EL NIDO. II PARTE
Miércoles 11 de octubre, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Continuamos con la segunda parte del cuento premiado "El Nido" escrito por Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía. Este concurso fue auspiciado, dirigido y convocado por nuestros paisanos Guillermo Borrero Aragón y Edgar Bustamante Delgado. La conclusión la distribuiremos en la próxima semana. Nuestros agradecimientos a cada una de las personas que nos han enviado comunicaciones sobre este tema.

EL NIDO: II parte
Por: Mónica Emma Lucía Mejía Premio: "Primer Concurso de Narraciones Breves", octubre 1, 2000

Antes siempre despertaba lentamente, al ritmo de los sentidos que emergían del sueño uno a uno. Primero empezaban a desvanecerse de su oído las voces soñadas, aparecían los ruidos exteriores. Después, y aunque siempre se esforzaba por retenerlo hasta el último minuto, desaparecían las imágenes, el fulgor de los colores se iba apagando permaneciendo todavía por algunos segundos las figuras silenciosas en blanco y negro, hasta que ellas también se disolvían. A veces incluso, aunque ya por fuera de la inconsciencia absoluta, podía crear sus propios sueños. Se concentraba en una circunstancia deseada imaginando algo o a alguien, hasta que las imágenes comenzaban a animarse. Cuando lo conseguía podía dirigirlo a su antojo, tocar o sentir lo que quisiera, levantar los objetos en el aire, mirarse al espejo y hacerse crecer el cabello hacia las sienes descubiertas; volar sobre la terraza del edificio y sobre la avenida, sobre los árboles, por entre un cielo que a su capricho era azul turquí, amarillo o rosa.

Esa mañana en cambio, despertó como quien despierta cataléptico en una tumba cerrada. Estaba agotado con la intensa sensación de sólo poder permanecer allí echado tratando de calmar la respiración agitada, el temblor de los músculos del pecho, exhausto de tanto respirar en esa oscuridad cenagosa como un lodazal. Se sentía en una pesadilla en la que se veía así mismo despertando oprimido en un centro de una habitación rodeada de una gran máquina que constantemente succionaba el aire y aumentaba la gravedad. Reconoció en el espejo del baño su rostro trastornado, no percibía ningún descanso. ¿Qué sucedía? ¿Porqué esa sensación terrible y todo ese cansancio pesando sobre sus hombros?. Había dormido bien pese a la interrupción, profundamente, tan profundamente que no había tenido sueños. Pero su corazón latía cansado, sus ojos no atinaban a enfocar, sus brazos pendían fatigados del cuello adolorido; el mundo entero oscilaba ante sus ojos contra un fondo de ansiedad.

Ese primer día no fue tan terrible. Las horas pasaron mientras se convencía de que una mala noche es algo que le sucede a cualquiera y que esa noche seguramente dormiría por dos; refrenaba su angustia con argumentos del todo razonables que al contestar al teléfono, escribir a máquina, o entre bocado y bocado del almuerzo, se repetía en voz alta. En la noche cerró temprano, organizó su oficina para la noche, se tomó varios tragos de aguardiente después de comer, se puso la sudadera que le servía de pijama y apagó la luz. Su cuerpo cansado su acomodaba a la forma de la cama, la sangre palpitaba en su espalda, pero sentía cómo la angustia lo acometía desde un algo indefinible en el ambiente. Para él, el sueño nunca tuvo nada que ver con la muerte, jamás se sentía más vivo que cuando dormía. No recordaba haber tenido, ni aún de niño, temor de dormir solo o en la oscuridad.

El tiempo que pasaba dormido eran las mejores horas de su vida. Allí escapaba de toda la desolación de su trabajo absurdo y de sus amores doblemente absurdos, todo se desvanecía ante las imágenes que fluían plácidas en la gran pantalla detrás de sus ojos cerrados. Ahora el terror crecía en la medida en que resbalaba hacia ese paréntesis en el que ya nada existía. Sí, dormía y durmió esa noche, y las que le siguieron, e incluso en las tardes cuando se atravesaba exhausto en la mitad del escritorio, en su posición de Faraón del alto Egipto, con la cabeza de perfil y los brazos de frente, pero no volvió a encontrar reposo. Por el contrario, dormir en la negrura, sin sueños, parecía agotarlo. Entre más horas permanecía en el sueño, se despertaba aún más exhausto, como después de nadar con una pesada piedra amarrada a la cabeza por entre un líquido espeso.

Durante los primeros días su cerebro reveló una increíble lucidez, con una claridad agobiante que le permitía recordar cada movimiento que había realizado con la mano al afeitarse, cada palabra cruzada, pero al cabo de poco tiempo, empezó a sentirlo estrecho, como una maleta llena hasta los bordes. Parecía que sueños y olvido brotaban de un mismo lugar, o quizá que los sueños eran la fuente misma del olvido y como Gaspar no lograba soñar, tampoco pudo volver a olvidar. Tal vez los sueños, en que aparecen convertidas las sensaciones del día (por ejemplo en soldados de juguete parlantes alineados en terrible escuadrón) son las formas primordiales del olvido, de las que se vale la mente para empezar a clasificar y dejar empolvar las impresiones. Sin esto, empezó por tropezar con los recuerdos amontonados en los sitios más inconvenientes y terminó ya no pudiendo moverse entre tanto recuerdo.

Las cosas que habían sucedido hacía tiempo las recordaba con una claridad que le permitía casi tocarlas, como las solapas de la señora con que el viernes primero del mes se había encontrado, pero lo cercano e incluso lo inmediato que había sido recibido por su cerebro cuando ya estaba insoportablemente lleno se aletargaba, parecía provenir de una gran distancia. Así no podía recordar después de caminar muchas cuadras o subir varios pisos, lo que había ido a hacer, se sorprendía con la cuchara en la boca, pensando si era la segunda vez que desayunaba. Lo peor era el no poder olvidar las cosas deseadas, así la más pequeña añoranza se convertía en tortura. Podía alejarse de la tentación, no volver a verla ni a olerla, dejar pasar muchos días, o aún satisfacerse repetidamente, pero la violencia del deseo permanecía intacta, aparecía cada mañana con la misma intensidad del primer minuto. El sólo permitirse admirar se convertía en una carga que pesaba cada vez más en sus sentidos. Vivía asfixiado por multitud de deseos y también por el miedo a desear.

Sigue la tercera y última parte,