LUIS CARLOS PEREZ VELASCO
Jueves 17 de febrero, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Jorge Alonso Aragón Sarria ha tenido la deferencia de enviarnos la siguiente
composición literaria de Luis Carlos Pérez Velasco (1914-1998), en su
intervención del sábado 6 de diciembre de 1969 en el Paraninfo de la
Universidad del Cauca. El texto le fue sumistrado a Jorge Alonso por .Julián
Pérez Herrera

Sobre Luis Carlos Pérez y Matilde Espinosa se pueden leer artículos en nuestro
archivo:

<http://www.geocities.com/pachajoa2000/lcperez.htm>
<http://www.geocities.com/pachajoa2000/espi.htm>

Cordial saludo,

***
GRACIAS POPAYÁN
Por: Luis Carlos Pérez


Esta vez, querida Popayán, me obligas a hablar de mi mismo. Pero ninguno de mis ingredientes me pertenece a plenitud, porque los tomé de ti o porque tú me los diste, de modo que si los insinúo ahora para que sobrelleven tu exaltación, apenas descubro en ellos mínima parte de tu obra, rodada, como muchas de las que inicias y lanzas a la temperie del mundo, entre duelos y cambios, realizaciones y esperanzas.

Un hombre es su ciudad y una ciudad es el ser transferido y mezclado. Es así como no puedo menos de aclamar tu nombre cuando a mi me llaman, ni desatender tu significación cuando se examina la mía. Somos los mismos, aunque nuestras dimensiones varíen. Déjame, pues, decir cosas de los dos esta noche que añade tanto a la insuficiencia de mi vida.

Primeramente observo que a pesar de los elogios que te prodigan, no siempre quedas en lugar adecuado, porque se te revela como un conjunto de cenotafios que logra la paz por el lúgubre inmovilismo y cultiva el pasado por el cansancio para seguir adelante. Y tú no eres esa quietud de tierra labrada y ya agotada, ni padeces la incuria de las cercenaduras históricas. Un silencioso pero efectivo hálito de rebeldía se siente en tu suelo y en tu cielo, en tus colinas edificadas con terrones humanos, en tus colinas edificadas con terrones humanos, en tus calles y casas enlucidas por legiones universitarias, y en tu rió que es toda una filosofía y una práctica de la acción. Te desconocen quienes admiran tus tejas fatigadas y no la vibración interior. No siempre la vejez es decadencia y los pueblos no declinan sino momentáneamente, en acopio de otros incentivos. Tu juventud viene de adentro y es capaz de llevar sus torrentes muy lejos. Porque no eres un municipio, sino un continente poblado de signos intelectuales, de donde se toman préstamos que no devuelven y donde arranca una dominación que se convierte en servicio. Lo afirmamos quienes no hemos hecho tu grandeza, pero estamos dispuestos a preservarla con nuestros trabajos y una sucesión de nuevos sueños.

Nadie negará tu maternidad de capitanes, ni tu solvencia en científicos, letrados y cultores del verso. Así describen tus rasgos esenciales, y está bien porque esos símbolos son los remates de tus construcciones, las agujas góticas que ubican a distancia un monumento erigido en pausas seculares. Pero no hay monumentos solo de aire y luz, de acordes y fantasías. Sus piedras se elevan desde los niveles populares que no se ven, como no se ve la fuerza que se consume en el fruto, ni la energía que crea y transforma el universo. Los poderes máximos han sido poderes invisibles. Sólo la ciencia contemporánea los descubre y utiliza. Al pie de tus ascensos y como autor principal de ellos, está un pueblo, estos soldados sin los cuales ningún capitán hubiera ganado batallas. Estos fervientes sensitivos que hacen resonar las estrofas. Están los artesanos que labraron tus cruces, moldearon tus vasijas, tallaron los arcones y apretaron los gruesos muros a prueba de conmoción. Están los que vivieron, antes de ser escrito, el enorme infolio de tus méritos. Está, en fin, el aliento colectivo que te ha dado mesura, pues bajo los aleros y dentro las puertas fluye en genio que califica la obra y sorprende las intenciones, un genio crítico que no se deja engañar aunque acaso aparente lo contrario, porque ese genio es también benévolo e insinuante y tiene piedad para no herir con la crudeza de las mediciones exactas.

Este fondo de saber e intuir, de gratas condenas e incomodas absoluciones, ha depurado la producción de tus hijos. Porque tu Popayán, das el impulso pero sofrenas la marcha. Tu generosidad tiene algo de ascético. Eres maestra porque instruyes e imprimes disciplina. Aplaudes y vigilas. Aconsejas y juzgas. Salirse de tus líneas es tan peligroso como no transitarlas. Tu valoración de los actos es terriblemente fundada. Encuentras el tesoro en una montaña de hojarasca, la verdad entre un cardúmen de sofismas, e impones tu compostura al desaliño y la extravagancia. Las casas anchas y el domicilio del obrero son, como la tertulia de la esquina y de los talleres, gabinetes de auscultación, porque antes de dormir y conversar, piensas, y el pensamiento busca su relación con el del semejante. Disciernes nuestras capacidades y al exigirnos rendimiento demuestras cómo has perfeccionado ese raro sentido de la justicia moral.

