EDGAR NEGRET: TRISTE ETAPA
Viernes 10 de mayo, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

El Tiempo publica un artículo sobre el Maestro Edgar Negret que contiene una etapa triste del ilustre payanés. Cordial saludo,

Édgar Negret: recorriendo los pasos
Revista Credencial
10 de mayo de 2002
El Tiempo

Desde su casa, el maestro rompe dos años de silencio. Y aún conserva el buen humor: ‘A ver si éstas no son mis últimas palabras’, dice.

Acababa de cumplir 81 años y un sueño interrumpido le hizo creer que debía dejar su casa del barrio Santa Ana, en Bogotá, y salir hacia la ciudad donde nació, y donde creció acompañado de sus nueve hermanos mayores "ya todos muertos", y de sus padres, el general Rafael Negret y María Dueñas, muertos también.

Llevaba por lo menos dos años sin salir de su casa cuando tomó la decisión de regresar a Popayán. Sus amigos, sus vecinos, los admiradores de su obra, se preguntaban qué había pasado con Negret.

Qué se había hecho desde 1999. Mientras se tejían toda clase de especulaciones, el artista permanecía guardado en su casa. Sin querer ver a nadie. Sin recibir visitas, sin asomarse a la ventana.

Guardado en esa inmensa casa de más de mil metros cuadrados que tantas veces ha dicho que quiere convertir en museo, y que para quienes la conocieron años atrás eso era precisamente: un maravilloso museo. Hoy es otra cosa.

Sentado en un sofá de cuero desgastado por el tiempo, al maestro Negret, padre indiscutido de la escultura moderna en Colombia, se le pierden las palabras, se le refunde la memoria. No recuerda con precisión todas las obras que lo hicieron famoso en el país y en el mundo.

Tampoco las exposiciones que se han paseado por los mejores museos y galerías de ciudades como Nueva York y París, y que lo consolidaron, en palabras escritas por la crítica Marta Traba, "no sólo como el mejor escultor de Colombia sino de Latinoamérica, y una de las grandes figuras de la escultura mundial".

Negret no recuerda qué pasó con el exuberante jardín que había a la entrada de su casa y que obligaba a los visitantes a entrar prácticamente agachados. No recuerda su jardín. No se acuerda de los faisanes y los paujiles y los patos que muchas veces visitaban su piscina.

No se acuerda de la piscina. Los nombres de algunos de sus más cercanos amigos le son indiferentes. Quizás al verlos los recuerde, sí, quizás.

La leyenda de la elegancia

Camina lento por los espacios en donde sueña con crear su museo. Con obra suya y con piezas precolombinas que se han convertido en su obsesión. Piezas que hoy andan arrumadas en el piso o guardadas en los baños. Unas bien puestas y otras llenas de polvo.

Los retratos de sus antepasados, que han ocupado siempre en su memoria y en su hogar un sitio especial, están recostados en las paredes, algunos sin colgar, con sus papeles amarillentos expuestos a los brochazos del abandono.

Camina por los pisos de madera levantados y aclara que "eso hay que mandarlo cambiar". Camina por el que fue su taller, lleno de movimiento en el pasado y hoy silencioso. Desde hace por lo menos dos años no crea una nueva escultura y por estos días ya no tiene interés de hacerlo.

Un baño cercano sin agua caliente, que lo obliga a buscar otro más lejano. Un comedor en el que se sienta ante el mismo plato, pechugas de pollo, día tras día, mes tras mes.

Al toparse con unas ventanas, cuenta que pronto las va a clausurar. Quiere privacidad. Quiere reducir el interés de los vecinos. Un poco de oscuridad. Quiere que el tinto que pidió le llegue a tiempo y bien acompañado, para que después no digan que quién sabe qué es lo que Negret anda ofreciendo...

Mantiene su elegancia, que se volvió leyenda, aunque se le vea algo desaliñado. No importa que el dobladillo esté suelto, nada de eso, la elegancia es un don del espíritu y no de las telas que se llevan puestas.

