EL NIDO. CONCLUSION
Viernes 20 de octubre, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Reproducimos la conclusión del cuento premiado "El Nido" escrito por Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía y auspiciado, dirigido y convocado por Guillermo Borrero Aragón y Edgar Bustamante Delgado. Renovamos nuestras efusivas felicitaciones a la autora y los organizadores de este exitoso Primer Concurso de Narraciones Breves.

En Popayán se organizó una fiesta para hacer la entrega del premio del Concurso. Estamos esperando los detalles para hacerlos conocer por este medio.

Cordial saludo,

EL NIDO: Conclusión
Por: Mónica Emma Lucía Mejía, octubre 1, 2000

En principio, al entender muy pronto que sus sueños no sólo se desenvolvían al ritmo, como había crecido siempre, sino que más bien brotaban de los sonidos que lo envolvían, creyó que cuando volviera la normalidad a la ciudad, él podría soñar otra vez en medio de los ruidos habituales. Pero llegó la noche esperada, de nuevo todo se encontró en sus sitios: el camión con los turistas, los travestí en sus esquinas, los obreros que llegaban a la fábrica para la jornada nocturna y él se tendió, y de nuevo se desatrancó en lo negro. Desesperado, creyó entender que se había inmunizado por el uso repetido a esa cantidad de ruido. Decidió entonces que tal vez, la solución estaba en aumentar la intensidad del estímulo. Recorrió la ciudad buscando los sitios más ruidosos, los que estuviesen recorridos por más transeúntes, los que permaneciesen desvelados por las más variadas perturbaciones. Dormía de sitio en sitio, rodeado de la música más estridente o del tráfico más continuo. Ensayó todas las formas, desde las más irregulares y complejas hasta las simples y periódicas, pero una profunda sordera parecía haberse instalado en su cerebro. Encontró que tal vez el secreto estaba en el grado o la medida, y trató con toda la determinación que le daba la angustia, de componer la armonía perfecta de los sonidos para sus sueños.

La buscaba en todos los lechos, se concentraba tendido en un sofá o sentado en una silla, en el asiento de su carro detenido en cualquier lugar en el que descubría alguna cualidad especial. Permanecía despierto con los ojos cerrados, imaginando los sueños que hubiese deseado tener, haciendo un esfuerzo supremo para no caer en la negrura. Pero nada logró, siempre en medio de la más fascinante combinación posible, después de haber obtenido la dosis exacta de cada componente, se encontraba derrotado por la oscuridad. En esta carrera que emprendió contra su destrucción sus días empezaron a hacerse cada vez mas cortos, ya no supo entender si corrían hacia el futuro o hacia el pasado o se agrupaban por decenas o por centenas, después de los primeros meses, creyó que el sol salía o se ponía al azar. Al gran cansancio de su estado se sumaba el que provenía de la desesperación con que se abrazaba a cada esperanza de curación. Sus miembros caían cada vez más a menudo en el vacío de esa mancha viscosa de aceite negro del sueño sin sueños que ya se extendía hacia todo lo que le quedaba de luminoso.

Tuvo un día y después de muchos meses de vacilar ante la locura, una esperanza. Durante el fin de una tarde a la hora del atardecer, cuando estaba tendido en el asiento trasero de su carro en una vía concurrida con los dientes apretados y los brazos en cruz, tuvo un sueño. Estaba oyendo el ruido incesante del tráfico, de los pitos, de los gritos de los vendedores de cigarrillos, cuando de un modo casi perfecto, el ruido pareció alejarse como llevado por una sola mano, hacia la distancia, permaneciendo así, tenue en el horizonte por un nítido intervalo, para acometer enseguida, pero no de golpe, sino que de nuevo se acercó desde lejos, poco a poco, hasta hacerse intenso. Y en ese corto momento, las imágenes que Gaspar traía a su mente manteniendo con esfuerzo, tomaron vida propia. Fue apenas un gesto, un aparecer y un desvanecerse, un fantasma apenas entrevisto en su fluorescencia, que pasó dejándole el rastro de su tacto, pero era al fin, un sueño. No tuvo dudas, había pasado tantas horas agudizando sus sentidos en la intensa espera, que el corazón se lo confirmó con el aliento final que le restaba después de ese año monstruoso, allí estaba la solución, en ese alejarse y volver del sonido se hallaba la clave.

