CARMEN PAREDES PARDO
Miércoles 11 de diciembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

En esta composición sobre Carmen Paredes Pardo, transcribimos en primer lugar los versos de Carmen contenidos en la página de Internet de Giovanni Castrillón y enseguida presentamos el artículo de Gloria Cepeda Vargas sobre Carmen, que apareció en El Liberal.

Cordial saludo,

MELANCOLIA DEL PAISAJE
Por Carmen Paredes Pardo
Página Internet de Giovanni Castrillón

Cielo de mi ciudad. Nubes errantes.
Mañanas de tenaz melancolía.
Rumores de la brisa.
Ecos distantes. Suave verdor.
Eterna lejanía. Noches de mi ciudad.
Claros diamantes. Estrellas pensativas.
Luz sin día. Suave aroma de aromas enbriagantes.
Todo colmado en la extensión vacía.
Calles de mi ciudad, calles desiertas.
Grises tejados, sensación de olvido,
Tantas cosas que fueron y están muertas.
Hoy han vuelto a mi mente, presurosas,
porque el cielo está azul y entristecido
y hay algo de orfandad entre las cosas.

Carmen Paredes Pardo
Por: Gloria Cepeda Vargas
El Liberal, 9 de diciembre, 2002

Pocos como Carmen Paredes Pardo, fueron expresión autóctona del Popayán desaparecido. En esta ciudad, hoy transformada, nació y vivió esa extraña mujer, autora de la poesía más evocadora que se haya escrito en el Cauca y de manera específica, en Popayán.

Conocí a Carmen Paredes en 1963. Era entonces una mujer que ya había caminado largamente. En su casa, ubicada a pocos metros del parque de Caldas, la visité más de una vez, atraída por su atmósfera irreal y por la delirante hermosura de su poesía.

Hoy, a muchos años de distancia, cuando releo sus poemas tratando de bucear en el mar que se agita detrás de la palabra, constato que más allá de su rostro enigmático, rugía una tempestad que no le dio cuartel.

La ciudad de entonces se reducía a pocas cuadras transitables: las calles del sector histórico y los alrededores constituidos por llanuras abiertas a los vientos de agosto o doblegadas bajo temporales implacables. Las campanas descendían a caminar sobre las calles del crepúsculo. Era una ciudad de melancolía, de gestas abrumadoras y fábulas heroicas. Consciente de su insolente caudal, lo aquerenciaba con orgullo. Todavía guerreros, mártires y poetas, velaban bajo sus aleros cenicientos. El tiempo no pasaba. La historia parecía dormir.

En ese ambiente de meditación y silencio, era imposible que un espíritu de tan aguzada sensibilidad, permaneciera indemne. Si a esto agregamos el reducido espacio de que disponía la mujer de entonces, encontraremos el porqué de esa fiebre en que ardió hasta consumirse.

Su aspecto físico era lo más semejante a una aparición. Alta, cenceña, de tez blanca y facciones finas, parecía levitar. Cuando cruzaba, ajena a todo lo que la rodeaba, un aire de indefinible lejanía la circundaba. A pesar de no ser una mujer bella, era imposible ignorarla. Sus abismos, sus batallas, su infierno sublimado en una poesía cautelosa, la arrebataron para siempre.

Su palabra es lirismo puro.

Sobre un paisaje escueto crece la obra que, a pesar de su brevedad, posee sombra y deja huella. Hija de un romanticismo decadente, trasforma la realidad del entorno circunscrito a unas pocas calles silenciosas, una casa de paredes encaladas, un jardín soñoliento y un balcón, cómplice de sus fugas y naufragios.

Su poesía se desenvuelve sujeta, casi en totalidad, a rima y métrica cuidadas. La vestidura es siempre la misma. Si pudiéramos poner color a las palabras, las suyas se diluirían en un río gris. Penumbras y claroscuros del Greco agazapado en las almenas de Toledo, nubes como espejos de plomo. Por eso es tan valioso el aporte que da a la poesía regional. Sin caer en la monotonía, reivindica el poder de la soledad.

La suya fue una voz original. Singular en el interés que, con tan reducidos elementos, despierta en el lector; en la fidelidad al desencanto; en el misterio de un alcázar donde a menudo se recurre a la desmesura o a la palabra incomprensible.

Autora de un lamento que ajeno al hartazgo y a la cursilería, por hondo, por honesto, por su estrecho parentesco con la belleza, su innato conocimiento de la armonía y su clarividencia estética, es hoy, cuando el tiempo empieza a decir la última palabra, producto de selección de esta "Popayán de piedra pensativa".