Dejo de lado las explicaciones sobre esta condición porque ello llevaría a campos dispersos, enfrentando criterios, y no quiero aparecer cargado de tesis a un acto que preside tu cariño, unifica la emoción y singulariza el reconocimiento. Eres así y bien parece esa inherencia a tu figura conductora. No hay qué preguntar por qué eres, sino cómo eres. Y admitimos tu pesquisa inexorable que nos obliga a limar asperezas, superar errores y subir hacia donde apunta la noble ambición, porque si detenemos la empresa nos confinas y derrotas en el corral de las medianías.

Tú puedes sondear nuestra conciencia y llamarnos a rendir cuentas. No tienes incógnitas sobre nuestra conformación. Y te asiste el derecho de indagar cómo hemos respondido a tu enseñanza. De mí debo contarte que algo he logrado, aunque muy poco comparado con las aspiraciones y con lo que este homenaje significa. Tu largueza hacia mí se emite sin reservas. El calor de tu brazo es para cargas victoriosas, descubrimientos decisivos y construcciones culturales ya consolidadas. Pero mi aporte apenas comienza a mostrarse. Tiene sabor y rumbo, faltándole la el riesgo lento de la confrontación que otorga calidad y permanencia. Está cuajado de propósitos, pero incompleto, como toda obra, máxime en una época de conquistas superiores. Sin embargo, la distinguen tres notas: Su sinceridad para conformarlo según mis convicciones, su lealtad para no defraudar esa estructura y su entusiasmo para trasladarlo, porque sin este factor la conducta más semeja postura de eruditos que posición de hombres. Las tres notas flotarían sin oficio si no estuvieran en defensa de una finalidad común: contribuir al desarrollo de Colombia programado en las luchas de los desposeídos, desde cuyas formaciones vengo, a quienes he acompañado y con quienes espero el gran día de la libertad, que no sólo será de ellos sino de los que en todas partes costean la holganza de las minorías afortunadas.

Tu estimulante condecoración viene con las palabras de Benjamín Iragorri Díez, vástago de tus selecciones, selección él mismo, si por la hidalguía que encarna, si por la devoción a distintas artes, si por su inspiración alerta para las más modernas e intrincadas formas del pensamiento jurídico y social. Este heraldo me comunica tus anhelos y ese tu columbramiento de cimas. Como tú, ha rebasado los términos que convienen a mi empeño, pero recojo tu equitativa mención de Matilde Espinosa, compañera sobre cualquier otro título, presencia suficiente para el diálogo, radar en el espacio de las investigaciones, rosa autónoma que elabora su esencia y la reparte en ondas de belleza y de consuelo.

¿Cuál la síntesis de los hoy premias en mí? No es, claro está, la que consigna mi amigo Iragorri. Simplifiquemos por mil las materias para valuar su contenido en bloque. El interés por las ciencias integradas del crimen se debe a la trascendencia que para mí tiene el hombre, por sobre todas las riquezas y todos los principios. El autor de un delito es uno de nosotros e indica cómo se encuentra nuestra armadura personal y las fallas de la organización colectiva. Se mueve, como nosotros, dentro de tres nociones cuyo alcance no siempre previene: la ley, el juez, la cárcel. He aquí, para el criminalista, los tres motivos de un drama que por desgracia convoca escasos auditores. El ruido del mercadeo, la urgencia de notoriedad y el choque de las influencias, impiden informaciones originales sobre estos tres elementos que precipitan y concretan doctrinas, la consistencia de los sistemas y el país donde se actúa, siempre se encontrarán estas surgentes con cauda de confusión y divisiones, pues no se tratan de simples metodologías sino de auténticas concepciones políticas. Todo examen sobre el derecho y la naturaleza del hombre y de los grupos regresa a esos temas centrales, sin que ningún rodeo dialéctico logre evitarlos.

Hay que contemplarlos de frente y adoptar actitudes definidas sobre su finalidad. ¿Por qué existen y cómo funcionan? La ley es un instrumento artificial, como las fábricas y cosmonaves. Se mantiene por el consentimiento común, pero puede destruirse o suplantarse. Mientras se aplique no hay que concebirla como una espada sino como un camino. La espada deshace, el camino conduce. La espada es corta y la manejan pocos. El camino lo transitan todos. La espada prolonga su muerte en los museos y los aminos son tierra que se volatiliza en el tiempo.

El juez también es uno de nosotros. No es un verdugo sino un maestro. El extravío de su magisterio desprestigia y anula la vara que se le confía para que gradúe las estaturas, porque la justicia se administra con desequilibrios y no hay peor decisión que la que supone igualdad de situaciones y aptitudes.

Se dice que la cárcel es lugar de condena. Y debe serlo para algunos. Pero para otros es una bárbara reminiscencia. La cárcel verdadera somos nosotros, es contienda íntima y nada va a hacernos sentir más de lo que expiamos en la tragedia de la equivocación y del arrepentimiento.

Son, querida Popayán, indagaciones destiladas en fórmulas que me han torturado en ese peregrinar a que se ha referido tu vocero. Es la filosofía que leerás en mis libros, secretarios verídicos de cuanto he buscado, a los cuales, sin embargo, vuelvo incesantemente con acusadoras rectificaciones. Y aquí me tienes, con ese exiguo equipo, para que me juzgues como quiero que hagas todo enjuiciamiento, con cierta dosis de rigor pero con la diserta amplitud de tu clemencia.