FERNAN MARTINEZ MAHECHA
Viernes 4 de julio, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Fernán Martínez Mahecha es uno de los payaneses más conocidos en el mundo entero, lo decíamos en el articulo del 5 de julio de 2000. Este escrito de Sophia Rodriguez Pouget nos ofrece más argumentos.

Cordial saludo,

***

En entrevista, Fernán Martínez 
comenta cómo se fabrican estrellas. 
LECTURAS DOMINICALES - ELTIEMPO.COM / AVANCE 
Por Sophía Rodríguez Pouge
t. 
3 de julio, 2003

¿Cuál es la técnica de comunicación de esta escalera para luminarias de la farándula? Martínez consolidó a Julio y creó a Enrique Iglesias, dió a conocer a Sofía Vergara, la revista LOFT, lanzó a Vanessa Alexandra Mendoza y convirtió a Juanes en figura.

Foto: Poder 
Fernán Martínez Mahecha podría ser personaje de novela. Tiene algo de alquimista, de la destreza de Sherlock Holmes para cazar talentos, de viajero como Simbad, de juglar irreverente, de vulnerable y sentimental, de los saberes secretos de Melquíades, de luchador. En un medio que tiene tanto de mágico como de difícil, de competitivo y cambiante, se le mide a toda clase de quijotes, merlines, tartufos o narcisos y a eventos inesperados.

Este payanés, nieto de pintor y de poeta, hijo de periodista, sobrino de músico, que se reconoce una vocación para periodismo y teatro, es mucho más que un hacedor de estrellas. Culto, concreto y observador, no sobran palabras en lo que dice, pero no falta tampoco una dosis del humor popayanejo, de ese apunte agudo y repentista en sus respuestas.

Su historia profesional ha transitado por facetas que nadie imagina. En un comienzo quiso ser abogado.

No fui un buen estudiante; tenía una actitud facilista. Estudié primero Derecho porque me parecía menos exigente. Me atraía por la influencia de mi abuelastro, Luis Carlos Pérez, y por ser una carrera humanística relacionada con la inquietud social que tenía, pero gracias a Dios no terminé siendo abogado porque seguramente me habría quedado enredado en algún parágrafo. Me salvé porque colaboré en El País y luego en l El Pueblo de Cali. Había mandado antes algunos artículos y habían gustado. En ese momento el director era Daniel Samper. Tuve la inquietud de terminar mi carrera, pero Daniel me decía que la única diferencia entre abogado y delincuente era de qué lado de la reja estaban, que no siguiera. Abandoné la carrera a mitad de camino, pero me sirvió muchísimo, especialmente por personas que conocí en la Universidad del Cauca.

También quería ser artista.

Me inclinaba más por las tablas. Estando en bachillerato y luego en la universidad, en Popayán, me gustaba mucho la actuación, echar chistes, “cometía” poemas y tenía fama de buen declamador. No tenía inconveniente en enfrentarme a un público. Incluso, hacía parte de un grupo que se llamaba Arcada y de otro de juglares. Teníamos una onda muy intelectual, muy de tertulia. Me la pasaba participando en eventos de colegios o en concursos de poesía, pero luego comencé a trabajar en Cali y me dediqué al periodismo.

Su vinculación con El Pueblo fue gracias a un artículo bastante gracioso que escribió sobre la visita del príncipe Bernardo de Holanda al Cauca, en los 70. ¿Cómo fue?

El corresponsal de Popayán tuvo un inconveniente y de Cali no alcanzaban a llegar. Me pidieron cubrir la visita del príncipe al parque de Puracé. Pero estando allá, el príncipe y yo terminamos compitiendo por el baño, porque sólo había uno y nos habían dado un chocolate con pan de maíz que parecía hecho con piedras.

Estando en el baño, llegó el príncipe a sacarme, así que, en plena pelea por el ‘trono’, decidí escribir esa anécdota. Antes había hecho una serie de reportajes en la costa caucana, en Guapi, Timbiquí y en esa región que conocía de muchacho. Me gustaba explorar esos sitios. A raíz de esos artículos y el del príncipe me llamaron para que me fuera a El Pueblo. Eso me permitía ganar dinero, liberarme de la casa y ver una novia que tenía. Acepté y creo que tomé la decisión correcta.

