OTON SANCHEZ
1891 - 1987 
Por Guillermo Alberto González Mosquera
De: Mario Pachajoa Burbano

Cuando en abril de 1973, a Otón Sánchez le rindió Popayán un homenaje sin precedentes por haber cargado ininterrumpidamente en las procesiones de Semana Santa durante 70 años, el ilustre Arzobispo Miguel Angel Arce le dijo en el Salón del Trono del Palacio Arzobispal que Aera el vigilante custodio de tradiciones lugareñas y viviente archivo de trasnochadas crónicas... que deja correr la vida entre serio y guasón, con un cierto escepticismo que lo constituye en despreocupado espectador de ajenos trajines, en acertado y chispeante crítico de "minucias ciudadanas". El juicio del prelado es por demás acertado. Para la época, Otón Sánchez se había convertido a los ojos de sus contemporáneos, en el ciudadano más representativo de las añejas tradiciones de una ciudad que anualmente se complace en reconocerse a sí misma en las centenarias procesiones de la Semana Mayor, en las cuales fue el personaje central, su más auténtico oficiante.

Había aprendido el oficio desde adolescente cuando a principios del siglo y en plena guerra de los Mil Días empezó a meterle el hombro a Sanjuanes y Marías. Su abuelo, el viejo general José María Sánchez había sido compañero de carguío de Obando y de Sarria, generales y guerrilleros como él, y su nieto sentía que debía continuar con el pesado honor. Llevaba el compromiso en la sangre. Con el tiempo batiría el récord de resistencia y se convertiría en el depositario de un sinnúmero de historias que giran sobre un lenguaje especial, casi para iniciados y no desprovisto de misterios y leyendas, como corresponde a la propia Semana Santa.

A su casona acudían amigos o visitantes curiosos, para escuchar del viejo guardián de la heredad, las historias de esos cuatro y más siglos de desfiles nocturnos o las pequeñas de rufianes y amoríos locales que él complementaba con una ironía, con un gracejo, con un comentario, muchas veces sarcástico. Publicó en los periódicos crónicas sobre temas aldeanos que había recogido pacientemente de la tradición oral de la ciudad y que se remontaban hasta los tiempos inmemoriales de aborígenes y conquistadores. Montado en su caballo, para visitar su galpón de artesano o su finca ejidal, Otón Sánchez era visto por la ciudad como alguien que representaba como nadie todo aquello que entrañablemente era la pequeña y orgullosa capital del Cauca. El día en que se le entregó un pergamino gigante para reconocer su epopeya cargueril, no cupieron las firmas de quienes así querían expresarle su admiración.

Cuando los años y la salud le impidieron continuar bajo las andas, oliendo la cera de los hachones, golpeando el barrote para seguir o detenerse en el desfile sacro, sosteniendo en la mano fuerte la alcayata esquinera, Otón, de pié como un roble en la puerta de su casa historiada, recibió con los ojos humedecidos un homenaje insólito: cada paso de la procesión del Martes Santo, paró frente a él y los cargueros todos le hicieron un gesto de reverencia. Nadie, después de su muerte a los 96 años en 1987, lo sucedió en ese decanato de semanasanteros que él enalteció con su "fe victoriosa, su valor austero y su devoción edificante", como reza el viejo pergamino que le entregaron en esa noche memorable de 1973.