LOS INDIGENTES DE PICASSO
Domingo 18 de septiembre, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano
 Amigos payaneses:

Rodrigo Valencia Quijano se refiere a la producción artística de Pablo Ruiz Picasso (25 de octubre, 1881-18 de abril, 1973), entre los años 1902 y 1904, la época azul de Picasso, que se desarrolla entre Barcelona y París y que se caracteriza por la presentación de tristes figuras de indigentes: viejos con guitarra, arlequín pensativo,miserables ante el mar. Es una época que ya marca su personalidad como pintor e identifica su estilo: realismo, intimismo y melancolía, que presiden sus cuadros.

 Cordialmente,

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Los indigentes de Picasso
Por Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal


Las madres arropan a sus niños en un invierno sin nombre. Han visto el subsuelo de la pobreza, han esperado lo que no llega. Descalzas, los ojos grandes y tristes, los harapos cual antiguas damas griegas, olvidadas de algún templo de dioses crueles. El horizonte azul, en un fondo escueto, desolado, como los niños que están en sus brazos.

A veces se ponen a pensar, y el chico es un arlequín de perfil homérico, hierático; vertientes de inesperanza lanzan sus miradas desposeídas. Es la nostalgia que abruma almas y cuerpos; los colores rosados y azules compiten con algún silencio que deambula entre cuartos de miseria. No han visto la risa que despierta en las almohadas, no han abierto los brazos saludando al calor del sol; los cruzan eternamente, los hombros encogidos de estremecimiento.

Los dioses han desdichado a estos prójimos de la tristeza, no les han dado un nombre en los andenes, en las calles, en las playas ni en las penumbras donde huele el sopor de la indigencia. ¡Qué pena da mirar a estos hijos olvidados de Adán! La bondad de Abel se ha pegado a sus esqueléticas figuras. Las manos tienen dedos largos, expresivos y teatrales, herencia de toda una humanidad que enloquece de impotencia. Ese loco es un mendigo cuyos ojos extravían a la gente; esa Celestina, un ojo tuerto, mueca que signa esperanzas frustradas; el asceta se niega a creer en la alegría, y los abrazos consuelan entre el mugre, ahogan la risa y disimulan el frío de los cuerpos.

Quizás los ojos del maestro son locos, son focos que irradian un descubrimiento entre los destrozos, entre los basureros y esquinas de ese pueblo de miserias. La música azul de la guitarra ni siquiera suena, pulsada por esas manos huesudas de pordioseros ciegos, retorcidos por la fuerza del destino, con ropas que ni se quejan de sus hilos podridos; no tienen fuerza para reclamar a Dios una mirada misericordiosa; son como Job, acostumbrados a sus penas, manchas del mundo de los vivos. Han vivido la muerte, han muerto la vida entre los pliegues de sus vacíos eternos. Algunos murmuran en silencio; otros, como el poeta, abrevian el aburrimiento con un vaso de cerveza, y ni el sueño logra vencerlo; un tedio le alimenta sus palabras de protesta, la paciencia se ha acostumbrado a sus suertes indignantes.

Tal vez sus palabras renacerán al anochecer, crecerán en la madrugada, después de cerrar las luces trashumantes del bar, después de abrigarse inútilmente contra el frío de ciudades que han ahogado los sueños y sucumbido ante vanidades sin cuento. Nunca más se creerá en la elegancia; habrá que buscarla en la inocencia, en el olvido, en la certeza de la duda, en los ojos grandes, asombrados por el infinito del alma, esa montaña de hambres y nostalgias aparecidas desde la creación del mundo. ¡Oh, qué bellos azules, qué rosados ocupando el día, qué deseos inalcanzables, sonando entre las flautas de Pan!

El mar está quieto, como una escultura, lo mismo que el cielo y los hombres, relatando la antigüedad moderna de sus mundos. Hace mucho han nacido los días y las noches, ¡pero aún no ha sido desterrada la tristeza! Y, menos aún, el dolor sin final de la indigencia. Hace mucho que el hambre tiene ecos infinitos, hace mucho que los seres sufren la pesadilla de la nada, de los cuencos vacíos y la piel desheredada. Hace mucho que la vida es cruel, que los sueños se arrastran por el suelo, que recogen el asombro de oquedades sin cuento.

La mujer, con su moño húmedo, su mano es su único soporte, se apoya en la expectante flaqueza de su pena; parece un ángel despojado, una figura de panteón dolido, fantasma caído en su propia sombra, heroína inhóspita en su grandeza. Así veo yo los indigentes de Picasso. Los supo iluminar, los llevó de las calles al museo, inolvidó por siempre sus quejas sordas, legendarias, de paraíso perdido. Nadie más ha podido pintar, así, la inmensidad de la tristeza y la pobreza. Son las confidencias de un poeta asombrado por la condición humana.