EXCURSIÓN AL VOLCÁN DE PURACE
Domingo 19 de febrero, 2006
De Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Alejandra Jojoa ("Mechas") y Diego A. Bernal B nos describen vívidamente
la excursión, hace algunos años, a la cima del Volcán Puracé.

Cordialmente,

***

Volcán Puracé... pura fe
Por Alejandra Jojoa y Diego A. Bernal B


"Y ahí estaba el cráter del volcán. Exótico, agreste, silencioso. La niebla que hasta hace unos minutos nos impedía ver a nuestros compañeros de aventura, rasgó su velo protector, para permitirnos contemplar las dimensiones de aquella milenaria boca de fuego. Estábamos en lo alto del Puracé. Pisábamos la tierra de los Coconucos. Un mágico lugar donde suelen ir a anidar... los cóndores" Maverick

El volcán Puracé, límite por el norte de la impresionante cadena volcánica de los Coconucos y uno de los sitios más hermosos de Colombia, dada la exhuberancia de su paisaje y las grandes reservas de agua, fauna y flora que alberga en sus más de 80 mil hectáreas de zona de reserva; ofrece a los amantes de las rutas de montaña, una de las cumbres más difíciles de alcanzar, teniendo en cuenta la fuerte pendiente y su régimen climático que hacen de los casi 4.700 m.s.n.m. de su cúspide, un gran premio al esfuerzo realizado. Alejandra Jojoa, una vieja amiga del volcán que ya ha posado sus pies en catorce ocasiones en la cima, nos ofrece un pequeño abrebocas de lo que significa ver el sur del país... desde el cielo.

A los pies del gigante

El 31 de agosto de 1998, hice mi primer ascenso al Puracé en compañía de Leonardo Ortega, ese duende inquieto y aventurero, que sólo una semana antes nos propuso el reto. Siempre había visto al volcán como una maravilla lejana. Jamás se me había cruzado por la mente, la idea de poner mis pies en su cima. Sin embargo, esa larga semana de finales de agosto, miraba al gigante desde los balcones de la Universidad del Cauca, con otros ojos. Mi espíritu volaba hasta recorrer su regular y armónica silueta. Me repetía mil veces que el domingo llegaría hasta allá. Envié mi espíritu primero. Probó el aire como lo sienten los cóndores; sintió las piedras del camino y el frío de las briznas de nieve cayendo. Al cuerpo le tocó la tarea de alcanzarlo… emprendiendo el primer paso.

Salimos de Popayán a las 6:00 a.m. Luego de un recorrido en bus de dos horas por la vía que de Popayán conduce hasta La Plata (Huila), la cual está pavimentada sólo en algunos tramos, llegamos a un punto conocido como el Cruce de la Mina, que hace referencia a una antigua explotación de azufre que existió en las faldas del volcán. Un recorrido inicial por parcelas sembradas de papa y atravesadas por múltiples riachuelos hasta llegar a la estación del guarda parques de Pilimbalá, ubicada a aproximadamente 2.800 m.s.n.m., fue el calentamiento para el gran reto que se nos venía encima. Luego de una taza de agua de panela con queso, emprendimos el ascenso a eso de las 8:30 a.m.

A través del páramo andino

Poco a poco el paisaje va cambiando y se convierte en un jardín de frailejones, musgos, líquenes, cascadas naturales, múltiples lagos y ese gran nudo de montañas que es el Macizo Colombiano. Las sensaciones son muchas.

Decenas de pequeñas lagunas, evidencian al páramo que circunda al volcán Puracé y en general, a toda la cadena volcánica de los Coconucos, como una de las principales reservas hídricas del departamento del Cauca y del país.

Emerge la alegría de estar vivo, de tener salud, amigos y la voluntad necesaria para caminar por estos parajes. Los ojos no se cansan de contemplar la inmensidad de la montaña.

A los 3.800 metros el paisaje se vuelve cada vez más agreste; la vegetación escasea progresivamente; los musgos se transforman en rocas; el viento azota más fuerte, transmitiendo en ocasiones la sensación al caminante, de ser elevado por los aires como si fuera una hoja. El clima radiante y el cielo azul de las primeras horas de la mañana, se torna paulatinamente en niebla densa que va cerrando el camino, el cual es ahora tan sólo perceptible gracias a la serie de piedras amarillas y blancas que orientan los pasos ya cansados y ayudan a que no perdamos la ruta.

Luego de tres horas de marcha, nos enfrentamos al trayecto final: un camino casi en línea recta vertical que exigen no sólo fortaleza física si no también una muy fuerte decisión, carácter y ganas del llegar a la meta. A estas alturas, alcanzar la siguiente piedra amarilla, distante una de otra tan sólo unos pocos metros, es toda una odisea. En cada paso se renueva la meta.

El cauca desde la cúspide

Ese día, tal vez con mi último aliento llegué a la cima y luego de un abrazo de Leo, me tiré en el piso con una sensación indescriptible en el cuerpo. Me sentí absolutamente orgullosa de mí misma. Le di gracias a Dios, a la vida, al aire. Sentí que me estrechaba en un solo abrazo con Leo. El sol, el viento y mis pies, finalmente juntaban el cuerpo con el espíritu en el punto más alto de mi Cauca. Me sentía grande. Me hice una sola con la montaña de fuego.

En solo unos segundos un viento suave alejó las nubes. Le dimos la vuelta al cráter que tiene un diámetro de aproximadamente dos kilómetros.

El cráter del Puracé evidencia el fogoso pasado de uno de los volcanes activos del país con mayor número de procesos eruptivos registrados en épocas históricas. Un gigante que finge dormir bajo la niebla, pero que debe ser vigilado de cerca.

Celebramos encontrar vida a los 4.680 metros sobre el nivel del mar, aunque se tratara de una pequeñísima hormiga y una flor. Sentimos que era un milagro. Logramos ver desde un ángulo privilegiado la extensión de ese bello pedazo de patria: el cause apresurado del río Cauca; el nacimiento de las cordilleras central y occidental; el vuelo majestuoso y soberano del cóndor de los Andes… Sí, después de muchos días de preparación y espera, de cuatro horas de camino. Después de muchos pasos y esfuerzos por respirar, estábamos en la cima del Volcán Puracé, a pura fe.