El mundo de las comunicaciones fue lo que determinó su vida porque luego vendrían la Revista Antena, El TIEMPO y la dirección del Noticiero TV Hoy. Usted cubría desde un reinado o un carnaval hasta noticias políticas y judiciales muy delicadas. El denominador común era siempre su estilo, su versatilidad y algo de irreverencia.

Empecé como fotógrafo. En la universidad había un fotoclub y me fascinaba. Hacía trabajos y los mandaba a los periódicos. Tengo un buen sentido de lo visual. Es la fotografía la que me da toda esa visión, el soporte para televisión y el estilo irreverente es esa mordacidad popayaneja. Fui un enfant terrible. Hacía un periodismo que buscaba acabar con todo: con el Estado, el Gobierno, las organizaciones, con todo. Me burlaba de los esquemas, hacía mucha denuncia y utilizaba mucho el humor. Siempre he tenido una cierta aberración contra lo que es la escritura densa, ladrilluda.

Por eso escribía ligero, con mucha sensibilidad, tratando de ser lo más narrativo. Les daba prioridad al detalle, a la noticia y al fenómeno social, a la gente que necesita. Esa mezcla de sensibilidad para unas cosas y de humor para otras me permitía cubrir diferentes áreas. Cuando empecé en El Pueblo, cubrí la Vuelta a Colombia y como no sabía nada de ciclismo, todo me llamaba la atención. Tenía que preguntar hasta quién era Cochise. Cubría aspectos técnicos y también detalles curiosos. Lograba al mismo tiempo manejar el carro, tomar las fotos y luego escribía. También escribí sobre reinados y hasta me metí al monte a entrevistar guerrilleros. Hacía cosas que no se hacían en esa época. Me iba bien buscando noticias.

¿En cuál tema se sentía más cómodo?

La noticia misma, el evento, el personaje o lo que fuera singular, propio, diferente. No me interesaba el sector, sino la dimensión de la noticia. Me interesaba, por ejemplo, cubrir el reinado porque consideraba que era un evento importante donde 20 mujeres bonitas trataban de conseguir un título, merecido o no, pero del cual todo el país estaba pendiente. Sacaba noticias hasta de donde no había y como era perezoso, entonces buscaba forma de encontrarlas. Daba con detalles importantes que para otros medios pasaban inadvertidos. Hacía cosas diferentes, les ponía mucho estilo, descripción, composición, narrativa, suspenso. Recuerdo también que me mandaron a cubrir la primera visita del presidente López Michelsen a Cali. Yo era el reportero del color. Mi función era hacer la crónica para la prímera página, las flores, el himno nacional, las señoras que lo recibían, la mujer del alcalde, el Gobernador y los lagartos. El día que llegó López llegué tarde al aeropuerto y él ya había salido en la caravana. Pero me encontré con que del avión estaban bajando a 'Lara', la perra dálmata mascota del Presidente y que siempre viajaba con él. Le tomé fotografías y en vez de seguir al Presidente seguí a la perra. Le di todo el protagonismo. Vi también que un teniente era el encargado de cuidarla, registré todo: en qué carro la llevaron al hotel, quién la atendía, qué comida le dieron... Cuando llegué al periódico, Daniel Samper me dijo: “¿Dónde estaba que nadie lo vio? No estuvo en el almuerzo del gobernador ni en ninguno de los actos”. Le respondí que tenía la historia de “la primera perra del país”. Ese reportaje dio más que hablar que todo. Hubo controversia por tantos cuidados a la famosa perra. A través del artículo, mostraba cómo era el país, cómo era una sociedad y lo que era la fauna nacional.

La década del 80 fue muy significativa para su carrera porque dio un salto internacional impresionante.

