DESDE LONDRES 
Viernes 11 de mayo, 2001 
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

John Potter Hamilton, Coronel Jefe Comisario de su Majestad Británica ante la República de Colombia, escribió hace 174 años su libro "Viajes por el interior de las provincias de Colombia" de cuyas 369 páginas, más de 40 las dedica a Popayán y sus alrededores. Esta obra, que aún no ha perdido su frescura, color y simpatía, se destacó en la reciente Feria Internacional del Libro de Bogotá y ha sido fuente obligada de referencia de los diferentes historiadores payaneses. Transcribimos algunos párrafos del mencionado libro:

""" ... El sábado 10 de octubre [1824] fuimos a comer a la casa del señor J. Mosquera, donde tuvimos ocasión de alternar con el Obispo y la plana mayor de la sociedad popayaneja. En el suntuoso banquete, el señor Mosquera y su esposa ocuparon los extremos opuestos de la mesa a estilo inglés. Nuestro huésped había residido en Inglaterra por algunos meses y profesaba grande estima a los ingleses, cuyas costumbres trataba de imitar en todo lo posible. Se sirvieron vinos españoles añejos de cuarenta años, pero no los pude gustar casi, por encontrarlos demasiado dulces y empalagosos. Generalmente el vino que se consume en la provincia proviene de Chile, desde donde se le envía por mar hasta Guayaquil y luego se le transporta a Popayán a lomo de mula. Se tenía a la familia Mosquera por la más rica de toda la provincia, en la que poseía grandes haciendas, varias minas y numerosos esclavos. Pocos meses antes don J. Mosquera, quien ocupaba curul de Senador, se había casado con su prima del mismo apellido, bella dama, rica heredera y persona de gran ilustración.
Poseía una biblioteca y dedicaba a la lectura gran parte de su tiempo; tenía modales de exquista elegancia y conversación entretenida y agradable. Al día siguiente nos mandó el señor Mosquera abundante cantidad de duraznos en su jugo, superiores en gusto y bouquet a cuantos se pueden encontrar en Europa. El estilo arquitectónico de la casa era superior a cualquiera de los que yo había visto en Bogotá; los muebles y el decorado de gran refinamiento, especialmente las alfombras de manufactura quiteña. Pude allí admirar algunas copias de los mejores cuadros italianos ejecutados por maestros de Quito y no pude menos de admirar en ellas la agilidad del dibujo y la exquisitez del colorido. 
Durante mi estada en Popayán venía con frecuencia a visitarme el padre del señor Mosquera, simpático anciano que frisaba ya con los ochenta y querido de todos por sus grandes cualidades, entre las cuales brillaba su generosidad extrema y trato humanitario, al punto de que aún los españoles habían acatado su edad y sus virtudes. No hicieron, desde luego, lo mismo con su bolsa, pues los comandantes de las tropas españolas que ocuparon a Popayán en diversas ocasiones le impusieron contribuciones forzosas hasta de 50.000 pesos.
Algunas de las casas residenciales de Popayán son realmene bellas, con fachadas que siguen el más puro estilo de la arquitectura griega. Nada me produjo mayor sorpresa que encontrar edificios muy superiores a los de Bogotá en una ciudad enclavada en lugar tan remoto. En Popayán sólo existen dos clases sociales: una integrada por reducido número de familias muy ricas, incluídos el obispo y el clero, la otra constituída por tenderos o "pulperos" en pequeña escala; de donde resultan dos contrapuestas categorías de habitaciones: una, la de las grandes y bellas mansiones y la otra, la de las casitas pequeñas con almacén. Los tenderos compran directamente a los indios de las montañas circunvecinas la mayor parte de las aves de corral, frutas y legumbres y naturalmente el precio sube considerablemente en la reventa. Los indios traen trambién de las estribaciones del Puracé, abundantes cargamenteos de nieve, mediante la cual puede mantenerse helada cualquier vianda por bastante tiempo. 
Frecuentemente se ven por las calles vendedores de helados, quienes ofrecen un vaso lleno de tal refresco por cinco centavos. Gran variedad de deliciosas frutas se consiguen en Popayán, especialmente la chirimoya, que en este clima produce ejemplares de un gusto exquisito, parecido a una mezcla que se hiciera de fresas, crema y azúcar. En algún pasaje de sus viajes dice el Barón de Humboldt: "Valdría la pena de hacer viaje a Popayán tan sólo para darse el placer de comer chirimoyas". Comimos tambien caimitos, manzanos, naranjas, fresas grandes e higos iguales a los españoles, enviados como presentes por el Gobernador y la señora de Mosquera; junto con una granada, el ejemplar más grande de esta fruta que había visto en mi vida. El clima de Popayán resulta privilegiado para el cultivo de las frutas, como que la temperatura nunca sube de 76F [24,5C] ni baja más de 68F [20C ] ... """