"Se murió María Félix, ¿no?". Esta es la única noticia que registra con claridad de las decenas de periódicos apilados que tiene encima de una mesa. Ahí quedan, prácticamente sin ser leídos. "Sabíamos que era chiquita por la canción" dice entre risas: ‘María bonita, María chiquita, María del alma...’. Chiquita, como yo.

Pero él es inmenso. Maestro. Aunque no quiera saber de fama. Es demasiado, para él, eso de que siempre lo estén mirando, pendientes de a dónde va y qué va a hacer. Por eso, el reciente viaje a Popayán se le convirtió en pesadilla. Porque ya estaba acostumbrado a guardarse en su casa, encerrado en su mundo sin aparecer en ningún sitio público. "¿Qué se hizo Negret?", preguntaba la gente.

Pero eso a él lo tenía sin cuidado. Meses en su casa, durmiendo poco, levantándose por lo menos cinco veces en la noche, viviendo con una pregunta fija en su cabeza: ¿Qué había antes de la historia? "La fábula, sí, la historia inventada", se respondió finalmente.

Los días se le pasaban cambiando una pieza precolombina de un lugar a otro, o escapando de las sombras que lo vigilaban por las ventanas.

Memorias en la sangre

Una tarde hizo una excepción y recibió la visita de una amiga que lo había conocido cuarenta años atrás en Palma de Mallorca. En medio de la conversación, Negret le preguntó por algunos amigos en común. Todos habían fallecido.

Empezó ella un relato de tragedia y muerte que terminó por angustiarlo tanto, que tuvo que pedirle a uno de sus asistentes que se la llevara de la casa. "Me estaba volviendo loco", se excusa el artista.

Después de su cumpleaños, el 11 de octubre del año pasado, Edgar Negret decidió acabar con su encierro y salir rumbo a su ciudad. Fue algo sorpresivo. Quería saber de la casa donde nació, quería ver cómo andaba el museo que allí creó, quería encontrarse con la antigua Popayán.

Viajó sólo y sin mucho equipaje: sería un viaje de un fin de semana. Al poco tiempo de estar allí, la gente se enteró de que "su Maestro" había llegado de visita. Pero las cosas no salieron como él pensaba. Primero, porque el viaje de dos días se convirtió en una larga estadía de casi siete meses.

Las semanas iniciales las pasó en el hotel Monasterio, luego quiso más de privacidad y, por gestión de sus asistentes, se trasladó a una pequeña casa en un conjunto cerrado que al final también terminó por desesperarlo. Nada era como su espacio solitario de Bogotá. Por otro lado, el museo lo encontró cerrado y en otras condiciones a las que había soñado.

Al recorrer las calles, se le vinieron encima, en desorden, sin avisar, todos los recuerdos. Su gente, por la que preguntaba con insistencia, ya había muerto; los sitios que quería visitar ya no existían. Negret se inquietó, pues a él le parecía haber visto cuadras atrás esos rostros del pasado que tanto buscaba. A esta angustia se le sumó la soledad.

En dos ocasiones se cayó y sus pantalones alcanzaron a mancharse de su sangre. Tuvieron que llevarlo al médico, los vecinos que lo reconocieron y decidieron servirle de acompañantes y algunos familiares que llegaron al hotel sin que él los hubiera contactado. Por fortuna, sus huesos, fuertes como sus obras, resistieron los golpes.

Los dientes de la historia

Sin un peso en el bolsillo, las facturas de los médicos se las pagaron sus muchachos desde Bogotá, así como las cuentas de los hoteles... Sus muchachos, que tuvieron que aguantar las críticas porque "habían dejado abandonado a Edgar Negret en Popayán".

Rodolfo Buitrago, Leonardo Guevara y Germán Alvarado llegaron a la casa del escultor hace casi tres décadas como trabajadores de su taller y hoy son, con sus respectivas esposas e hijos, la familia del artista, no la de sangre, pero sí la que él escogió.

