RAFAEL MAYA
1897 - 1980
Por Guillermo Alberto González Mosquera
De: Mario Pachajoa Burbano

La obra de Maya en la literatura colombiana es una de las más vigorosas por el aporte que dejó como crítico y por su poesía honda y existencial, no exenta de una melancolía que está íntimamente ligada al paisaje de Popayán, su tierra natal. Nació cuando agonizaba el siglo XIX y su padre, un pedagogo que fue Gobernador del Cauca y que cultivaba la literatura y la historia, influyó para que el hijo tomara desde temprana juventud el camino de las letras, que jamás abandonaría. Al igual que varios de sus coetáneos, estudia en el Real Colegio Seminario y luego en la Facultad de Derecho de la Universidad del Cauca en donde cursó los primeros años de carrera, que luego concluiría en la Universidad Nacional en Bogotá. Antes de cumplir los 19 años obtiene su primer galardón literario con siete sonetos que tituló "Mártires".

Bogotá va a significar para el joven poeta un encuentro temprano con las más altas cifras de la intelectualidad de entonces. Juan Lozano y Lozano, Felipe y Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Luis Vidales, León de Greiff, José Umaña Bernal, son algunos de los nombres con los que alterna en tertulias y reuniones literarias de la época. Todos hacen parte del grupo de "Los Nuevos", que incluirá también al poeta payanés. Para entonces su producción poética y en prosa empieza a enriquecerse. Aparecerán sucesivamente, La Vida en la Sombra (1925), Coros del Mediodía (1930), Después del Silencio (1935), Navegación Nocturna (1955), La Tierra Poseída (1965), El Relato del Sacrificio y de la Gloria (1966) y El Tiempo Recobrado (1975).

Paralelamente a su importante producción poética, Maya escribe crítica literaria y se convierte junto con Sanín Cano, en una de las personalidades que con mayor lucidez ha desempeñado esta función imprescindible para conocer el desenvolvimiento de la literatura colombiana desde sus primeras manifestaciones. Cristina Maya, su hija, que se ha ocupado del análisis concienzudo de lo que en este campo realizó su padre, deja el siguiente valioso testimonio: "En virtud de una permanente actitud reflexiva y estudiosa, que constituye, por lo demás, uno de los rasgos más sobresalientes de su personalidad, Maya realizó su labor crítica con un proceso sistemático y riguroso, pero a la vez dentro de un ámbito expresivo de elocuencia y de brillo". En Alabanzas del Hombre y de la Tierra, Estampas de Ayer y Retratos de Hoy, Consideraciones Críticas sobre la Literatura Colombiana, Los Tres Mundos de Don Quijote y Otros Ensayos, De Perfil y de Frente, Letras y Letrados y Los Orígenes del Modernismo en Colombia, examina en una prosa rigurosa el aporte de los autores más representativos del panorama de la literatura nacional, los géneros literarios, el estilo y la época en que aparecieron. Sin la obra de Maya, existiría un gran vacío en lo referente al estudio de estas manifestaciones tan inexorablemente ligadas a la vida del país.

El mismo quiso describirse de la siguiente manera: "Nunca he sido reaccionario, amo y procuro comprender todo lo nuevo, y nunca he desechado una forma porque no se amoldase a mis genuinos modos de sentir; el arte verdadero es revolucionario y todo genio trae los gérmenes de una profunda renovación, sin que él mismo se dé cuenta de ello. Sólo abomino de una cosa: de las mistificaciones, de las adulteraciones, de la falsa revolución de alardes anarquistas, que muchas veces sólo sirven de bandera a mercancía vieja". Allí queda con toda claridad retratada su personalidad, su carácter y sobre todo su reconocida honestidad, que se puso a prueba en múltiples facetas de su vida personal y pública.

En esta última desempeñó diferentes cargos. Llama la atención que su primera posición pública fuera la de Secretario de Aviación en el Ministerio de Guerra, antes de pasar a posiciones más acordes con su formación académica, como la Rectoría de la Escuela Nacional de Bellas Artes, la Rectoría de la que es hoy Universidad Pedagógica, la Decanatura de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, la Dirección de la Radiodifusora Nacional de Colombia y la Delegación Permanente de Colombia ante la Unesco en Paris.

En una fugaz participación política, actividad muy ajena a su temperamento, fue Representante a la Cámara por el departamento del Cauca. Su devoción más auténtica fue, sin lugar a dudas, el ejercicio pedagógico. Alguna vez afirmó ufano que "La tarima de las aulas ha sido mi verdadero pedestal". Se ganó por ello, como pocos, el título de Maestro, con el cual se lo reconoce nacionalmente. Enseñó en las Universidades Javeriana y de Los Andes, en el Instituto Caro y Cuervo y en la Escuela Militar de Cadetes. La letra del Himno del Ejército Colombiano, es de su autoría.

Fue miembro de número de las Academias Colombianas de la Lengua y de Historia. Al incorporarse a esta última pronunció uno de los discursos más impactantes que se haya escuchado en ese recinto, por la originalidad de las tesis, la profundidad del concepto y la donosura del estilo. En 1972 le fue conferido el Premio Nacional de Poesía y un año antes de su muerte el Banco de la República publicó su obra completa de poesía. La misma entidad editó y publicó cinco años más tarde la Obra Crítica,

Maya tuvo afecto entrañable por Popayán, su tierra natal y tierra también de sus mayores. La denominó "Libro de Piedra" y le dedicó uno de sus mejores ensayos: "Popayán de Belalcázar", así como el poema "A una Ciudad", en el que exalta sus valores y evoca las imágenes que quedaron grabadas para siempre desde su infancia. El Maestro murió en Bogotá el martes 22 de julio de 1980 a los 83 años. La Biblioteca Pública de Popayán lleva su nombre y hay un busto de bronce consagrado a su memoria en el Auditorio de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca.