CARMEN PAREDES PARDO
Domingo 21 de septiembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Poetas payaneses:

Carmen Paredes Pardo "escribió poemas de hondo contenido lírico, alrededor de temas como la soledad y la vida que se va consumiendo en la lentitud de los días y en el olvido de una ciudad provincial anclada entre las brumas del pasado". Transcribimos el articulo escrito por Diógenes Díaz.

Cordial saludo,

***

Carmen Paredes Pardo
Por Diógenes Díaz

Especial para El Liberal
21 septiembre, 2003

Nadie me ha dicho cuando nació Carmen Paredes Pardo. Igual para el caso no importa. Sé por los registros, que falleció en Pasto el veintitrés de mayo de mil novecientos ochenta, sin duda sus contemporáneos extrañaron su rostro de dama importante y no era para menos, al ser hija de un distinguido personaje, sin duda, de la vida social y política de la ciudad: exministro y exmagistrado. Se quedó soltera, por esa suerte que suelen correr las mujeres solitarias que buscan en la perfección la imposibilidad de un marido.

Una mujer enclaustrada en sus oraciones estivales, viviendo sumergida en la intimidad de sus sueños, que acompañaría con los penachos de sacudir el polvo de las ventanas de su heredada casona a media cuadra del parque memorable de la ciudad blanquecina. Tendría sus balcones para mirar en lontananza estas calles silenciosas y llenas de brisa. Desde allí sería testigo del discurrir apacible, apenas interrumpido por los gritos esporádicos de los huelguistas agitados de colegios públicos, de maestros sin paga y de una universidad que desconocía su obra magistral. ¡Soñaría esas melenas para sacudir el polvo! Al final de sus días de alma enclaustrada. Aburrida de que con respeto y malicia le llamaran señorita.

Su transcurrir silencioso se interrumpe abruptamente “sola con las congojas y la vida”, de una poesía que es un grito desgarrado desde su claustro de clausura que el destino mismo le ha fijado a esta ilustre señorita cuya “vida no ha tenido más eventos que los de la imaginación” como lo afirmaría Juan Lozano y Lozano en el prólogo de un breve libro publicado con motivo de su muerte. Nada tan desgarrador. Porque denota una mujer al borde del suicidio:

“Y yo aquí
transitando la misma encrucijada
donde medita el alma atormentada”.

Es lo que afirmábamos cuando la funesta muerte de María Mercedes Carranza: todos alguna vez hemos pensado en el suicidio, lo que ocurre es que pocos nos atrevemos a realizarlo.

“¡Y yo aquí
Siempre aquí...
Débil y atada...
Al silencio... al olvido... y a la nada!”.

Versos que rompen la monotonía de una congoja en donde la sutilidad se deja al abandono. Cómo envidia. En esta ciudad que se muere de envidia, pero que le permitió tener esa flacidez de sensibilidad para evocar sentimientos con suma profundidad y en ellos, la ciudad, renace por otros cuantos siglos. Desde cuando en un homenaje escuché la lectura de sus versos quedé atrapado y me dije esta poeta tiene que ser rescata del anonimato. Me uno a llevar banderas sin sentido.

“Calles de mi ciudad, calles desiertas.
Grises tejados, sensación de olvido,
Tantas cosas que fueron y están muertas.
Hoy han vuelto a mi mente, presurosas,
porque el cielo está azul y entristecido
y hay algo de orfandad entre las cosas.”

Dice en “Melancolía del paisaje” como un estupendo retrato de una ciudad vista desde una óptica de la decepción y la nostalgia. Pero capturando sus imágenes desprevenidas da la sensación de la monotonía de un transcurrir lento: como si aquí nunca pasara nada: una monotonía apenas sí tocada por la muerte, y el aletear silencioso de mariposas imprevistas; y eso mata de aburrimiento. De eso no ha cambiado mucho, apenas los gritos de, ¡todo a mil!, o el incansable sonido de los relojes electrónicos con su despertador monocorde que aburre en los andenes de una ciudad presta para los paseos de a píe.

No basta la sorpresa en su polifacética obra: unas veces muy contemporánea, otras aferrada a la herencia de un modernismo soterrado, valencista, pero con una profundidad que desborda posibilidades. Carmen Paredes se vuelve incontinente y sus versos construidos con instrumentos de exactitud magistral dejan la boca abierta. “Realidad” es un buen ejemplo:

“Estoy triste y mi pena es silenciosa
hay dolores ocultos, sin herida.
Seguir hacia la nada presurosa,
soportar el vaivén de nuestra vida.

Llevar a la evidencia dolorosa
de estar entre la niebla sumergida.
Saber que hay una causa poderosa:
que todo fue ilusión desvanecida.

En tanto de mi sino la bandera
sigue flotando en el azul lejano
de olvidos y pesares mensajera.

Y yo, desde la cima de mi anhelo,
atisbo el horizonte soberano
ajeno a mi ansiedad y desconsuelo.

Aunque fiel a su sentencia de,
“su misión ya está escrita:
vivir inútilmente”

la obra de Carmen Paredes Pardo, merece ser rescatada de las garras del olvido no con la misión sentimental de ser de una estirpe cualquiera, en donde gustamos de encasillar lo valedero. Debe ser rescatada por su inmenso valor y representatividad de la lírica, de la poesía; porque enseña la ciudad mirada con una sensibilidad que asusta y porque da la medida que esta región existe. Y que vale la pena que exista.