan en la sombra; han cubierto tu cabeza con la dignidad plateada, y hay un reloj que nos marca grandes esperanzas: vendrán muchos más, a iluminar esta vida con tu vida, a escanciar benditos días entre los días. 

¡Feliz cumpleaños, Ila! 

Rodrigo Valencia Q,
Popayán, noviembre 22 de 2004