La clave es ‘comunicación’. Sé que soy periodista, pero me considero comunicador, que tiene un espectro más amplio, abarca periodismo, publicidad, los campos de la comunicación. Me gusta todo el proceso de cómo se crea y se difunde un mensaje. Cuando trabajaba en el periódico, me apasionaba el proceso de los fenómenos sociales y de los grandes personajes. Trataba de entender sus historias, leía muchas biografías, entrevistaba a personalidades de todos los ámbitos. Tuve que entrevistar a Julio Iglesias y él se interesó mucho por mis ideas, por las preguntas que le hice, por lo que pensaba que debía ser un artista. Entonces me ofreció que trabajara con él por todo el mundo. Al principio no le creí porque pensé que era su estrategia para ganarse los periodistas. Me parecía raro que le propusiera eso a un reportero de provincia. Escribí bien sobre él porque me pareció talentoso, honesto, popular y porque todo el mundo pensaba que lo iba a destrozar. Nos hicimos muy amigos. Luego me fui a trabajar a la Revista Antena y nuestra amistad continuó. Siguió contactándome y lo acompañaba a Nueva York, a París, a conciertos en España, Argentina, Venezuela. Me fui convirtiendo en su asesor de imagen.

Le aconsejaba qué decir, cómo hacer sus eventos, cómo promocionarlos, todo. Poco después estaba en mi mejor momento, trabajaba en EL TIEMPO, estaba escribiendo, haciendo lo que más me gustaba, pero fue ahí cuando Iglesias me hizo una oferta más formal, económicamente muy superior y decidí irme a Miami. Ahí comenzó mi trabajo en Estados Unidos como manager y asesor. Me dediqué a crear fenómenos y a hacer la escalera para que suban los personajes.

También fue productor ejecutivo de la etapa más exitosa de Cristina Saralegui, que le mereció reconocimientos como los Emmy; manejó a Enrique Iglesias hasta ubicarlo en la cima, posicionó a Juanes internacionalmente. ¿Cuál ha sido el más satisfactorio?

Si tuviera que hacer solamente lo que me gusta, sin duda me dedicaría de lleno al periodismo, porque lo que más me encanta es ir a un sitio, buscar la noticia, escribirla y verla publicada, ya sea en un medio escrito o en televisión. Lo mismo hacer reportajes y producir programas. A nivel de lo que hago actualmente, lo que más me ha satisfecho fue la creación de Enrique Iglesias, reto que tomé de cero y llegó a lo más alto. Era difícil, pero trabajamos para convertirlo en fenómeno universal y lo logramos. Igualmente, la carrera de Juanes ha sido impresionante. Para mí fue muy interesante dirigir el Noticiero TV Hoy. El país vivía momentos muy complicados, cada minuto se generaba una noticia más espectacular que la anterior y eso implicó un gran trabajo. Fue intenso pero muy satisfactorio.

Aunque trabaja en el medio musical, no le gusta la música.

Tengo mal oído, no soy músico, soy mal cantante y además tengo una pésima referencia musical Ni siquiera logro diferenciar entre el sonido de un violín y una tambora. Sonará a sacrilegio, pero no necesito la música, solamente es mi herramienta, nada más. Si se quemara mi casa, lo último que sacaría serían los discos y el equipo. Me preocupan más la plancha y la licuadora. Pero aunque no me gusta la música, sé cuándo es buena y cuándo puede llegar a tener éxito. Los conceptos que doy sobre artistas y canciones tienen algún valor, porque sé asociarlos con el gusto de la gente, me convierto en el intermediario entre lo que el público quiere y lo que el artista produce. Como diríamos en Popayán: “No sé hacer empanadas, pero sí sé dónde las hacen buenas”.

¿No ha sentido que esa labor le ha hecho sombra a su faceta de periodista e intelectual?

Uno nunca deja de ser periodista, así no le publiquen. Trabajo en general con la comunicación y lo que interesa a la gente. Mi labor implica estar en contacto permanente con los medios del mundo entero para contarles que existe algo o alguien que interesa. El conocimiento de los medios, sumado a la experiencia de los lenguajes comunicativos y al conocimiento del interés periodístico, es fundamental. Esta labor se parece mucho a la política porque hay que tener estrategia, manejar los momentos adecuados, imagen, percepción. La “percepción” que la gente tiene sobre personas, productos, países o lo que sea es lo que vale, porque uno no solamente es lo que es sino lo que parece. La clave está en incrementar esas “percepciones”. Hay quienes dicen que no les importa lo que los demás digan o piensen de ellos. Pienso lo contrario: que sí debe importar porque lo que los demás piensan que somos es lo que terminamos siendo. El hábito sí hace al monje y las apariencias no engañan. Uno puede ser el mejor, pero si la gente piensa que es el peor es como si lo fuera.

