MANUEL POMBO REBOLLEDO
Miercoles 6 de marzo, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Manuel Pombo Rebolledo es uno de los mejores hijos que ha tenido Popayán: " rayó muy alto por la nobleza de su carácter, por su benevolencia ilimitada, por la amenidad y dulzura de su trato, por la fidelidad en sus amistades, por su espíritu de tolerancia y de justicia, durante todo el curso de su vida inmaculada".

Fue hijo del eminente hombre público D. Lino de Pombo y Ana María Rebolledo, hermano mayor del poeta Rafael. Nació en Popayán el 17 de noviembre de 1827 y murió en Bogotá el 25 de mayo de 1898.

Casó con Maria Ayerbe e hijos suyos fueron Lino, banquero y comerciente y Jorge, poeta y escritor.

Fue varias veces Secretario de la cámara de representantes. Con el Dr. Miguel Chiari, realizó la compilación científica de Los Doce Códigos de Cundinamarca. En varias ocasiones fue designado ministro de estado y magistrado de la Suprema Corte Federal, cargos que en manera alguna quiso desempeñar; tampoco aceptó el nombramiento como miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua.

Hombre de vasta cultura e ilustración, conoció a fondo las literaturas latina, francesa e inglesa. Fue uno de los fundadores de la célebre tertulia El Mosaico, poeta de hondo sentimiento y exquisita sensibilidad artística. Como escritor es autor de preciosos cuadros de costumbres de la vida santafereña a mediados del siglo pasado.

Antonio José Restrepo, dice lo siguiente de Manuel:

(...) Tomando en general el cuerpo de escritores contemporáneos de Pombo, hay que convenir en que éste los aventaja a todos en el manejo de la lengua "el instrumento del arte sin el cual no hay hermosura intelectual", en la sobriedad amplia del estilo y en la cándida inocencia, en la recatada pulcritud y en la humildad voluntaria con que quiere esconder su propio mérito y lisonjear en su lector "enseñándole lo perfecto" todas sus inclinaciones al bien, como apartándolo del mal. (...)

Autobiografía

Sin moverme de mi país, he trabajado toda mi vida sin descanso ni alternativa. Con la labor de mis primeros años juveniles, compré en Bogotá una buena casa, en la que formé, eduqué y coloqué mi familia. Las complicaciones de esa tarea, las dolencias y enfermedades, las vicisitudes de la suerte y el desgaste de energía y eficacia consiguientes al curso del tiempo, me han traído al punto en que me encuentro anciano, inválido y pobre, sin industria, renta, ni hogar, porque para satisfacer honradamente los inevitables compromisos contraídos en mi larga y azarosa carrera, tuve que sacrificar el techo que me albergaba.

Hice mi carrera de estudios sin una nota adversa; obtuve los grados de Bachiller, Licenciado y Doctor en jurisprudencia, y me recibí de abogado en la Corte Suprema de Justicia en 1847. Mi buen padre me había enseñado a leer y escribir, a hacer las primeras operaciones de la aritmética, a conocer algo la Historia Sagrada y Profana, traducir un poco de latín y francés, y entender las verdades fundamentales de la moral y la religión.

Terminados mis estudios, volví al Cauca, mi país natal, a trabajar en él, de donde regresé casado en 1854.

Me ocupé en negocios judiciales y mercantiles, y, por varios años consecutivos, con el voto de todos los partidos políticos.

Cuando se emprendió la construcción del Ferrocarril de Girardot, el Gobierno me nombró Tesorero de la empresa. Con extrema consagración e incesante diligencia, en circunstancias difíciles para el Tesoro Público, recaudé y administré los fondos con que se construyeron y pusieron en servicio sus primeros kilómetros. El Ferrocarril de la Sabana, que tan pronto y tan bien se construyó, arrostrando y venciendo dificultades de todo género, puso a mi cargo su Secretaría.

En los ratos que me dejaban expeditos estos trabajos, y los del comercio y la abogacía, con que procuraba ayudarme para hacer frente a mis gastos personales y domésticos, regenté varias cátedras en establecimientos privados y públicos, entre ellas las de Geografía, Derecho Internacional, Derecho Romano, Pruebas Judiciales.

Sin buscarlo ni merecerlo, alcancé cierto relumbroncillo literario entre algunos de mis conterráneos. Fue sin buscarlo, porque desde temprano pesé los escasos quilates de mis aptitudes y me retiré del asunto, y porque el crónico y creciente afán de mi vida, dimanante del desequilibrio entre mis presupuestos, no me dejó sosiego ni humor para permitirme esparcimientos literarios; así es que, de lo poco que aventuré para el público, más es lo que me remuerde que lo que me agrada.

Mi endeble salud y las graves enfermedades que he sufrido, afrontando siempre una situación tirante y complicada, me han quitado, por otra parte, mucho tiempo, mucha vitalidad, y consumido muchos de mis escasos recursos. Si los que quieran juzgarme pudieran posesionarse en sus pormenores de los trámites íntimos de mi vida, quizá hallaran en mi abono algunas circunstancias atenuantes. Dios, cuyo santo temor me ha poseído siempre, y que todo lo ve y lo sabe, quiera en su misericordia infinita y por la perseverancia con que he procurado siempre ser fiel a la religión fundada por su Divino Hijo y con que me he mantenido en la Iglesia católica, apostólica y romana, acoger para mi perdón aquellas circunstancias. ...

UNA SONRISA. Por Manuel Pombo

Es cierto..., miré en tu boca Una risa para mí; Y aunque mi dicha sea loca, Aun así la juzgo poca. Para pagar lo que vi...

Cordial saludo,