Su cerebro agotado se perdía en las lógicas, en las razones, calculaba y comparaba; pero todo aparecía confuso, los recuerdos claros de lo lejano, los trastornados de ayer, lo que no recordaba, lo que ya no sabía si existía. ¿Dónde el desvanecimiento y la acometida? ¿Qué era el golpe que se presiente en la distancia, que viene desde horizonte hasta nosotros? Aquella onda, esa oscilación, ¡esa ola! Lo tenía, eso era Apareció un recuerdo muy antiguo, tan fugaz como su sueño, en el que se veía a sí mismo muy pequeño en una playa de arena gris, contemplando el poderoso mar de aguas oscuras que se agitaba durante la marea alta. Era el sonido del estrépito y la calma, el ruido del romperse sin cesar contra la roca: el del desgarro de las aguas contra la raíz del continente, era el rumor de la madera de la casa de los grandes zancos que hundidos en el fango de la bahía se quejaba al recibir la penetración del mar; era el vaivén de la respiración del niño que dormía soñando en la casa suspendida sobre las aguas

Debía entonces volver al lugar de partida, al pueblo surcado por las estrechas calles de tablones, a la casa de paredes de madera reseca, a las gotas que a cada golpe de la mar entraban por las rendijas del piso. Volver para soñar otra vez los primeros sueños, en medio del estrépito que no se detenía jamás, que era el mismo cada noche y cada día. Cogió el volante con las dos manos, miró el pavimento, encendió el motor mirando en redondo sin observar la dirección del tráfico y empezó a avanzar en línea recta, siempre hacia el sur, No tuvo que preguntar ni por una vez la ruta, ni mirar las señales en las encrucijadas, solo siguió los impulsos de sus manos que lo llevaron por el camino más corto. Tardó dos días con sus noches atravesando las montanas, al fin desde el lugar justo en que moría la última colina pudo ver el horizonte gris y el poblado vacilante sobre el tempestuoso del mar. La madera de la casa parecía deshacerse bajo sus pasos, su olor era ya el mismo de los moluscos podridos, el techo se abría por todas partes, cayendo hacia dentro en la mitad de la única estancia. No le importaba. Respirando fuertemente la brisa cargada de sal se hundió en un rincón, con el oído pegado al suelo, con las piernas plegadas hacia el pecho.

En esta posición esperó el sueño que al ritmo del trepidar de la madera, apareció en oleadas de incontinencia, que como la mar iba y venia. No tuvo que moverse ni por una vez, no dio ninguna vuelta buscando una nueva comodidad, ni encontró fatiga en su cuerpo recogido. Solo se dejaba recorrer indefinidamente suave por los resplandores de una región jamás alumbrada por su conciencia, cesaban los pensamientos, desaparecían los sentidos, un frío que se hacia acogedor se esparcía por su pecho. Al fin el olvido aparecía trasfigurado en las imagines que descendían a su lado en espiral, llevándole hacia una profundidad iluminosa, en la que los olores eran como sabores y los sabores eran tactos. Cada cosa en él se movía arrastrada por el mar, sus cabellos, sus ropas, los cordones de sus zapatos y el polvo de las suelas, todo palpitaba en un único compás, el agua de su sangre respondía como un eco al embate y la resaca, al golpe y la caricia, al unísono con le viento que golpeaba con violencia y después se hacia suave, su aliento era en un momento tenue, luego angustioso.

Entonces, el mar que a veces es también silenciosa quietud se detuvo por un momento y el corazón de Gaspar también se deslizó sin dolor hacia la quietud. Las olas volvieron a golpear, pero ya en su boca el último aire abandonaba su cuerpo helado e iba a fundirse con la calidez del mar y la de madera. Con la calidez de las hojas elevadas por el viento y con la calidez de las figuras de sus deseos que lo acompañaban, entre las que se reconoció con unos nuevos ojos, que ya no podrían mas ser perturbados por el dolor de lo no visto o por el ansia de lo no poseído.

FIN