¡ESTE ES MI PUESTO!
Jueves 18 de febrero 1999
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Corría el año de 1841, días azarosos en Popayán, por las guerras fratricidas que llenaban de incertidumbre a los payaneses. Siendo la época de Semana Santa, de la iglesia de San Agustín estaban saliendo los pasos con la solemnidad de siempre.

Cuando el último paso, el de Nuestra Señora de los Dolores iba a iniciar su marcha, entró apresuradamente un nuevo penitente de mediana estatura y aspecto fornido, con alcayata en mano y arrodillándose delante del paso de la Virgen rezó una brevísima oración y con voz firme, clara e impositiva que no admitía réplica alguna y desalojando al carguero de la esquina, le dijo: "¡ESTE ES MI PUESTO!". El carguero empezó a protestar y el intruso se descubrió para dejarse conocer. Cuando el carguero vió el rostro del desconocido, abrió desmesuradamente los ojos y aterrorizado desapareció del lugar, no sin antes exclamar temblorosamente: "es Sarria!"

Hacia muy pocos días, el Gobernador de Popayán había ofrecido dos mil pesos oro al que entregara vivo o muerto al terrible Sarria.

Sarria nació en Popayán; era de mediana estatura, muy musculado, fuerte, ancho de espaldas y desde niño se acostumbró a lidiar ganado bravío, cacería de osos y venados en el Puracé y Sotará y a domar potros salvajes. Su profesión: ganadero.

Sarria era muy devoto; siempre llevaba consigo la imagen de los Dolores y cargaba, lo mismo que Obando, en las procesiones de Semana Santa de Popayán. Vino el levantamiento de Obando y López y Sarria hizo parte de los ejércitos de aquellos, y se transformó en un guerrero terriblemente célebre, valiente entre los valientes, lancero certero e imbatible; tenía una serenidad perfecta en los mayores conflictos y suma astucia para prevenir las celadas y tretas del enemigo, y la de aquella suspicacia que es el talento del hábil guerrillero.

Sarria desarrollaba acciones controversiales; de pronto salvaba, con el riesgo de su propia vida, un niño, así como cometía cuanta abominación era imaginable. Una vez no mató a una persona -que cometió un acto deshonroso y grave- porque " ... aquel ciudadano se hallaba en pecado mortal y al matarlo se iba al infierno..."

Volviendo al día de la procesión -inicio de este relato- ésta recorrió el trayecto como de costumbre, para regresar a las 9 de la noche a la iglesia de San Agustín. Entre los participantes circuló la voz de que Sarria estaba cargando el paso mencionado, pero nadie se atrevió a denunciarlo ni ponerle la mano encima.

Terminada la procesión, Sarria en la misma forma en que llegó, desapareció de la vista de los espantados payaneses y esta anécdota pasó a integrar la voluminosa historia de Popayán.

Cordial saludo,