LA PEQUEÑA LULU
Viernes 29 de noviembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Apreciados payaneses:

Continuando con el tema de "Publicaciones de antaño", -que inició Hortensia Alaix de Valencia y continuó Mario Vidal-, que tanto influyeron en nuestra temprana juventud, Gustavo Wilches-Chaux nos participa lo que escribió sobre la inolvidable "Pequeña Lulú". Nuestros agradecimientos a Gustavo.

Este escrito hace parte de las palabras que pronunció en la entrega del Premio de Ecología "Enrique Pérez Arbeláez" del Fondo FEN "José Celestino Mútis", en noviembre 21 de 1996. Sólo reproducimos aquí lo concerniente a "La Pequeña Lulú".

Cordial saludo,

""" ... PAIS EN LAS NUBES (APARTES)
Por Gustavo Wilches-Chaux
Noviembre 21 de 1996.

Muchos de cuantos nos acompañan en este auditorio habrán sido, como yo, lectores infatigables de LA PEQUEÑA LULÚ, en la clásica -y hoy desaparecida- versión de "Marge presenta", que corre el peligro de constituirse en argumento para quienes opinan que todo tiempo pasado fue mejor.

Recordarán, entonces, que uno de los escenarios permanentes de esos cómics, era el bosque: allí quedaba el club de Tobi, con la advertencia inapelable de que "No se admiten mujeres" . Allí vivía la bruja Agata con su sobrina Alicia. Allí, en el bosque, quedaban los escondederos más seguros para quienes se escapaban de la escuela, y allí solía citarse Tobi con sus amigos los marcianos.

Era un bosque de suelo "limpio" y árboles grandes y espaciados, en medio del cual quedaba el lago en donde Tobi, como "El capitán Yo-Yo", se batía desde su balsa con temibles piratas.

Recuerdo también que las fronteras entre el lago y el bosque quedaban perfectamente delimitadas: aquí el suelo y allá el agua. En el bosque de LA PEQUEÑA LULÚ todo estaba y permanecía en su lugar, inalterable.

Caigo en cuenta ahora, desde la distancia, de que a lo mejor lo que en esos cómics recibía el nombre de "bosque", era realmente un parque a la manera del Central Park de Nueva York o del Hyde Park de Londres. O del Parque Simón Bolivar, que todavía no existía en esa época.

Pero lo cierto es que para mí, niño de la clase media urbana de principios de los años 60 en Bogotá, que participaba del rito obligado de leer cómics hasta el último segundo antes de que apagaran las luces del teatro en los matinales del Almirante, y que fui sometido a esa que hace algunos días un amigo me recriminó como "operación pequeño-burguesa" de la extracción de la amígdalas; para mí, decía, esa, la de los cómics de LA PEQUEÑA LULÚ, era la imagen más inmediata del bosque.

(Se preguntarán algunos si era que yo no leía ni a Tarzán ni al Fantasma en las aventuras dominicales. Los leía sí, pero como explícitamente se afirmaba que tenían lugar en el Africa, sus escenarios resultaban demasiado lejanos como para prestarse a confusiones.)

A mí me quedaba la impresión, repito, de que el bosque real era el de LA PEQUEÑA LULÚ. Por supuesto cuando años después, ya en Popayán, comencé a incursionar en los bosques de verdad, nada cuadraba :

Para citar sólo dos ejemplos: mientras Tobi y la Pequeña Lulú podían atravesar de un lado a otro el bosque sin más amenazas que los piratas imaginarios o los hechizos ("cacle-cacle") de Agata y su sobrina, a uno, desde la mismísima entrada, los bejucos y las telarañas comenzaban a impedirle el avance y las matas de mora a rayarle los brazos y la cara.

O cuando caminaba hacia una laguna, muchos metros antes de llegar a los que aparentemente eran los límites del agua, los pantanos se le chupaban las botas y uno, con suerte, sólo lograba rescatarlas luego de haber liberado primero los pies y las medias empapadas, y después de un largo forcejeo con el barro. Nada de eso sucedía en el bosque juicioso y ordenado de LA PEQUEÑA LULÚ.

Algo andaba mal y con cierta frecuencia, precisamente por esta época del año, uno incurría en la tentación de pensar que cómo estaríamos de atrasados, que aquí ni siquiera caía nieve en Navidad. Preocupación que yo habría atribuido a un problema de desinformación exclusivamente personal, si no fuéramos todos testigos de los esfuerzos de tantos colombianos en Diciembre, para suplir con algodón o icopor esa deficiencia tropical. O si no registráramos las incomodidades que les producen las abrigadas prendas de Papá Noel a quienes las visten en las ardientes temperaturas de nuestras ciudades de clima caliente.

Cuando uno iba saliendo del mundo de los cómics para penetrar en la realidad, abandonaba las certezas del orden e ingresaba en el imperio del caos.

Tardó algún tiempo, de hecho años enteros, para que yo adquiriera plena conciencia de que no era la vida real sino los cómics los que andaban mal. ... """.