A ellos, Negret les ha dado todo. Trabajo, vivienda, salud, estudio para sus hijos, autorización para reproducir algunas de sus obras y venderlas. Ellos aceptan que, por él, sus hijos han estudiado en los mejores colegios y han tenido las mejores atenciones. "Hemos subsistido gracias a su arte. Se vive cómodo, no lo negamos", afirma Rodolfo, el papá de quien es para Negret su "nieto consentido": Edgar David, de 14 años.

¿Y el maestro? Los esperaba en Popayán con alegría. Varias veces fueron a visitarlo, pero por asuntos personales no podían quedarse con él... y a él se le aguaban los ojos cuando tenía que despedirse y quedarse nuevamente solo.

Sus familiares en Popayán aprovecharon para llevarlo al odontólogo. "Estaba preocupado porque había descuidado unos dientes, los de atrás, y pensé que ya los iba a perder. Pero el dentista resultó un genio", afirma. La idea de que Negret se encontraba mal cuidado empezó a crecer e incluso llegaron a recomendar que lo internaran en una clínica para que pudiera contar con una mejor atención. Llamaron parientes de todas partes a decir que estaba loco, pero yo había ido a reconstruir mi historia y eso no lo entendieron, se defiende.

Un día decidió volver, tan repentinamente como se marchó. Al llegar a Bogotá no sólo se sorprendió con una ciudad que había cambiado durante sus meses de encierro y su medio año en Popayán.

También se molestó con los familiares que habían estado averiguando por él y les prohibió a sus muchachos, su familia, volver a contactarse con ellos. Esto, después de que una tarde, en la galería Casa Negret (que el maestro creó en los años setenta y que hace tres años cedió a Germán Alvarado) estuvieron reunidos Rodolfo y Germán con algunos sobrinos del escultor.

El propósito era precisamente aclarar rumores. Les respondimos, entre otras cosas, que primero muertos nosotros antes de que el maestro se internara en una clínica. Para eso tiene su casa y quién lo cuide, explica Alvarado, quien está con Negret desde 1972.

Muchos años llevan ellos a su lado, aunque no exentos de problemas. En estos momentos, por ejemplo, el maestro Negret acaba de pedirle a Leonardo Guevara que abandone el apartamento que ocupa, anexo a su casa en Santa Ana.

"Se cree el dueño del barrio, del mundo. Aparece cada día con carro nuevo y yo no tengo un peso en el bolsillo. Ahh, eso no me importa", dice. También se queja de que Germán Alvarado se hubiera llevado "para la galería mi colección de precolombinos".

Tan pronto el maestro la reclamó, Alvarado la devolvió a su sitio. "Me la había dado tres años atrás para mi hija mayor, pero sí quiere tenerla de nuevo a su lado, allá está", afirma el asistente.

Con Rodolfo mantiene ahora una etapa de "luna de miel" que él mismo no está seguro de cuánto va a durar. Precisamente Rodolfo es quien se ha encargado de la exposición de dibujos inéditos que actualmente se muestra en Bogotá: dibujos que Negret tenía olvidados desde sus años de academia en Cali.

"Estos jóvenes se inventan mil cosas, descubren un filón y se alegran, porque se reparten lo ganado y me pagan todas mis deudas", señala el maestro.

¿Y su familia de sangre? "Toda está muerta", responde él. Y vuelve a envolverse en sus recuerdos, en los retratos de sus antepasados "que llegan hasta Sebastián de Belalcázar", en los tantos viajes que hizo y que se desvanecen en su memoria, en las exposiciones por el mundo que también están en medio del olvido, en las medallas, en las obras que hizo y en las que ya se quedaron sin hacer...

Negret se pierde en su propio pasado, mientras suelta una frase inquietante, pero adobada con una pizca de humor:

-Es como un sueño todo, ¿no? "dice-. A ver si estas no son mis últimas palabras.