PURACE: 1823
Miércoles 13 de febrero, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Gaspard-Théodore Mollien, (hijo del conde Nicolás-François Mollien) a sus 27 años, hizo un viaje por la Colombia de 1823 y escribió el respectivo libro; por supuesto que aparece Popayán. Parte del contenido sobre Puracé y su Volcán lo incluimos en los siguientes párrafos:

""" ... Concebí, durante mi permanencia en Popayán, el proyecto de visitar al Puracé, cuya cima nevada (2.300 toesas) domina y fertiliza su valle. Así fue como me puse en camino el día 14 de octubre, dirigiéndome hacia el este; aunque el camino estaba seco y poco escarpado, llegué ya bastante tarde a la orilla del Vinagre, río que desciende del volcán del Puracé y cuyas aguas tienen la acidez del vinagre; desde allí fuimos a la montaña, bastante alta, donde está situado el pueblo de Puracé, en donde debíamos pernoctar. Cuando entramos en la aldea salían de ella un número considerable de individuos que llevaban nieve a Popayán.

El emplazamiento de Puracé es muy agradable puesto que domina el valle de Popayán. Está úno constantemente molesto por el polvo negro que levantan los vientos del nordeste, que son muy fríos.

Tanto en el trazado de las calles como en la distribución de las casas de Puracé se advierte mucho gusto. Cada una de ellas, construida con barro se levanta en el centro de un terreno bastante grande; del lado de la calle está el patio y detrás de la casa hay un jardín cuidado con esmero, en el que se siembran maíz, patatas y trigo, y en el que suelen haber algunos manzanos. Por las calles principales corren arroyos de agua límpida. Aprovechando el declive del terreno, cada vecino ha hecho a la puerta de su casa una especie de fuente, de donde toma el agua. Los indios de Puracé son sumamente apacibles; las palabras de su idioma tienen muchas consonantes, que lo hacen muy áspero; es el mismo de Totoró.

Les gusta la agricultura y se entregan con pasión a los trabajos del campo; pagan al cura 700 piatras en concepto de diezmos, cantidad que nos da la medida de su riqueza. En la choza en que pasé la noche, los dueños tuvieron para conmigo todas las atenciones imaginables.

Muy de mañana me puse en camino para escalar la montaña. Primeramente pasé los páramos que se encuentran al pie de la región de las nieves y que no ofrecen tántos peligros como los de Guanacos, circunstancia que se debe a su situación en relación con el viento. Después de haber pasado la región en la que las criptágamas, en su dimensión diminutiva tienen el porte y el ramaje de los grandes vegetales, y en que brotan en familias apretadas las unas contra las otras, como si quisieran calentarse mutuamente, llegué con mis peones al punto donde termina la vida vegetal. Rocas y grava forman la región en la cual los rayos del sol, sin fuerza, dejan acumularse los hielos.

El viento soplaba por ráfagas; cuando amainaba se percibían los silbidos del volcán que se hubieran podido tomar por los de las aves nocturnas. Avanzábamos con gran trabajo sobre las cenizas que cubren la montaña y las nieves que llenan las hondonadas, pero acabamos por acercanos al volcán. Éste lanza constantemente un humo espeso cuyo olor fétido se extiende por los alrededores. Han debido producirse frecuentes explosiones a juzgar por las materias volcánicas que se encuentran por doquier. Algunas veces su cráter se cierra; el azufre que tapiza sus paredes obstruye el orificio, a tal punto que los vapores se escapan con mucha dificultad, produciéndose entonces, según dicen, temblores que amenazan destruir a Popayán. Para prevenir semejante peligro se envían de vez en cuando cuadrillas de indios para limpiar el cráter. Estos hombres, fuera de esas ocasiones, están siempre en la montaña ocupados en recoger el azufre y el hielo, que bajan a vender a la ciudad a razón de diez francos la carga.

Se dice que en la vertiente oriental de la montaña hay otro cráter mucho más espacioso; hay unos pocos indios que conocen los caminos que llevan a él. Es en esos abismos donde nace el río Vinagre, que crucé la víspera, y cuyas aguas ácidas son muy estimadas para los tintes.

No pude permanecer tanto tiempo como hubiera querido en el Puracé, pues mis guías asustados me amenazaron con abandonarme si persistía en permanecer en aquel sitio, donde la tempestad iba adquiriendo proporciones terribles. Debo confesar que yo también descendí con gusto, pues respiraba con tánta dificultad que ya no podía seguir subiendo.

Llegamos a Popayán a las ocho de la noche. ... """

Cordial saludo,