¿No siente que lo enmarcan en lo “superficial”?

Se habla siempre de la farándula y del espectáculo en tono despectivo. Entertaiment -o entretenimiento- para estadounidenses y europeos es parte vital, algo que tiene sentido sociológico. El hombre moderno tiene la necesidad primaria del entretenimiento. Entre más grandes e importantes son los medios más espacio les dedican a arte, música, cine, e incluyen esa información en páginas culturales porque el entrenimiento es cultura. El New York Times tiene una sección de entretenimiento que es más extensa que la de política y donde escriben grandes periodistas. Se equivocan si creen que trabajar en eso es superficial. Conozco a muchos del mundo del entretenimiento más cultos y profundos que muchos políticos o personalidades de otros ámbitos. La música es la primera manifestación cultural a la que tiene acceso un joven -antes que a pintura o historia-, es su lenguaje. Es más fácil que acaben con CNN que con MTV

¿Está relacionado con cierta tendencia a banalizar todo?

Espectáculo es todo lo que a la gente le interesa ya sea por curiosidad, por placer o por lo que sea. Hoy estamos ante un fenómeno informativo impresionante y es que todos los temas se están manejando con los mismos métodos periodísticos. Han convertido todo en espectáculo. Ahora todo es ‘espectacular’. Uno ve que los medios del mundo entero manejan la guerra igual que un concierto. El ‘espectáculo’ se ha convertido en parte de la cotidianidad. Da lo mismo ver a una persona cantando o verla colgada de la ventana de un edificio que se incendia o verla en la guerra o en la calle de la mano de su pareja.

¿De dónde viene su pasión por la lectura y la escritura?

He sido un gran observador. Esa capacidad caracteriza al periodista. Ese sentido lo tengo extremadamente desarrollado. Cuando llego a un sitio reparo en todo, me detengo en colores, formas, volúmenes, sonido, luz, orden, desorden, no se me escapa nada. A la gente también la observo mucho. Es una especie de curiosidad. Siempre estoy “escaneando”, registrando detalles, leyendo todo lo que cae en mis manos -hasta la letra más pequeña de las etiquetas-. Me encanta escuchar las conversaciones de las mesas vecinas, observar a la gente en la calle, ver cómo se comportan, qué les interesa. Es un concepto de lectura más amplio. No tengo mucho tiempo para leer libros completos, pero para mí es esencial estar informado. Tengo una cultura de información más ágil e inmediata. Me encanta el concepto multimedia de comunicación, trabajar con todos los lenguajes. Por eso me encanta mi trabajo como presidente de LOFT, porque me permite combinar fotografía, escritura, investigación, imagen y periodismo.

¿No ha pensado en escribir un libro?

Tengo la idea de una novela que aún no está terminada, que gira en torno a temas muy locales y maneja un concepto atemporal, un sentido particular donde conviven personajes del pasado, del presente y del futuro. Una historia con mucha fantasía. En alguna oportunidad comencé una novela sobre una operadora de teléfonos en Nueva York. Estuve trabajando mucho. He escrito varios cuentos. Pero me encantaría publicar una recopilación de mis crónicas más irreverentes y curiosas. Ya llegará el día en que lo haga y empiece realmente a trabajar, porque por ahora sólo estoy recogiendo datos. Viajo mucho, me apasionan muchas ciudades a las que continuamente voy y trato de recorrerlas al máximo para llenarme de información. Visito desde museos hasta bares. Como no me aburre la soledad, puedo vivir solo en cualquier parte y adaptarme a cualquier ciudad. Trabajo con tantas personas que para mí el descanso es estar solo.

Regresa siempre a su tierra.

Ser popayanejo es una enfermedad incurable. Por eso nunca he descartado terminar viviendo en Popayán. Me encantaría estar ahora en Popayán comiendo granadillas y empanadas.