"NEW LOOK"
Domingo 28 de septiembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Rodrigo Valencia Quijano, nos cuenta que la plazoleta de la iglesia de San Francisco tendrá un "new look". Leamos lo que nos dice Rodrigo.

Cordial saludo,

***

Sobre la Plazoleta de San Francisco
Por RODRIGO VALENCIA Q.

ESPECIAL PARA EL LIBERAL
28 de septiembre, 2003

Un buen o mal día, no sé, los habitantes de Popayán vimos, con sorpresa, que la Plazuela del Templo de San Francisco, declarada Monumento Nacional mediante decreto 2248 del 11 de diciembre de 1996, había sido cerrada a la vista pública con el fin de acometer trabajos de renovación, según anuncia su valla: labor ejecutada por la Escuela Taller de Popayán, en convenio con la Alcaldía de la ciudad, la Agencia Española de Cooperación Internacional, el Ministerio de Cultura, la Gobernación del Cauca y el Sena, según Programa de Conservación del Patrimonio Cultural.

Sabemos que también, con anterioridad, tanto el Centro Histórico de Popayán como la Iglesia de San Francisco habían sido declarados Monumentos Nacionales. Y sabemos, también, que la Plazuela de la Iglesia de San Francisco es considerada la segunda en importancia en la ciudad, después del Parque Caldas; y uno tiene la idea de que un Monumento Nacional, debido a sus características y honorable fundamentación histórica, debe ser algo así como un ente intocable, por el cual hay que abogar por su debida conservación, con el respeto, veneración e importancia que merece. Aparte de cualesquier consideraciones sentimentales, simplemente así son las relaciones del ser humano frente a las cosas que a su debido tiempo han hecho historia y han marcado, inevitablemente, con el paso del tiempo, un hito en la idiosincrasia y carácter de los acontecimientos vividos por una comunidad. Pero los trabajos de “diseño y construcción de la plazoleta” ya están bien avanzados y la demolición de lo que existía es un hecho sin reversa.

No entendemos por qué se diseña y construye lo que ya existe desde hace muchísimos años en la memoria, en el espíritu y en el espacio físico de la ciudad. (En la sangre, diríamos). Más aún, recalcando que se trataba de un Monumento Nacional. Se trataba; porque, el nuevo espacio que habrá, ¿cómo puede conservar su honor de Monumento Nacional? Sin embargo, el proyecto fue debidamente aprobado por el Consejo Filial de Monumentos Nacionales, el 21 de marzo de 2002, e, igualmente, por el Ministerio de Cultura, según Resolución 004 de 2003, quien autorizó la realización de este proyecto, habiendo sido “estudiado y evaluado por el Grupo de Protección y Centros Históricos de la Dirección de Patrimonio”. Aquí, el concepto “Protección” parece que alude más bien al hecho de dar viabilidad a la demolición de un evento histórico con todas sus características de legitimidad ganadas a través del tiempo, lo que constituye un claro despropósito, un contrasentido sin excusa. Al respecto, dicha Resolución reza “Que la propuesta respeta la jerarquía del templo de San Francisco y el entorno urbano. Genera una integración acorde con el espacio público del Centro Histórico, y en consecuencia puede ser autorizado”.

Ahora bien, “El proyecto pretende modificar la plaza volviendo a los orígenes de la plaza española y suprimiendo la influencia del jardín francés...” Por tal motivo, el piso quedará nivelado, sin las eras que existían, y estará, todo, cubierto con “piedra de cantera, similar a la de la fachada de la iglesia y aplicaciones en piedra muñeca amarilla. En cuanto al amoblamiento, bancas en piedra de cantera, luminarias en aluminio, desagües en piedra de cantera y árboles carboneros, que producen sombra, poco frondosos con el fin de no afectar la visual y ayude a zonificar el espacio”, como dice el documento. Pero hay que esperar cómo se resolverá el acceso de los minusválidos por el lado de la carrera novena, además de cómo podremos, todos, adecuarnos al nuevo patrón arquitectónico, con la estatua del prócer Camilo Torres disminuida en su pedestal y desplazada un poco de su sitio original, expectativas que, no dudamos, La Escuela Taller de Popayán resolverá con toda la pericia de un trabajo técnico excelente, porque ya hemos visto, por ejemplo, la magnífica restauración que hizo de la Casa Obando, edificación que sí ameritaba una reconstrucción y remodelación en su estilo y estructura, debido a las condiciones penosísimas en que la dejó el terremoto de 1983. Es insólito y lamentable que una acometida de esta naturaleza no haya sido consultada y concertada en forma abierta, en debate público, para que los especialistas, interesados y ciudadanía en general hubieran aportado sus conceptos, refutaciones, discriminaciones, conveniencias o inconveniencias, etc. Y es igualmente deplorable el que no se haya consultado oportuna y previamente a la Arquidiócesis de Popayán acerca de esta decisión, por ser ella la primera instancia con dominio y derecho sobre dicho templo. En la misma medida, se ha desconocido, también, lo estipulado por el Plan de Ordenamiento Territorial, que expresamente alude a la “la capacidad de convocatoria a nivel urbano y nacional”, al “mantenimiento, recuperación y generación de zonas verdes, parques...”, a “consolidar el espacio público como elemento estructurante en función del modelo de ciudad, la oferta ambiental paisajística”, etc., etc., asuntos todos que requieren de toda una seria consideración, verificación y ponderación por parte de autoridades profesionales competentes. Pero, bueno, parece que ya se está imponiendo como norma la demolición de estos parques (me acabo de enterar que se hará lo mismo con una plazoleta en Zipaquirá), que hasta hoy eran sitio de oxigenación y de esparcimiento en pueblos y ciudades.

El nuevo diseño ya está en marcha y Popayán también seguirá su rumbo con el nuevo milenio; pero todo nos hace pensar que la comunidad es el último ente que tiene la palabra; y ya la fuerza de una tradición tampoco tiene peso en el eco de la “Ciudad Culta”. Y es lo más probable, además, que este nuevo “parque de la 94”, como le llaman ahora los muchachos, se convierta, con todas sus ventajas, en el centro de sus reuniones nocturnas, nada gratas para la memoria de una historia que poco a poco se agota, mientras el tráfago de las circunstancias se afirma, en cambio, con sus arbitrariedades de último momento.