LOS NEGRITOS
5 de enero, 1999
De: Mario Pachajoa Burbano

Gustavo Arboleda nos cuenta que el 5 de enero se celebraba la fiesta de los "negritos", consistente en cabalgatas por las calles y la plaza, que se cercaba y en ella se soltaba un toro; disfraces a pie y a caballo; cohetes, música, licores. Algunos caballeros gustaban de arrojar en la plaza confites o monedas de ínfimo valor, para que las recogiesen los muchachos, precisamente en los momentos en que se aproximaba el furioso cornúpeta.

A muchos placía el acercarse a dicho animal sacudiendo cohetones que ensordecían con sus tronantes o tomaban impulso al prenderse los tubitos de carrizo llenos de pólvora. Por las calles circulaban también grupos de disfrazados, que penetraban a las casas de familia, después de ser reconocidos, y como de ordinario llevaban algunos músicos, se tocaba y bailaba un rato.
Había máscaras de fama tradicional, por la agudeza de sus chistes, el asunto general de la idea y la indumentaria. Eran de los notables Hipólito Castrillón, padre del caballero que porta este nombre, y José María Obando Iragorri.

Era muy usual andar con cajas de betún, o con carbón molido y debidamente preparado, para tiznar en la calle a cuantas personas era posible o penetrar a las casas con el mismo objeto.
Para unos negritos, el 1898, se organizó una cuadrilla de a caballo, que resultó muy bien presentada y obtuvo el bis el domingo inmediatamente siguiente al 5 de enero, en lo que se llamaba negritos de travesía o extraordinarios que se habían ido estableciendo gradualmente, pues en tiempos anteriores se reducían las fiestas de plaza a diversiones congruentes al día 5.

La cuadrilla se bailó en la plaza, en torno a la pila. Eran 4 grupos de jinetes, en número total de 48 los últimos, en caballos rucios, castaños, bayos claros y moros. Los caballeros vestían de jockeys, con prendas que hacían juego a los caballos. Al comienzo de la parte oriental del Ejido fueron los ensayos de a caballo, después de otros varios simplemente a pie. Dirigió la cuadrilla el general Ernesto Borrero, quien encabezaba el grupo de los bayos. Jeremías Cárdenas Mosquera dirigía los rucios. Organizados en la plaza del mercado, donde los esperaba Carlos Albán para tomar fotografías, se repartían la manera de entrar por las cuatro esquinas de la plaza mayor, al son de una marcha ejecutada por la banda de músicos, que ocupaba la pila. Se habían hecho señales en el prado, para facilitar los movimientos, que consistían en peines y otras figuras, en que se cruzaban armónicamente los jinetes, formando por la variedad de colores un conjunto interesante.