DESDE LONDRES: II 
Martes 22 de mayo, 2001 
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Alvaro Thomas nos envia estos enjundiosos comentarios. Nuestros agradecimientos para Alvaro. 
""" ... Leí lo del Embajador de S. M. Británica o en verdad lo releí. Alguna vez conocí la parte de ese escrito donde relata cuando pernoctó en Japio, hospedado por la familia Arboleda. Entonces miró de reojo, seguramente conteniendo muy británicamente su lívido, las bellas esclavas de generosas formas, que barequeaban las tierras auríferas. ¡Lo curioso es que consideró que esos esclavos eran más felices (cantaban) que los explotados obreros de la industrialización que tenían ya encima en Inglaterra!. 
El embajador era bueno para mirar el espejo retrovisor. Es obvio que el visitante, al visitar a Mosquera, valora lo que se le parece a su ámbito social y cultural. En el fondo se autolegitima y prefigura el Darwinismo: nosotros somos la especie superior, parecería en el fondo querer decir. De alguna manera el resto queda invisible o excluido . ¿Qué habrá contado el diplomático en sus veladas bajo el té y la neblina inglesa?. Una cosa es escribir y otra editar oralizadamente ¡Lástima que no existan grabaciones de esas tertulias!. La ficción es un camino ideológico muy seguro y digerible para potenciar la superioridad y legitimar dominio. 
De lo que conozco, donde Popayán termina de alguna manera enredado en el pensamiento europeo, quizás lo más curioso e increible sea lo que escribió G. Leopardi. No carecía de información sobre las culturas de estos lados: conoció a Cieza de León (ahí con seguridad encontró el término Popayán y supo del río Cauca), leyó al Inca Garcilaso y supo de México en Solís. Si para nuestra ficción comarcana el Quijote está con seguridad enterrado en Puben --donde estuvo el cachimbo de la piscina-- y de ello da fe el óleo de Efraín Martínez en el Paraninfo de Unicauca, donde Carlos Lemos cuando niño aparece en "bola", la máxima ficción si se la gana la idea que Prometeo regresó a ayudar a definir lo que es bárbaro y civilizado y al hacerlo ¡¡¡aterrizó en Pubenza !!!!.

Leopardi en su afán de reducir a sistema la infelicidad del mundo, escribe su "Scommessa di Prometeo" (1824) y al proyectar hacia la tierra al semidios, como en una especie de segundo parto, lo hace aterrizar primeramente en el pais de Popayán, cerca del río Cauca: tierra húmeda sobremanera y por completo desierta, aunque según el autor, estuvo avidentemente habitada. En este "ritornello", acaba por juzgar tan bárbaros y salvajes a los "canívales" del "mundo nuovo", como a las viudas hindúes que en el continente "piu vecchio" se sacrifican sobre la pira donde se incinera a su marido!!. (Lo anterior es tomado de Antonello Gerbi). 
Sí queridos patojos: Prometeo, embajador Olímpico, el mismísimo semidios liberado de sus cadenas y del tormento eterno, anduvo por Popayán. Quizás trajo un poco del fuego que robó a los dioses y lo amplificó con la fumarola del Puracé. No lo sé. Algo de su tormento no cumplido --los castigos deben pagarse completos, sin rebaja posible, según los más doctos, aunque menos humanos-- lo estaríamos hoy sufriendo en nuestras carnes y con la sangre de esos miles de no-personas, pues para Leopardi y de ahí en adelante para muchos como él, esto sigue desértico de almas. Afortunadamente algo de la luz que Prometeo robó, estaría germinando ayudada por las velas que fabricó en Túqueres don Simón Rodrígues, antes de morir. Este genio de carne y hueso consideró que si no podía iluminar las mentes, iluminaría las casas. La calidad de nuestras gentes, esa luz prometéica y esa lumbre de Don Simón, sumadas, estarían haciendo grande la esperanza que sale de nuestra región y se riega, nadadito de perro, por el mundo gracias a que existen sueños aún no plenamente cumplidos y está Internet...... Alvaro. ... """