HISTORIA NOVELADA DEL GRAN GENERAL MOSQUERA
Lunes 16 de agosto, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Jaime Ortega ha escrito la historia novelada del Gran General Tomás
Cipriano de Mosquera
. Los títulos del índice son los siguientes:


Mascachochas o el Gran General.
Coconuco.
Preámbulo de su muerte.
Su nacimiento, su niñez y su juventud.
Mosquera en París.
El retorno.
Su hermano el Arzobispo.
Batalla de La Ladera, La Cuchilla del Tambo y
triunfos y desventuras de Berruecos.
Un viaje inconcluso y sin retorno.
La guerras civiles.

Debido a su longitud (69 páginas), solamente publicamos el inicio
de dicha obra. A pedido y por email, podemos enviar el escrito
completo, 457 KB.

Nuestras felicitaciones a Jaime por tan detallada obra.

Cordial saludo, Mario

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“HISTORIA NOVELADA DEL GRAN GENERAL MOSQUERA Y OTROS APUNTES INCONCLUSOS”
por: JAIME ORTEGA
Junio 1 de 2000


MASCACHOCHAS O EL GRAN GENERAL

En un poblado que después de mas de ciento cincuenta años de ocurridos estos hechos, no ha cambiado, en medio de la neblina que como hamaca viene y se va, obedeciendo al péndulo del tiempo, un anciano muy entrado en años con una energía que llama la atención a los indígenas que ahí habitan, imparte órdenes con voz firme y, que a no dudarlo, hay que obedecer por absurdas que parezcan. Sus pasos son amplios y sus botas de cuero negro altas, cada que pisa, expanden el barro de la calle central del caserío donde este poderoso caudillo ejerce, desde hace meses, el cargo de Alcalde Municipal. Su nombramiento fue sui géneris: se limitó a cursarle un telegrama al Presidente de la República de que tomaba posesión como Alcalde de Coconuco, sin ni siquiera comunicárselo al Gobernador del Departamento de quién, supuestamente, dependía. La sucesión del mando fue igualmente sencilla: sin rodeos entró al rancho donde despachaba su antecesor, mirándolo fijamente para decirle en forma imperativa:

¡Salga usted de aquí y en el término de la distancia me abandona el pueblo, pues yo nunca más lo quiero volver a ver¡

Todos los habitantes de la hoy República de Colombia, y en los más apartados confines territoriales se preguntaban si ese villorrio andino de una calle y ranchos destartalados, habitados por indios que morían de frió y hambre, cuyo nombre acababan de conocer -- Coconuco -- era el llamado a ser por capricho de ese hombre, segunda Capital de la incipiente República.

Otros no entendían y nunca lograron entender, que todo un caudillo como el Gran General tres veces Presidente de Colombia, heroico y excepcionalmente brillante, hubiera escogido para gobernar un pueblito que ni siquiera en la geografía nacional aparecía por parte alguna. En fin, los decires eran contradictorios, pero cualquiera que fuese la verdad se hacia indispensable tenerla en cuenta. Tal fue el temor y respeto que infundía, el incansable guerrero.

Pero el Gran General era consciente de lo que estaba haciendo. Sabía, por ejemplo, que su vida de guerrero por decrepitud de su extenuado cuerpo, estaba llegando a su término. Además, no pudiendo cabalgar largas distancias, tampoco estaba a su alcance organizar ejércitos de descamisados para dar golpes de cuartel, como siempre lo hizo. Para rematar, la nostalgia de mando no la sentía, porque lo indios conociéndolo desde siempre, eran temerosos de que en un arranque de ira los mandara a fusilar con familia y sus dos vacas, sin parpadear y sin fórmula de juicio. Por último, su virilidad, cosa rara, se hizo más proverbial en su vejez, y su semilla la regaba a su antojo engendrando en indias hijos arrogantes y mestizos.

El Gran General, limitando el pueblo por sus cuatro costados tenía una finca donde el ganado vacuno y caballar era abundante, pero él gozaba solo viéndolo y cepillando de tarde en tarde un lote de finos caballos palomos, cenizos y negros azabache, que amaba con ternura jamás conocida.
De vez en cuando bajaba a su ciudad natal, Popayán, distante veinticinco leguas, pero el cansancio se lo impedía cada vez con más frecuencia. El Gran General se había desacostumbrado a los honores y a su edad se preocupaba muy poco por los bienes materiales. No obstante tanto desprendimiento, siempre lo acosaba su enfermiza obsesión del mando. Con ella había nacido y esperaba morir, siendo irrevocablemente obedecido.


Los domingos y fiestas de guardar eran días memorables para las gentes de la población. Tomás Cipriano, se engalanaba con su uniforme regio de casaca azul celeste, bordada de finos hilos de oro, pantalón rojo también bordado bellamente en sus partes laterales; su impecable chaleco; sus condecoraciones, que eran muchas; y el cinto - de tela siempre italiana - ajustaba su cintura y remataba en dos borlas bellísimas que le servían para ostentar su alfanje, de finísimo acero, y terminado en pomo de oro. La espada decía con evidente orgullo, había sido testigo mudo de batallas gloriosas, donde obtuvo el título de General merecidamente. El sombrero, ese sí de tela francesa, lo portaba en su mano izquierda y muy rara vez se lo ponía en su cabeza que ya por el tiempo, ostentaba pocos cabellos platinados y ondulantes. Si no hubiese sido por su mandíbula inferior que lo afea un poco nada más, se podría decir que era un hombre de regia contextura y rostro varonil y bello. Pero las vicisitudes de la guerra un buen día le jugo una mala fortuna, cuando se refugiaba – cosa irónica del destino -- en un horno campesino de hacer pan: Un tiro de fusil le rompió el hueso de la mandíbula inferior, dejándolo un tiempo a medio hablar, exceptuando las órdenes siempre precisas, claras y perentorias, que profería cuando le venía en gana hacerlo.


Una tarde helada y despiadada, el viento de la cordillera estaba contundente y recio. El Gran General no se abrigó lo sufriente y una neumonía sin piedad lo postró en el lecho de muerte. No quiso confesarse, pues quejosamente alegó a su capellán que siempre había procedido a conciencia y nunca haciéndolo o deseándole mal a nadie. Le agregó al cura, que aquellos a quienes mandó a fusilar fue porque lo merecían y que si para su infortunio resucitaran, los volvería a fusilar nuevamente por traidores, pusilánimes, o cobardes.

Rodeado entonces por algunos familiares y el capataz de su finca a quién le recomendó los caballos y, para que fuera fiel a este mandato, le donó un rancho, se aprestó a una muerte limpia y tranquila, sin miedo ni prisa. Serenamente cerró sus ojos grises azulosos y expiró. Pasó entonces a la historia el Gran General hastiado de honores y de mando, como quien aburrido viaja a un país exótico y extraño iniciando un viaje desconocido y sin retorno. Ese 7 de Octubre de l.878, a escasos días de cumplir ochenta años, moría para la República de Colombia, el caudillo más importante de todos los tiempos.